Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 17. El límite elegido
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Capítulo 17. El límite elegido

La invitación se había hecho sin contar con Sophia.

Cuando entró en la estancia donde su padre revisaba las cuentas del aceite, encontró a Titus inclinado sobre una tablilla y a Damaris preguntándole si prefería el pescado con las hierbas que habían comprado aquella mañana o con la salsa que preparaban habitualmente.

Titus alzó la vista al verla entrar. Sophia se detuvo un instante, sorprendida de encontrar una conversación sobre la cena donde esperaba una discusión de cuentas.

—Con las hierbas, si no supone trabajo adicional —respondió él a Damaris—. Pero me habéis invitado para compartir la mesa, no para que decida lo que habrá en ella.

—Eso ya lo he decidido yo —repuso su madre—. Solo quiero saber cómo te gusta el pescado.

Herakleon apartó la tablilla que tenía delante. Junto a su copa había dos copias del reparto provisional de los espacios próximos al puerto, una de ellas escrita por Menandros.

—Tu madre considera que llevo demasiados días haciendo venir a Titus a última hora y dejándolo marchar sin ofrecerle de comer —explicó—. Si el trabajo ha de ocuparnos la tarde, al menos podremos terminarla sentados a una mesa como personas civilizadas.

—No sabía que conseguirlo exigiera tanta intervención —dijo Sophia.

—La exige porque siempre encontráis una última cuenta —respondió Damaris—. Hoy no habrá ninguna después de que nos sentemos a cenar.

Herakleon inclinó la cabeza con una docilidad que Sophia no habría conseguido mediante tres argumentos. Titus sonrió mientras enrollaba una nota.

Sobre la mesa quedaban asuntos suficientes para prolongar la reunión, pero su padre no hizo ademán de recuperarlos.

Sophia había imaginado una cena con Titus más veces de las que estaba dispuesta a reconocer.

En aquellas ocasiones no pensaba demasiado en la comida.

Recordaba, sobre todo, cómo lo recibían sus padres siete años atrás, las preguntas que Herakleon formulaba con aparente naturalidad y las bromas de Menandros, que entonces apenas empezaba a intervenir en los negocios familiares.

También imaginaba el momento en que alguien se referiría al futuro que no habían llegado a compartir.

Sin embargo, Damaris seguía hablando del pescado y Herakleon había vuelto a examinar una de las cuentas.

La casa parecía decidida a continuar con sus costumbres, aunque Titus volviera a ocupar un lugar en ella.

—¿Has terminado con los depósitos? —preguntó su padre.

—Los avisos de mañana están enviados. Falta saber si el último carro de Nikias utilizará el patio compartido. Menandros ha quedado en confirmarlo con el encargado antes del anochecer.

Herakleon asintió.

—Entonces no iré a buscarte durante la cena para preguntarte por él.

—Te agradezco la consideración.

—Siempre podría buscar a Menandros.

—Si lo haces, Damaris tendrá algo que decirte —intervino Titus.

Su madre le dirigió una mirada aprobatoria.

Sophia estuvo a punto de reír. Años atrás, Titus habría bromeado de aquella forma con su padre sin pensarlo demasiado; ahora lo hacía después de escuchar una conversación familiar en la que apenas había participado.

Herakleon no se molestó. Se limitó a cerrar las tablillas.

—Os veo decididos a impedirme trabajar.

—Durante una comida —precisó Damaris—. No he pedido nada imposible.

Titus recogió sus notas y se levantó para dejar libre la mesa.

Sophia los observó mientras se distribuían las últimas tareas de la tarde.

Nadie trataba al visitante como a un antiguo pretendiente cuya presencia exigiera precauciones especiales.

Damaris le preguntó si todavía recordaba dónde se encontraba el comedor y Herakleon le encargó que recordara a Menandros la prohibición de llevar cuentas a la mesa.

La sencillez del intercambio la desconcertó más que cualquier pregunta indiscreta.

Al prepararse para la cena, Sophia dejó a un lado las prendas que acostumbraba a utilizar cuando recibían a representantes de otras casas.

Eligió una túnica de lana fina, de color claro, que llevaba a menudo cuando no tenía previsto salir después de la puesta del sol. Se recogió el cabello frente a un espejo de metal pulido y trató de sujetar una trenza que se resistía a quedar bajo la cinta.

Damaris entró mientras lo intentaba por tercera vez.

Llevaba en la mano otra cinta, que dejó sobre un banco.

—La encontré en el patio. Debes de haberla perdido la semana pasada.

—Creí que estaba entre mis cosas.

Su madre observó cómo tiraba de uno de los mechones.

—Si sigues apretándolo, terminarás con dolor de cabeza antes de sentarte a la mesa.

—Se deshace con el calor.

—Entonces deja que se deshaga un poco.

Sophia aflojó la cinta. El cabello quedó menos recogido de lo que acostumbraba, pero también dejó de sentir aquella presión incómoda cerca de las sienes.

Damaris tomó la otra cinta para guardarla.

—Padre no me había dicho que Titus cenaría aquí —comentó Sophia.

—Porque no lo sabíamos hasta esta tarde.

—Hace años me lo habríais anunciado desde la mañana.

Su madre se volvió.

—Hace años tu padre esperaba que cada cena sirviera para preguntaros qué pensabais hacer después. Hoy está más preocupado por que Menandros no vuelva a modificar una fecha de entrega sin avisarle.

—Podría interesarse por ambas cosas.

—Por supuesto. Es tu padre. Pero tendrá que esperar a que alguien quiera responderle.

Damaris salió sin añadir nada más.

Sophia contempló el peinado. Una de las trenzas había quedado algo suelta junto a la nuca. Podría volver a sujetarla, pero recordó lo que acababa de decir su madre y decidió dejarla como estaba.

No sabía si aquella cena significaría algo para Titus.

Lo que sí sabía era que ella deseaba compartirla.

Y que, por primera vez desde su regreso, nadie parecía esperar que justificara ese deseo.

La mesa reunía únicamente a los cinco.

Herakleon no había mandado disponer asientos adicionales ni preparado una recepción para posibles colaboradores. Habían servido aceitunas, verduras aderezadas con vinagre, pan y una fuente de pescado asado. El olor a hinojo y aceite llenaba la estancia.

Las lámparas comenzaban a proporcionar más luz que la que entraba desde el patio.

Menandros llegó tarde.

Sophia oyó sus pasos antes de que apareciera en la puerta. Llevaba polvo en la parte inferior de la túnica y una tablilla sujeta al cinturón. Se disculpó mientras una sirvienta le acercaba agua para lavarse las manos.

Después dejó la tablilla sobre un banco.

—¿Fuera del alcance de padre? —preguntó Sophia.

—Si la pongo sobre la mesa, acabaremos cenando encima de las cuentas.

Herakleon abrió la boca.

—No lo pongas a prueba —le advirtió Damaris—. Siéntate.

Titus apartó un poco su asiento para dejar sitio a Menandros.

Los dos comenzaron a hablar de un arriero que había intentado cobrar por segunda vez un tramo de transporte. Sophia conocía el asunto por una nota recibida al mediodía, pero no había vuelto a preguntar por él.

—Le pagué la distancia que había recorrido —explicó su hermano—. La segunda parte ya estaba incluida en el acuerdo con el depositante. Si quiere reclamarla, tendrá que dirigirse a quien contrató ese servicio.

—¿Aceptó? —preguntó Titus.

—Después de discutir un buen rato. Creo que esperaba encontrarme menos seguro de las cifras.

—Algunos hombres confunden hablar fuerte con llevar bien las cuentas —observó Herakleon.

Menandros sonrió.

Sophia esperó que su padre le pidiera revisar el registro. No lo hizo. Su hermano había resuelto el pago y la conversación pasó a otra cosa.

Se sorprendió comprobando cuánto tiempo había dedicado a anticipar una consulta que nadie pensaba formular.

—En Rodas conocí a un arriero que cobraba por las horas de espera —contó Titus—. Lo curioso era que empezaba a contarlas desde el momento en que veía aparecer la nave, aunque la mercancía siguiera a bordo y no pudiera descargarse.

—Eso solo funciona cuando el dueño tiene prisa —comentó Menandros.

—O cuando desconoce la costumbre y prefiere pagar antes que discutir. La segunda vez resulta más difícil.

—¿Qué hiciste? —preguntó Damaris mientras ofrecía vino mezclado con agua a su marido.

—Le pedí que me enseñara dónde comenzaba la espera. Me señaló una piedra junto al camino. Al día siguiente llegamos antes que él y nos sentamos allí. Cuando apareció, le expliqué que, si quería cobrar desde aquel lugar, también debía recibirnos allí cuando lo necesitáramos.

Sophia imaginó a Titus sentado junto a una piedra, esperando a que apareciera un hombre que probablemente habría preferido encontrarlo en cualquier otra parte.

—¿Acudió? —preguntó.

—Dos mañanas. A la tercera volvió a ofrecerme el precio antiguo.

Menandros fue el primero en reír.

Herakleon lo siguió, moviendo la cabeza con una expresión de sorpresa que Sophia conocía bien: la misma que mostraba cuando alguien encontraba una solución sencilla para un problema que prometía una larga discusión.

—¿Y pasaste dos mañanas sentado allí? —preguntó Damaris.

—Parte de ellas. Un vendedor cercano me dejó ocupar la sombra junto a su puesto. Terminamos hablando de sus encargos y me confió dos envíos pequeños.

—Entonces encontraste otro negocio mientras esperabas —observó Herakleon.

—Algo tenía que hacer hasta que apareciera el arriero.

La historia dio paso a otras sobre caminos, posadas y comerciantes capaces de enviar una noticia antes que la persona encargada de llevarla.

Sophia escuchó con un interés distinto del que había sentido durante sus paseos con Titus.

Podía imaginar las calles de Rodas por las descripciones que él le había ofrecido. Lo nuevo era verlo contar aquellas experiencias delante de su familia, aceptar las bromas de Menandros y explicar las dificultades de un viaje sin convertirlo en una hazaña.

Interrumpía sus relatos para recibir el pan que Damaris le ofrecía o para preguntar por algún pariente de Herakleon.

Escuchó con paciencia una disputa sobre el cuidado de unos olivos y se rio cuando Menandros admitió que había calculado mal el coste de transportar aceitunas de una propiedad familiar.

Era una velada corriente.