Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 16. Una carta de Lykos #4
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Capítulo 16. Una carta de Lykos #4

—Antes me molestaba que pudieras marcharte con una explicación tan sencilla —admitió—. Decías que un trabajo te llevaría a otra ciudad y, como para ti era una oportunidad, yo pensaba que cualquier duda mía sonaría como un reproche.

Titus apoyó el estuche sobre un saliente de la pared. La gente seguía pasando cerca, pero el alero los protegía del sol y podían hablar sin levantar la voz.

—No lo recuerdo como algo sencillo —dijo.

—Yo tampoco. Pero lo contábamos así para no tener que discutir cada posibilidad.

—Entonces no hace falta que hoy hagamos lo mismo con una carta que todavía no contiene un acuerdo.

Sophia miró hacia el taller. Dos hombres estaban intentando enderezar un banco mientras el artesano les indicaba cómo sujetar una pata.

La conversación de ambos no necesitaba prolongarse para convertirse en una decisión.

El trabajo de Titus merecía que él preguntara por sus condiciones.

La posibilidad de una nueva temporada de comercio merecía que Menandros preparase sus cifras.

Ninguna de aquellas cosas exigía que Sophia supiera ya qué haría cuando terminara el verano.

—No quiero pedirte que respondas de una manera concreta —dijo—. Solo quería saber qué significa para ti esa oportunidad.

—Todavía tengo que averiguarlo.

—Entonces pregúntale.

Titus sonrió apenas.

—Es mi intención.

La respuesta bastó para que Sophia dejara de buscar algo más elaborado.

Cuando él tomó de nuevo su estuche, ella quiso tocarlo.

No lo hizo mientras dos hombres cruzaban la calle con una mesa entre ambos; esperó a que el paso quedara libre y se acercó lo suficiente para apoyar la mano en su brazo.

Titus la miró y se inclinó hacia ella, preguntando sin palabras.

Sophia le sostuvo el antebrazo un instante antes de besarlo.

Fue un beso breve, sin la sorpresa del primero ni la prisa que habría podido imponerles el lugar.

Le agradó sentir que Titus no se apartaba por haber hablado de viajes y que ella tampoco necesitaba retirarse para demostrar que comprendía su carrera.

Al separarse, aún permanecieron cerca, mientras del taller llegaba un golpe seco de martillo y alguien protestaba porque una pata había quedado torcida.

—Si vuelvo a verte mañana, espero que sea porque hemos quedado y no porque haya que buscar otra llave —dijo Titus.

—Mi hermano te agradecerá que no difundas esa esperanza. Piensa que puedo aparecer en cualquier momento.

—Quizá tenga razones para pensarlo.

—Todos os habéis puesto de acuerdo para recordármelo.

Él sonrió, pero no convirtió la broma en promesa.

Salieron del alero y caminaron hasta el cruce donde se separaban sus caminos.

Titus siguió hacia la casa de tránsito y Sophia tomó la calle que subía a la vivienda familiar.

No se volvió para comprobar si él la miraba; lo había visto despedirse, y la despedida era suficiente por aquel día.

Al regresar encontró a Menandros inclinado sobre una tabla en la estancia de cuentas. Había pedido que llevaran allí una relación antigua de depositantes y estaba comprobando qué nombres podían escribirse de nuevo en su propuesta. Alzó la cabeza cuando la oyó entrar.

—Te he dejado los pagos de Nikias junto a la puerta —dijo—. Solo falta que uno de sus hombres confirme el día de retirada.

—Lo revisaré mañana contigo.

—¿No quieres verlo ahora?

Sophia dejó el manto en su sitio. Sabía que su hermano estaba poniendo a prueba, sin mala intención, la decisión que ella había tomado la víspera. La relación permanecería legible al día siguiente; ninguna mercancía iba a desaparecer por esperar hasta entonces.

—Si hubiera una dificultad que necesitara mi respuesta hoy, me lo habrías dicho.

—Sí.

—Entonces mañana.

Menandros asintió y siguió contando. Sophia fue a buscar una copia de las cuentas generales para preparar la conversación que tendrían después.

Necesitaba saber qué obligaciones antiguas debían quedar fuera de cualquier nuevo acuerdo, y había nombres que conocía mejor que su hermano.

Sobre esa parte de la gestión podían trabajar juntos sin que ella tuviera que ocupar el lugar que él acababa de aprender a sostener.

Eligió una tablilla limpia, anotó tres depositantes y después abrió el arcón donde guardaban las copias de temporadas anteriores.

Tomó la relación correspondiente y separó los movimientos que aún podían afectar al espacio compartido.

Cuando terminó, enrolló la copia de las cuentas de la casa y la colocó en su funda, junto a las cartas que conservaban para futuras comprobaciones.

Había sido sencillo calcular qué superficie debía quedar libre para una carga pequeña, cuánto costaría mantener los soportes o cuántas jornadas podían prometerse sin perjudicar a un cliente.

En cambio, no encontraba todavía una medida que le dijera cuánto lugar podían hacerse ella y Titus en sus vidas cuando aún no habían decidido cómo compartirlas.

Guardó la copia y cerró el arcón. Al otro lado de la mesa, Menandros continuaba trabajando con su propia relación, y en algún lugar de la ciudad Titus tendría que escribir a Lykos para pedirle más datos.

Por aquella tarde, ninguno necesitaba una respuesta distinta.