Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 16. Una carta de Lykos #3
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Capítulo 16. Una carta de Lykos #3

Titus se mantuvo al margen de la broma. Esperó a que Sophia terminara de hablar con su hermano y juntos cruzaron la entrada de la casa.

Fuera, unos hombres descargaban cestos de esparto de un carro estrecho.

Un vendedor pregonaba higos maduros junto a una pared de piedra, y dos niños corrían detrás de una pelota hecha de trapos apretados.

Sophia tuvo que apartarse para dejar pasar a una mujer que transportaba un cántaro; Titus se detuvo también, sin cogerla del brazo ni indicarle el camino.

La calle estaba tan llena de asuntos ajenos que pensar en meses futuros le pareció, durante unos pasos, una ocupación extravagante.

—Lykos te conoce desde hace mucho —dijo al llegar a una esquina menos concurrida.

—Trabajé para él por primera vez cuando necesitaba comprobar unas condiciones en Quíos. Después volvimos a coincidir en Rodas. Suele enviar sus cartas con tiempo, pero en cuanto ve una posibilidad quiere saber si merece la pena seguir organizándola.

—¿Es una buena oportunidad?

Titus tardó lo justo en acomodar bajo el brazo el estuche que llevaba. Sophia había formulado la pregunta con cuidado para no insinuar otra cosa, y aun así escuchó en ella una importancia que habría preferido disimular.

—Podría serlo —respondió él—. Sus barcos y los que contrata se mueven con regularidad. Si necesita a alguien para tratar con varias casas, no será un encargo menor. Pero todavía no sé qué quiere que haga exactamente ni cuánto tiempo tendría que pasar en cada lugar.

—Rodas no está precisamente al otro lado de la calle.

—No. Y los contactos sirios tampoco están todos en un mismo puerto.

Caminaron unos pasos. Sophia pasó junto a una tienda de cerámica en cuya entrada habían colocado cuencos de superficie bruñida para llamar la atención de los compradores.

La luz resbalaba sobre los bordes curvos; una mujer examinaba dos piezas, golpeándolas suavemente con la uña para comparar su sonido.

Sophia pensó en los desplazamientos que Titus había descrito otras veces: travesías que podían retrasarse por los vientos, noches en posadas llenas y jornadas completas dedicadas a encontrar a un hombre antes de que su barco se hiciera a la mar.

Era una vida que ella conocía por lo que le había contado él, no una forma de existencia que pudiera reducir a la palabra marcharse.

—¿Has pensado en responderle que sí? —preguntó.

—He pensado en pedirle que concrete la propuesta. Si le digo ahora que puedo ocuparme de todos esos asuntos, quizá descubra después que me ha contado para algo que no puedo hacer bien. Y si le digo que no, sin saber qué necesita, habré cerrado una puerta por una suposición.

Sophia reconoció el razonamiento. Era el mismo cuidado con el que Titus les había impedido prometer espacio antes de conocer cuántos carros llegarían y quién debía responder de cada uno. No había motivo para que actuase con menos prudencia cuando se trataba de su propia carrera.

—Parece lo sensato.

—Eso creo. Escribiré cuando haya revisado las fechas de Éfeso. No quiero dejar aquí asuntos pendientes solo porque en otra ciudad hayan pensado en mí.

Sophia lo miró. Él seguía caminando a su lado, atento al suelo desigual de la calle y al paso de un asno cargado de haces.

No había prometido quedarse. Tampoco había utilizado la carta para advertirle que quizá disponían de poco tiempo.

Su respuesta pertenecía al trabajo que había elegido y que desempeñaba desde hacía años.

—Menandros ha calculado ya cuánto podríamos ocupar el tercer espacio la temporada que viene —dijo ella—. No sabía que llevara las cuentas tan adelantadas.

—Hoy ha explicado bien lo que quiere estudiar.

—Y ha encontrado gastos que yo habría incluido. Eso me ha incomodado más de lo razonable.

—¿Porque se le ocurrió antes que a ti?

—Porque creía que tendría que recordárselos.

Titus no se apresuró a responder. Sophia agradeció que no intentara convertir el asunto en una lección sobre la confianza entre hermanos.

—Esta mañana ha corregido una entrada sin consultarme —continuó ella—. Cuando me lo contó, ya había resuelto la dificultad y dejado la explicación escrita. Yo habría hecho lo mismo. Aun así, me descubrí buscando qué más debía comprobar.

—Si se equivoca alguna vez, tendrá que explicarlo él —dijo Titus.

—Lo sé. Pero no será agradable para los clientes descubrir que le hemos dejado aprender a su costa.

—Tampoco lo sería que dentro de diez años aún necesitase preguntarte dónde guardar seis fardos.

Sophia soltó una breve risa. Reconoció en aquella respuesta una parte de la disputa con su hermano y también algo de su propia manera de tratar las oportunidades que no cabían en un cálculo perfecto.

Titus había hecho muchas preguntas sobre las cargas, los nombres y los espacios disponibles desde que volvió a Éfeso.

No necesitaba que le explicara ahora el peso de una obligación antigua.

Se detuvieron frente a la puerta del artesano al que Sophia debía entregar la copia.

El hombre trabajaba la madera y tenía el taller lleno de marcos, bancos sin terminar y soportes que varias casas mercantiles utilizaban para mantener los fardos alejados del suelo.

Estaba ocupado con otro cliente; al ver a Sophia, levantó una mano y le pidió un momento.

Ella dejó la relación al cuidado de un muchacho que conocía su sello, pero se quedó hasta verlo entrar y colocarla junto a los encargos de la semana siguiente.

Cuando se volvió, Titus seguía esperando bajo el borde del alero.

—No tienes que acompañarme hasta la casa —dijo Sophia—. Has venido a dejar tu carta y ahora te estoy haciendo perder la tarde.

—La casa de tránsito está dos calles más abajo. Aún no he terminado de escribir la respuesta.

—Pensaba que ibas a enviarla hoy.

—He dicho que podía hacerlo, no que Lykos me hubiera obligado.

La corrección estaba hecha con suavidad. Sophia sostuvo su mirada, consciente de que ella también había empezado a tratar una posibilidad como si hubiera adquirido la urgencia de una orden.