Capítulo 16. Una carta de Lykos #2
Menandros tomó el estilo y lo anotó. Sophia comprobó el nombre del depositante. Al levantar de nuevo la cabeza encontró a Titus doblando la carta por los pliegues antiguos, sin apresurarse, y deslizándola en el envoltorio. Volvió a la mesa cuando ellos habían acabado con aquella fecha.
—No necesito contestar hoy —dijo—. Lykos me pide que confirme la recepción cuando tenga claras mis próximas semanas.
Herakleon asintió, dispuesto a retomar la cuenta. Menandros señaló el siguiente apartado, pero Titus añadió, sin que nadie le exigiera dar explicaciones:
—También quiere saber si, una vez terminado mi trabajo aquí, estaría disponible para varios encargos seguidos. Parte sería en Rodas. Hay comerciantes con los que trata que están ampliando sus relaciones hacia puertos de Siria.
Sophia mantuvo los dedos sobre el borde de la tablilla.
La indicación era concreta: Rodas, meses de trabajo, hombres que buscaban rutas más orientales.
No se trataba de un rumor ni de una invitación social.
Tampoco significaba que Titus hubiera decidido marcharse; la carta solo pedía saber si podría hacerlo.
—¿Necesita una respuesta inmediata? —preguntó Herakleon.
—Todavía está calculando qué personas y qué barcos podrá comprometer. Quiere saber con quién puede contar antes de reunirlas. Si las gestiones se hacen, durarían varios meses. No hay condiciones acordadas.
—Has tratado antes con sus casas —comentó Menandros.
—Con algunas. Otras las conozco de nombre. Por eso no le serviría de nada que respondiera sin preguntar qué espera de mí.
Titus dejó la carta a un lado, lejos de las cuentas de los Flavii.
No habló como quien acababa de recibir un honor que exigía celebrarse ni como si la propuesta trajera consigo una dificultad que los demás debieran lamentar.
A Sophia le resultó más fácil atender a la explicación precisamente por aquella ausencia de ceremonia.
Si alguien hubiera llevado a la habitación un cargamento inesperado, habrían necesitado conocer su procedencia y su destino antes de decidir si podían custodiarlo.
Titus estaba haciendo lo mismo con su trabajo.
—Rodas dispone de muchas conexiones para ese comercio —observó Herakleon—. Un hombre que ya conozca las casas ahorrará viajes inútiles a los propietarios.
—Y aún tendrá que hacer unos cuantos —dijo Titus.
Menandros quiso saber si aquellos contactos buscaban productos concretos o acuerdos de transporte.
Titus respondió que había de ambas cosas, pero que Lykos apenas había indicado el alcance de las conversaciones.
No pretendió saber más de lo que decía la carta.
Cuando volvieron a las entradas del edificio compartido, él retomó el asunto con la misma atención que antes de recibirla.
Sophia trató de hacer lo propio. Había tareas suficientes para exigirlo: una casa pedía custodiar unos fardos dos jornadas más de lo habitual; otra deseaba utilizar la misma puerta que Leontios tenía reservada para la descarga matinal; el encargado del tercer edificio necesitaba saber quién debía confirmar una marca borrada.
Menandros respondió a la última consulta sin esperar a que ella interviniera.
Titus anotó el cambio de puerta y Herakleon aceptó que se aplazara una de las recepciones hasta que llegase el aviso correcto.
La carta quedó donde Titus la había dejado, entre su estuche de escritura y el rollo con las horas revisadas.
Sophia no volvió a mirarla durante el resto de la reunión.
Le molestó un poco ser tan consciente de ese esfuerzo.
Siete años antes, cuando Titus le anunció que tenía posibilidades de trabajo fuera de Éfeso, ella había empezado a enumerar los motivos por los que no podía marcharse, como si cada razón que la obligaba a quedarse hubiera sido una respuesta suficiente a cualquier pregunta sobre él.
No deseaba repetir aquella manera de hablar, pero tampoco sabía qué pregunta sería justa ahora.
Al acabar las cuentas, Menandros pidió conservar la palabra un momento más.
Había llevado otra tablilla que no formaba parte de los acuerdos pendientes; en ella figuraban las jornadas durante las cuales el tercer espacio había permanecido ocupado y las entradas que podrían repetirse aun después de levantarse las restricciones.
—He estado haciendo una relación para la próxima temporada —explicó a su padre—. No es un compromiso. Quiero que veamos qué parte de lo recibido ahora podríamos seguir atendiendo.
Herakleon le indicó que continuase. Titus recogió su propia documentación, aunque no se marchó; Menandros había incluido en las cifras varios turnos que él podía reconocer.
Sophia se sentó de nuevo. Conocía los datos generales, pero no sabía que su hermano hubiera separado ya los gastos del tercer edificio de los de las otras dependencias.
—Una ocupación completa no nos conviene —dijo Menandros—.
Quitaríamos sitio a los depositantes de siempre y tendríamos que contratar más hombres antes de asegurar las entradas.
Pero hay días en que queda espacio libre, sobre todo después de las salidas de la mañana.
Podríamos aceptar algunas partidas que ahora desviamos, siempre con plazos cortos.
—¿Y cuando un carro se retrase? —preguntó Sophia.
—Dejaría dos zonas de reserva sin prometer. No tantas como ahora, porque este mes hemos comprobado que hay más movimientos de los que creíamos posibles.
—Eso ha sido mientras otros edificios tenían dificultades —repuso ella—. Cuando vuelvan a abrir todos sus accesos, algunas casas regresarán a sus depósitos.
—Lo sé. Por eso he contado solo a los depositantes que han pedido volver aunque se normalicen los turnos.
Menandros le tendió la tablilla. Eran pocos nombres, menos de los que Sophia había supuesto al oírle hablar de ampliación.
Los pagos tampoco parecían desmesurados.
En caso de mantener aquellas partidas, la casa podría obtener una ganancia modesta sin alterar los acuerdos que habían protegido durante años.
El cálculo era prudente; su hermano había dejado fuera precisamente las operaciones más inciertas.
—Faltan los gastos de reparación de los soportes —dijo Sophia.
—Están al reverso. He pedido a Timon que calcule la madera que se gastaría si repetimos ese uso hasta el otoño.
Ella giró la tablilla. Encontró la relación y, junto a cada partida, una cifra para el transporte y otra para los jornales.
No había olvidos evidentes. Sophia sintió deseos de repasar todas las estimaciones en una copia nueva, con una distribución que pudiera comparar personalmente.
Se obligó a terminar de leer antes de tomar el estilo.
—No has incluido la dependencia donde guardamos las marcas antiguas —observó.
—No pienso tocarla hasta saber si tú y padre queréis modificar su uso.
Herakleon se volvió hacia su hijo.
—¿Cuánto tiempo necesitas para saber si merece la pena?
—Hasta que concluyan las pruebas actuales y podamos hablar con los depositantes sin prometerles nada. Si la oportunidad sigue abierta, prepararé un acuerdo pequeño para que lo examinemos.
—Hazlo así. No comprometas espacio por más tiempo del que puedas garantizar.
Sophia escuchó la decisión de su padre. No la excluía de la revisión posterior; tampoco le pedía que asumiera desde ese momento la dirección de todo el proyecto.
Menandros guardó su tablilla y empezó a ordenar las demás, satisfecho de haber obtenido permiso para estudiar la posibilidad sin fingir que la ampliación estuviera decidida.
—Habrá que hablar con los clientes antiguos —dijo Sophia—. Algunos llevan años contando con poder mover una partida de un día para otro. Si cambiamos su costumbre sin avisar, aunque tengamos derecho a hacerlo, no lo entenderán.
—Te pediré que revises esos nombres conmigo —respondió Menandros—. Tú sabes a quién conviene visitar y a quién basta con enviarle una carta.
La respuesta la sorprendió. Había esperado que su hermano defendiera la independencia de su gestión hasta el extremo de rechazar cualquier intervención. En lugar de eso, le pedía un conocimiento que ella poseía y él necesitaba. Podía ayudarlo sin volver a quedarse con todas las llaves.
—Los veremos mañana —dijo.
—Mañana debo estar en el tercer edificio antes de que llegue el primer carro.
—Entonces cuando termines.
—Eso sí puedo prometerlo.
Herakleon dio por concluida la reunión. Un criado vino a retirar las copas de agua y Menandros salió con las tablillas de la siguiente jornada.
Titus permaneció unos momentos junto a la mesa, cerrando su estuche de escritura.
Sophia recogió la relación de los depositantes antiguos que debía repasar con su hermano.
Se encontró otra vez cerca de la carta, aunque esta vez no hizo el menor esfuerzo por apartar la vista.
Era un papel doblado, protegido de la humedad con una tela que había recorrido el camino desde Esmirna.
Nada en su aspecto permitía saber cuánto alteraría la vida de nadie.
—¿Vas hacia la calle de los artesanos? —preguntó Titus cuando Herakleon se hubo retirado.
—Tengo que dejar una copia a un hombre que trabaja allí. Después regresaré a casa.
—Yo debo llevar respuesta a la casa de tránsito. Puedo acompañarte hasta el cruce.
Sophia asintió. Habían empezado a aceptar esos recorridos cortos sin tratarlos como una cita secreta ni como un privilegio que debieran justificar.
Le agradaba poder elegir aquella compañía incluso en un día lleno de preguntas.
Tomó su manto y salió con él al patio, donde Menandros todavía discutía con el encargado la hora en que debía pasar a buscar una relación.
—Mañana te dejaré las cuentas antes de la cena —dijo su hermano a Sophia—. No necesitarás bajar por la mañana.
—No pensaba hacerlo.
Menandros la miró con una incredulidad tan manifiesta que ella acabó por sonreír.
—Lo digo en serio.
—Entonces será un día memorable para el encargado.