Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 16. Una carta de Lykos
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Capítulo 16. Una carta de Lykos

Al abrir el estuche de las llaves, Sophia encontró un hueco entre las dos piezas de hierro que había guardado la víspera.

Lo había dejado allí la llave de la sala interior, ahora en manos de Menandros.

Durante un momento buscó con los dedos la empuñadura curva antes de recordar que ya no le correspondía llevarla.

Aquella mañana no había recibido recado alguno del tercer edificio.

Era una noticia favorable, aunque Sophia se sorprendió escuchando las voces del patio cada vez que alguien se detenía ante la puerta de la casa.

Había encargado a un escribiente la copia de las cuentas del día anterior y tenía ante sí una relación de clientes que debían confirmar sus fechas antes de la próxima luna.

Ninguno requería su presencia inmediata en los almacenes.

Con todo, le costaba no imaginar qué estaría ocurriendo junto a la sala que Menandros había empezado a custodiar.

—Si sigues abriendo eso, acabarás gastando el cuero antes que las cerraduras —observó Damaris al pasar junto a la mesa.

Sophia cerró el estuche y lo apartó de las tablillas.

Su madre llevaba una cesta de hilos que pensaba entregar a una mujer de la casa; se detuvo para comprobar que el escribiente no necesitaba más cera y después pidió a Sophia que le confirmara el número de invitados de una comida prevista para dos días más tarde.

—Todavía no lo sé. Padre tiene que hablar con un comerciante de Mileto y quizá lo invite.

—Entonces no mandaré preparar una mesa para él hasta que lo sepamos.

Damaris tomó la cesta y siguió su camino.

Sophia se quedó mirando el estuche cerrado.

Su madre no había intentado averiguar por qué lo abría una y otra vez, ni había convertido una costumbre en asunto de familia.

Le había bastado recordar, de paso, que algo podía permanecer sin decidir hasta que se conocieran las circunstancias.

Sophia volvió a las cuentas y escribió dos nombres junto a las fechas pendientes.

Menandros entró poco después del mediodía, cuando el patio empezaba a quedar en sombra.

Traía consigo la relación de entradas del tercer espacio y una mancha de polvo claro en el hombro.

Dejó la tablilla sobre la mesa sin pedir permiso para utilizarla.

Sophia vio que había marcado las partidas con una letra distinta de la del encargado, más inclinada y menos cuidadosa, pero todas las cifras podían leerse sin dificultad.

—La carga de Nikias ha llegado completa —anunció—. He separado seis bultos porque las marcas exteriores no coincidían con la relación, pero el hombre que los trajo tenía la copia correcta. El escribiente había cambiado el orden al pasarla a limpio.

—¿Los has recibido?

—Cuando comprobé el sello. Dejé anotada la diferencia para que no parezca que entraron con otra carga.

Sophia recorrió las líneas. Habría tomado la misma decisión. Se descubrió dispuesta a preguntar si había comprobado también la cuerda del primer bulto, pero lo vio señalado en el margen, junto a la abreviatura de inspección.

—Has tenido una mañana ocupada.

—La suficiente para agradecer que no hayas venido a abrir la puerta —repuso Menandros.

Se inclinó para mirar lo que ella estaba copiando.

Sophia pudo haberle respondido que aún conservaba otras dos llaves y que no pensaba abandonarlas a su suerte.

Prefirió mostrarle las fechas de la semana siguiente.

Habían aparecido dos posibles coincidencias en un camino de carros, y necesitaba saber si el tercer edificio dispondría de espacio para retener durante una noche una partida pequeña.

—Para esta semana, sí —dijo él después de calcularlo—. Si continúan las entradas con esa frecuencia, habrá que decidir qué hacemos cuando terminen las limitaciones del puerto.

—Todavía faltan varias semanas.

—Precisamente. Si esperamos a que los clientes busquen otro sitio, no tendremos nada que ofrecerles.

Menandros apoyó un dedo en las cifras. Quería hablar de la siguiente temporada, no solo de una jornada de trabajo.

Sophia había oído esa posibilidad antes, en conversaciones demasiado breves para convertirla en propuesta, y reconocía su sensatez.

La distribución provisional había enseñado a varias casas que podían mantener algunas cargas en espacios distintos de los habituales.

También les había permitido conocer a nuevos depositantes.

No era extraño que su hermano quisiera aprovechar la experiencia.

—Padre nos ha reunido para revisar las horas de acceso —recordó—. Primero veamos qué puede prometerse este mes.

—No te estoy pidiendo que aceptemos todas las cargas de Mileto.

—Ni yo he dicho que lo hayas pedido.

Menandros sonrió. Sabía reconocer cuándo su hermana aplazaba una discusión legítima colocándola detrás de una tarea urgente.

—Lo hablaré delante de él —dijo, recogiendo su tablilla—. No necesitas protegerme de las cuentas.

Sophia dejó que se marchara con la relación sin corregirle una sola anotación.

Hasta la tarde, cuando Titus debía acudir a la casa para revisar el reparto de las entradas, tendría ocasión de pensar en aquella ampliación.

En realidad, lo que le inquietaba no era si Menandros conocía la capacidad del edificio, sino la rapidez con que ella había empezado a calcular cuántas visitas tendría que realizar para asegurarse de que todo funcionase.

La reunión comenzó en la estancia que Herakleon utilizaba para recibir a los agentes de confianza.

Había hecho retirar los asientos más pesados para que pudieran acercarse a una mesa larga, y sobre ella esperaban las relaciones de los días anteriores.

Por una puerta abierta entraba el sonido del agua que una sirvienta vertía sobre las losas del patio.

La tarde era cálida y la humedad evaporándose de la piedra alivió durante unos instantes el aire de la habitación.

Titus llegó con dos tablillas y una relación escrita en un rollo de papiro.

Saludó a Herakleon y a Menandros antes de ocupar el lugar que le ofrecieron.

Cuando sus ojos encontraron los de Sophia, no hizo ningún gesto que reclamara para ellos una intimidad distinta de la de los demás presentes.

Le preguntó por la carga de Nikias como habría podido preguntárselo cualquiera de los días anteriores; ella respondió que el registro de su hermano estaba completo y vio que Titus dirigía la siguiente pregunta a Menandros.

—¿Cuánto tiempo ha ocupado la puerta interior?

—Menos del previsto. Pude adelantar el segundo carro sin desplazar las cestas de la otra casa.

—Entonces no habrá motivo para pedirle a Leontios que cambie su turno de mañana.

Menandros extendió una tablilla. Había hecho una marca junto al nombre del encargado y añadido que la siguiente recepción debía efectuarse antes de que empezara a circular la mercancía del patio contiguo.

Titus la estudió y trazó una línea en su propia relación.

Sophia reconoció la facilidad con que se entendían cuando ninguno necesitaba volver a explicar qué autoridad tenía el otro.

Una semana atrás ella habría mediado en casi todas aquellas preguntas.

Ahora pudo escuchar sin sentirse apartada del trabajo.

Habían empezado a revisar una petición de reserva cuando un muchacho apareció en el umbral.

Preguntó por Titus Claudius Naso y mostró un pequeño paquete envuelto en tela basta, sujeto con un cordel.

Herakleon le hizo señas para que entrara.

El joven había subido desde una casa cercana al mercado, donde se recibían cartas y recados procedentes de otros puertos.

Llevaba polvo en las sandalias y parecía más preocupado por obtener una respuesta sobre la entrega que por el asunto que interrumpía.

—Viene de Esmirna, señor —dijo, acercándose a Titus—. Me han encargado ponerla en tus manos y no en las de un escribiente.

Titus tomó el paquete y examinó la marca del cordel antes de darle unas monedas.

El muchacho se retiró después de repetir el nombre de la persona que había confiado el envío a la casa de tránsito.

Sophia oyó «Annius» antes de que él saliera al patio, pero no pudo distinguir las demás palabras.

Titus deshizo la atadura con cuidado de no romper la tablilla exterior; dentro había una carta doblada, protegida por una tira de tela encerada.

Reconoció el sello y lo mostró brevemente a Herakleon.

—Es de Marcus Annius Lykos —explicó—. Trabajo con él en ocasiones. ¿Me permitís leerla antes de continuar? Si necesita respuesta, aún podría enviarse con el mensajero de esta tarde.

—Por supuesto —respondió Herakleon—. Nosotros tenemos fechas suficientes que comprobar.

Menandros acercó a Sophia la relación de reservas y ambos continuaron examinándola mientras Titus se apartaba hacia la luz de la puerta.

La carta no estaba destinada a la casa y Sophia no tenía motivo para reclamar su contenido.

Sin embargo, el nombre de Lykos le resultaba conocido.

Titus lo había mencionado al hablar de sus encargos en otros puertos, y el año anterior Herakleon había recibido noticias de una operación suya a través de comerciantes de Esmirna.

Era un hombre de negocios con barcos propios y contratados, uno de tantos que necesitaban agentes capaces de mantener acuerdos cuando las mercancías viajaban más deprisa que las cartas.

—Esta partida no debe entrar el mismo día que la de los tejidos —dijo Menandros, señalando un lugar de la tablilla—. Podemos adelantarla una jornada si el depositante acepta pagar la custodia desde la primera noche.

Sophia miró la fecha. Había oído a su hermano, aunque parte de su atención seguía puesta en el leve roce del papiro que Titus desplegaba junto al umbral.

—No tiene sentido adelantarla solo para ganar el turno —respondió—. Si acepta pagar esa noche, sí. Debe quedar escrito que la iniciativa ha sido suya.

—Eso pensaba poner.