Capítulo 15. Las llaves #3
—Esta mañana he ido hasta el edificio solo porque yo tenía una llave —admitió.
Titus dejó la tablilla sobre la mesa.
—¿Había algo que tu hermano no pudiera hacer sin ti?
—Abrir la puerta.
La respuesta hizo que él sonriera apenas. Sophia se dio cuenta de que acababa de ofrecerle una confesión más precisa que las explicaciones con las que había defendido su presencia en la reunión.
—Puedo modificar los avisos desde mañana —dijo Titus—. Las llaves tendréis que repartirlas vosotros.
—Lo sé.
No añadió nada sobre su padre ni sobre la discusión. Cuando Sophia terminó la copia, Titus preguntó si necesitaba que la llevara al encargado o prefería entregársela a Menandros. Ella la dobló y la puso bajo la tablilla que su hermano había dejado para recoger después.
—La encontrará aquí.
—Entonces ya no nos queda nada que corregir por hoy.
—Hasta que alguien quiera descargar una mercancía a una hora imposible.
—Eso probablemente ocurrirá antes de la cena.
Sophia rió y apartó los útiles de escritura.
Había deseado tocarle la mano desde que entró en la estancia, aunque entre ambos hubiera estado la mesa de trabajo y una discusión familiar.
No necesitó utilizar aquella cercanía para disculparse por su carácter ni para pedirle que fuese paciente.
Mientras Titus recogía sus notas, ella se acercó lo suficiente para rozarle los dedos en el borde de la tablilla. Él alzó los ojos hacia ella.
—¿Te marchas ya? —preguntó Sophia.
—He quedado en dejar una relación junto al camino del puerto. Después puedo regresar por aquí, si quieres.
Sophia se detuvo a considerar la propuesta. No tenía una respuesta obligatoria, ni una excusa de trabajo que quisiera emplear para aplazarla.
—Hoy tengo que hablar con Menandros cuando vuelva —dijo—. No sé cuánto tardaremos.
—Entonces será mejor que nos veamos mañana.
Le agradó la sencillez con que lo aceptó.
Sophia apoyó un momento la mano en el antebrazo de Titus.
Él se acercó, pero esperó a que ella inclinara la cabeza antes de besarla.
Fue un contacto breve y cálido, interrumpido por las voces de dos hombres que se acercaban desde el patio de la casa.
Se separaron sin prisa. Titus recogió su estuche de sellos y Sophia volvió a las tablillas, donde todavía quedaban dos cifras por copiar.
Menandros regresó más tarde, con polvo en el borde de la túnica y una queja acerca de un conductor que había confundido la entrada del edificio compartido con la de otro depósito.
Sophia lo escuchó mientras terminaba de guardar las cuentas.
Su hermano dejó la tablilla principal sobre la mesa y explicó que al día siguiente podrían recibir una partida de cestos sin ocupar el corredor.
No necesitaba consultarle el sitio; se limitaba a informarla porque ambos habían estado trabajando con las mismas relaciones.
—Padre ha aceptado el reparto —dijo Sophia.
—Me lo ha dicho antes de salir. También me ha pedido que revise con el encargado de la otra casa cómo se abre el patio a primera hora.
—Lo tendrás que dejar acordado por escrito.
—Ya está hecho.
Ella lo miró. Menandros se permitió una sonrisa, no del todo inocente.
—Podrías habérmelo preguntado —añadió.
—Prefería descubrir si lo habías olvidado.
—No lo he olvidado.
Sophia dejó en su sitio la última tablilla. Sobre la mesa permanecía el estuche de cuero con las tres llaves. Lo tomó y lo abrió para comprobar cuál correspondía a la sala interior. Su hermano esperó sin extender la mano.
—La del extremo curvado abre la sala que vas a llevar tú —dijo Sophia—. La cerradura se atasca un poco. Hay que levantar la hoja antes de girar.
—Lo he visto esta mañana.
—Y el encargado no debe permitir que entren hombres de la otra casa cuando haya una comprobación de marcas.
—Está escrito en el acuerdo.
—Si recibes una partida sin el nombre del depositante...
—No la recibiré hasta identificarla.
Sophia lo miró de nuevo. Esta vez su hermano no sonrió. Había llegado a la mesa con la disposición de hacerse cargo del trabajo y estaba esperando, con una paciencia que a ella le resultó más difícil de soportar que cualquier reproche, a que lo dejara hacerlo.
Sacó la llave y se la puso en la palma. Menandros cerró los dedos, comprobó el extremo de hierro y la dejó junto a su propia relación de entradas. Luego señaló las otras dos que seguían en el estuche.
—¿Y esas?
—La del armario donde guardamos las marcas de reserva y la de la otra dependencia siguen conmigo. Tenemos que revisar el acuerdo de uso de esa habitación antes de cambiar quién responde por ella.
Menandros bajó la mirada hacia el estuche y después hacia su hermana.
—Como quieras. Pero no esperes a que tenga que mandar a buscarte otra vez.
Sophia se guardó las dos llaves. Le dio la razón sin decirlo, al menos en aquello que acababa de pedirle.
Podría haber revisado también el segundo cierre esa tarde; lo sabía.
Prefería comprobar primero que el reparto funcionaba y que ninguno de los acuerdos antiguos quedaba sin una persona responsable.
—Las conservaré unos días más —dijo—. Por si acaso.
Menandros recogió la tablilla y se marchó con su llave.
Sophia permaneció en la mesa para terminar el registro, mientras la tarde comenzaba a enfriarse en el patio de la casa.
Al llegar a la línea destinada al edificio compartido, anotó el nombre de su hermano y cerró la tablilla.
Le quedaban dos llaves en el estuche. Antes de apagar la lámpara, comprobó por costumbre que seguían allí.