Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 15. Las llaves #2
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Capítulo 15. Las llaves #2

El proveedor se presentó en la casa de Herakleon poco antes del mediodía.

La conversación fue breve: aceptó cambiar el día de entrega cuando Sophia le mostró las dos fechas que interferían con sus carros.

Él había empezado pidiendo una excepción, pero se marchó satisfecho con un turno seguro.

Sophia conservó el estuche a su lado durante toda la negociación.

Al despedirlo, descubrió que llevaba tanto tiempo apretándolo que una de las empuñaduras había dejado su forma marcada en el cuero.

Herakleon los reunió después de comer en la estancia donde acostumbraba recibir a los agentes de confianza.

La mesa contenía las cuentas recientes del puerto, dos tablillas con los acuerdos de uso de los espacios compartidos y una relación de partidas que podían trasladarse durante las semanas siguientes.

Titus había llegado poco antes, con una copia de las horas que seguían siendo compatibles con los trabajos de acceso.

Saludó a Sophia como lo hacía en presencia de los demás y dejó sus notas junto a las de su padre.

A ella le sorprendió descubrir que aquel saludo corriente le agradaba.

La tarde anterior Titus la había acompañado hasta el cruce de los tintoreros; habían hablado, se habían besado y después cada uno había continuado a su casa.

Esa mañana no le había enviado un recado ni había procurado encontrarla a solas.

Estaba allí para una reunión concreta y se sentó dispuesto a escucharla.

Sophia pudo pensar en el roce de sus dedos junto al muro de la calle sin esperar que aquel recuerdo modificara una sola cifra de los registros.

—El tercer edificio podrá asumir una parte de las cargas mientras mantengamos la separación interior —dijo Herakleon, después de que Menandros explicase el movimiento de esa mañana—. Pero necesitamos decidir quién hablará con los depositantes cuando cambie una hora.

—Lo haré yo —respondió Menandros.

Sophia asintió. Era lo que habían hablado desde el comienzo de las pruebas.

Su padre preguntó a qué horas debía encontrarse allí y quién atendería a los proveedores habituales durante sus ausencias.

Menandros mostró el reparto que había preparado con Timon: dos mañanas en el edificio compartido, visitas de comprobación en las restantes y un encargado fijo para recibir las cargas que ya tuvieran condiciones acordadas.

Ninguno podía prometer un horario exacto mientras siguiera cambiando el acceso al puerto, pero sí era posible establecer quién contestaría cuando surgiera una duda.

—La segunda sala debe quedar cerrada si no está presente alguien de nuestra casa —intervino Sophia—. No bastará con que el encargado del patio sepa que la ocupamos.

—De acuerdo —dijo Menandros—. El encargado puede tener la llave de la puerta exterior según lo pactado con la otra casa. La de nuestra sala estará conmigo.

Sophia bajó los ojos a sus notas. Había añadido una línea junto a esa llave para recordar que debía comprobarse la relación de marcas antes de cada entrada. Ni siquiera había escrito el nombre de Menandros allí. Herakleon se dio cuenta de la pausa y le preguntó si veía alguna dificultad.

—Solo que no todas las partidas son iguales. Si llega una carga sin el aviso completo, necesitará hablar conmigo antes de decidir dónde guardarla.

—¿Por qué contigo? —preguntó su padre.

Sophia levantó la cabeza. Herakleon no solía interrogarla sobre las decisiones cotidianas que llevaba años tomando en su nombre.

Había confiado en ella, y la costumbre de responder por el negocio familiar había pasado a parecerle algo tan estable como los cierres de la casa.

La pregunta, formulada con tranquilidad, la dejó sin una respuesta inmediata.

—Porque conozco las obligaciones antiguas —dijo al fin.

—¿Hay alguna que Menandros desconozca?

—No creo.

—Entonces tendremos que distinguir las decisiones que necesitan mi autorización de las que cualquiera de vosotros puede tomar dentro de lo acordado.

Menandros dejó sobre la mesa la tablilla que llevaba preparada.

En ella había separado las cargas anunciadas de las que llegaban sin confirmación, y al lado de cada grupo había escrito quién debía recibir la información.

Las partidas con un depositante nuevo o un compromiso distinto de los existentes quedaban reservadas a Herakleon.

Las demás podían entrar si cumplían con los plazos, las marcas y la distribución aceptada.

—No pido cerrar acuerdos nuevos en nombre de la casa —dijo Menandros—.

Si alguien quiere cambiar un pago o ocupar la sala más tiempo, vendré a consultarlo.

Pero esta mañana el primer carro estaba esperando una llave que Sophia tenía en su habitación.

Ya sabía dónde debía dejarlo. También sabía que no tenía derecho a abrir la puerta.

La exposición fue escueta. Sophia agradeció que su hermano no hubiera empleado el encuentro de esa mañana para enumerar otras ocasiones en que se había encontrado en la misma situación. Tenía material suficiente: ella lo sabía mejor que nadie.

Herakleon miró a su hijo.

—¿Qué necesitas para responder de la gestión cotidiana?

—La llave de la sala que utilizamos. Las marcas de comprobación y una relación que pueda corregir cuando se modifique una entrada. También que los encargados sepan a quién deben acudir primero.

—¿Y si hay una pérdida o un desacuerdo entre depositantes?

—Informaré a quien corresponda según el acuerdo. Si afecta a una obligación que tú asumiste, vendré a verte. No pretendo decidir por otros.

Herakleon escuchó sin interrumpirlo. Después se volvió hacia Sophia.

—¿Lo ves de otra manera?

Ella podría haber propuesto una semana más de transición.

El trabajo aumentaba, los caminos seguían cambiando y cualquier fallo en la custodia de una partida sería difícil de explicar a un cliente acostumbrado a encontrarlo todo en orden.

También podía recordar las mañanas en que Menandros había resuelto retrasos que ella ni siquiera llegó a presenciar.

No necesitaba decidir si su hermano era capaz: acababa de verlo organizar aquel edificio y había leído sus relaciones durante días.

—No —dijo—. Las condiciones deben estar escritas, pero son las que él acaba de explicar.

Herakleon tomó una de las tablillas y pidió que quedara allí una copia del reparto, para evitar que un encargado tuviera que interpretar órdenes distintas según quién llegara primero.

Lo dijo sin solemnidad, como habría ordenado cambiar una cerradura deteriorada o mandar una nueva relación a un cliente.

Sophia, en cambio, sintió que le faltaba una parte de la conversación que había imaginado durante años.

Siempre había supuesto que su padre preferiría conservarla a ella en el centro de todos los asuntos delicados. No era cierto, o al menos ya no lo era.

—Durante las próximas semanas responderá Menandros del tercer edificio —continuó Herakleon—. Sophia seguirá atendiendo los compromisos que lleva personalmente y podrá revisar las cuentas cuando sea necesario. Si surge una condición nueva, la discutiremos aquí. ¿Os parece suficiente?

Menandros asintió. Sophia tardó un instante más, no por desacuerdo, sino porque se había preparado para defender un derecho que nadie intentaba quitarle.

—Sí —respondió.

Titus permaneció callado mientras se fijaban las condiciones.

Había explicado antes el margen horario disponible para las cargas, pero no comentó quién debía llevar la llave ni ofreció una solución a la familia.

Cuando Herakleon le preguntó si las nuevas horas podían coordinarse con sus avisos, Titus indicó qué mañana tenía margen para adelantar un carro y qué otra exigía esperar una confirmación.

Habló de tiempos y lugares, no de la discusión que acababa de resolverse.

Sophia lo observó mientras guardaba una copia de las horas.

Siete años atrás, en otra sala de aquella misma casa, los dos habían defendido con demasiada seguridad qué debía hacer el otro para no perder una oportunidad.

Hoy él parecía dispuesto a preguntar por un horario sin opinar sobre la autoridad que correspondía a su hermano.

A Sophia le alivió no tener que agradecerle que la hubiera ayudado con algo que solo ella podía corregir.

La reunión terminó cuando Herakleon pidió a Menandros que comprobase personalmente un aviso antes de la siguiente entrada.

Su hijo recogió dos tablillas y salió con prisa moderada, satisfecho de tener trabajo por hacer en lugar de una victoria que anunciar.

Sophia se quedó para copiar una modificación destinada al almacén interior.

Titus aguardó hasta que Herakleon se retiró a otra estancia, donde lo esperaba un visitante, y solo entonces se acercó a la mesa.

—¿Quieres que cambie la forma en que te envío los avisos del edificio compartido? —preguntó.

Sophia levantó la vista.

—¿A mí?

—Hasta ahora recibías las copias de las entradas y luego Menandros llevaba la relación al encargado. Puedo dirigirle a él la primera nota y dejarte una copia solo de lo que afecte a los compromisos que conservas.

A Sophia le pareció una pregunta más cuidadosa que cualquier felicitación. Titus no había supuesto que conocía la respuesta por haber escuchado a Herakleon; le pedía indicar qué necesitaba ella en su propio trabajo.

—Hazlo así —dijo—. Si me envías todas las notas, terminaré leyendo asuntos que mi hermano ya habrá resuelto.

—Es posible que alguna tarde prefieras conocer el resultado.

—Entonces se lo preguntaré.

Él sostuvo la tablilla en una mano, esperando por si debía añadir otra indicación.

Sophia miró las dos líneas que Titus había marcado.

Había escrito el nombre de Menandros en el lugar principal y el suyo junto al apartado que correspondía a compromisos antiguos.

Un trazo de cera bastaba para alterar la distribución de las noticias; lo difícil era no volver a pedir después que le enseñaran todas.