Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 15. Las llaves
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Capítulo 15. Las llaves

La tercera llave no debería haber estado en manos de Sophia aquella mañana.

Lo advirtió cuando el mensajero de Menandros llegó a la casa antes de que hubieran retirado el pan del desayuno.

El muchacho traía una tablilla con dos nombres y una petición muy sencilla: necesitaban abrir la sala interior del edificio compartido antes de la llegada del primer carro.

Menandros había salido temprano para comprobar las nuevas horas de entrada y le había encargado que encontrase a su hermana.

El encargado del patio conocía el acuerdo, pero no tenía autorización para abrir la estancia que custodiaban los Flavii.

Sophia leyó el mensaje junto a la puerta del patio doméstico.

La petición figuraba en un extremo de la tablilla, escrita con una letra tan apresurada que la última palabra casi se confundía con la marca del borde.

Aun así, entendió de inmediato lo ocurrido: la noche anterior había guardado en su estuche las llaves del edificio, aunque Menandros le había dicho que empezaría allí la jornada.

—¿Ha llegado ya el carro? —preguntó al muchacho.

—No, señora. Tu hermano quiere que esté abierta la sala antes de que llegue.

Eso debería haber facilitado las cosas. Sophia tenía tiempo de enviársela y regresar a lo que había previsto para aquella mañana: revisar una relación de tejidos, recibir a un proveedor que discutía una fecha y escuchar la respuesta de Herakleon sobre la ampliación temporal del depósito.

En lugar de entregar la llave al mensajero, pidió su manto y las tablillas que había preparado para el edificio compartido.

—Dile a Menandros que voy yo. No tardaré.

El muchacho inclinó la cabeza y se marchó.

Sophia observó cómo cruzaba la calle casi corriendo.

No le había preguntado si necesitaba alguna otra cosa ni había considerado la posibilidad de que el recado quedase resuelto sin desplazarla.

Tenía en la mano el estuche de cuero, pequeño y bastante pesado para el poco espacio que ocupaba.

Dentro chocaban tres llaves de hierro, cada una con una empuñadura diferente, y una pieza de madera encerada en la que conservaba una marca de comprobación.

Las había recogido dos días atrás para cotejar los cierres de las salas.

El encargado había prometido devolverlas a Menandros después, pero Sophia se había ofrecido a llevarlas a casa, donde debía ordenar los registros.

Más tarde, el cambio de horario del carro de Quíos y las visitas de dos clientes habían apartado aquella devolución de sus pensamientos.

Solo la petición de esa mañana había vuelto a situarla entre las cosas urgentes.

Al llegar al edificio compartido encontró a Menandros en el patio, junto a una hilera de soportes de madera.

Dos hombres arrastraban hacia un lado un banco de trabajo que ocupaba parte del paso.

El corredor central permanecía libre y una mujer, enviada por una de las casas que utilizaban las estancias, esperaba cerca de la puerta con una relación de fardos.

Sophia reconoció la cuerda que sujetaba las tablillas y supuso que había venido a comprobar las marcas antes de la descarga.

Su hermano se volvió al oírla entrar.

—Pensé que mandarías la llave —dijo.

—Quería comprobar una cosa antes de abrir.

—¿Cuál?

Sophia vio la puerta cerrada y, frente a ella, el espacio limpio donde estaba previsto dejar la carga. La mujer aguardaba sin intervenir. La pregunta de Menandros no llevaba reproche, pero tampoco le ofrecía una dificultad que pudiera resolver en su lugar.

—La separación de las dos partidas —respondió Sophia—. Ayer no me quedó claro si la segunda saldría antes del mediodía.

—No sale hoy. La recogerán mañana después de la primera entrada. Ya lo he confirmado con el depositante.

Le mostró la tablilla. Sophia leyó el nombre, la fecha y la señal de conformidad del encargado. Todo estaba en orden. No obstante, buscó el otro extremo de la relación, donde debían figurar los hombres autorizados a reconocer la mercancía.

—Falta una marca.

—La pondrán cuando vean la carga. Si la escribo ahora, parecerá que han comprobado unos bultos que todavía no han entrado.

Sophia levantó los ojos. Menandros esperaba con la tablilla extendida, dispuesto a explicarle cualquier otro detalle, pero el ruido de las ruedas empezaba a oírse en la calle exterior. El carro llegaba en el momento anunciado y seguían delante de una puerta cerrada.

Sacó el estuche. Identificó la llave por el extremo curvado de la empuñadura, la introdujo en la cerradura y empujó la hoja de madera, que se resistió un poco antes de abrirse hacia el interior.

Menandros llamó al encargado y comenzó a indicar a los porteadores dónde podían esperar mientras se comprobaban las marcas.

Sophia entró detrás de ellos para examinar el suelo.

La estancia conservaba el olor de la madera seca y de la estera que habían retirado el día anterior.

Habían dispuesto dos zonas separadas por un pasillo suficiente para que un hombre transportara un fardo sin rozar los que ya estaban apilados.

Una abertura alta dejaba entrar luz sobre la pared del fondo.

Allí habían colocado los soportes nuevos, aunque todavía quedaba sitio para otra partida pequeña.

Sophia los contó mientras los hombres introducían la primera carga.

—Esas piezas no deben apoyarse directamente contra el muro —advirtió.

El porteador más próximo miró a Menandros antes de moverlas. Su hermano hizo una señal hacia los soportes y el hombre obedeció. Sophia se acercó a la tablilla del encargado y señaló la separación que debía quedar escrita entre las dos entradas.

—Anótalo así. Y añade que la comprobación de mañana será antes de abrir la segunda sala.

El encargado buscó con la mirada a Menandros, que estaba ayudando a uno de los hombres a distinguir dos marcas semejantes. Sophia notó aquel instante de vacilación y comprendió que lo había provocado ella: el hombre no sabía a cuál de los dos debía responder.

—Hazlo como dice mi hermana —indicó Menandros, sin abandonar la mercancía.

El encargado asentó. Sophia esperó a que terminara de escribir, pero los trazos que añadió eran los mismos que Menandros ya había previsto en la relación.

Cuando él volvió, la primera partida estaba colocada y las puertas del patio podían abrirse para el siguiente movimiento.

Todo había salido bien; el retraso se reducía al tiempo empleado en esperar una llave.

—Si vienes todos los días, acabaremos adelantando los carros una hora solo para que te dé tiempo a bajar desde casa —dijo Menandros mientras recogía las tablillas.

Sophia no supo si era una broma. Lo miró y descubrió una expresión cansada que no aparecía cuando su hermano discutía con clientes difíciles. Se encontraban lo bastante apartados para hablar sin que los porteadores oyeran cada palabra.

—No vendré todos los días. Quería asegurarme de que el primer turno funcionaba.

—El primer turno de esta semana ya funcionó. Y el segundo. Hoy me has pedido que fuera temprano porque se ampliaba la entrada, pero has venido tú a abrirla.

—Las llaves estaban en casa.

—Eso es lo que intento decirte.

Menandros se acuclilló para recoger una cuerda caída junto al umbral. No parecía enfadado; aquel gesto habitual de dejar libre el suelo le permitió continuar hablando sin levantar la voz.

—No me molesta que vengas a comprobar las cuentas. Necesito que lo hagas cuando algo afecte a los compromisos de la casa. Pero si no puedo abrir una sala, cambiar un turno o decidir dónde coloco seis fardos sin buscarte primero, ¿de qué me estoy encargando?

Sophia miró hacia el patio. Una mula acababa de apartarse de la entrada y los hombres discutían dónde debían dejar los cestos vacíos.

A la espalda de Menandros se veía la habitación cuya puerta acababa de abrir ella.

Su hermano llevaba semanas demostrando que sabía negociar las condiciones, distinguir a los depositantes y corregir horarios cuando aparecía una dificultad.

Sophia había aceptado que lo hiciera. Aun así, siempre encontraba un asunto que convenía comprobar personalmente.

—Eres tú quien conoce las obligaciones con Nikias —respondió—. No quiero que una distribución nueva nos obligue a dar explicaciones por una mercancía que no hemos custodiado bien.

—También las conozco yo. Estaba a tu lado cuando hablamos con sus hombres, y fui quien propuso separar las salas.

—Lo sé.

—Entonces deja que responda por la separación.

Se incorporó con la cuerda en la mano y fue a entregársela al encargado.

Sophia lo vio atender una consulta de la mujer de las tablillas, corregir una fecha y prometer que comprobaría personalmente la retirada del día siguiente.

No volvió a pedir la llave. Tal vez consideraba inútil hacerlo mientras continuara en el estuche de su hermana.

Regresaron a la casa a distinta hora. Sophia salió primero porque la esperaba el proveedor de tejidos, pero durante el camino se descubrió repasando las palabras de Menandros con más atención que la cuenta que llevaba abierta.

Había esperado una objeción a su manera de repartir el trabajo y, sin embargo, no tenía delante una queja imprecisa.

Su hermano había identificado el problema y le había pedido una solución concreta.

Podía discutirle si tal mercancía debía quedar bajo llave o quién asumiría una pérdida; no podía fingir que la responsabilidad de Menandros era real mientras el encargado necesitara acudir a ella para abrir una puerta.