Capítulo 14. Después del beso #3
Damón les pidió que no dejaran la tablilla sobre la mesa junto a la puerta, porque su sobrino había apoyado allí un recipiente con agua y había borrado dos nombres aquella mañana.
Titus prometió llevársela consigo. El encargado volvió al patio, donde un conductor quería saber si podía retirar el carro antes de lo previsto.
Sophia lo vio alejarse y pensó en el esfuerzo que había hecho por no ir detrás a comprobar la maniobra.
—Menandros ha llevado bien esto —dijo.
—Sí.
—Y yo he pasado parte de la mañana preparando objeciones a lo que todavía no había hecho.
Titus guardó el cálamo.
—A mí me ha ocurrido con el horario.
—Has cambiado la propuesta cuando te he contado lo de los porteadores.
—Porque no conocía ese acuerdo.
—Hace unos días tal vez me habría molestado que lo propusieras sin saberlo.
—Te ha molestado lo suficiente para explicármelo.
Sophia dejó escapar una risa breve. Era cierto.
No necesitaban contar la discusión como una victoria de ninguno.
Habían tenido una discrepancia, la habían resuelto y ahora el carro estaba donde debía.
Cuando Titus guardó el estuche de sellos, ella advirtió que el reflejo del sol en el borde de la puerta había cambiado de lugar.
La tarde estaba avanzada; en poco tiempo los hombres empezarían a cerrar los espacios que no se utilizaban durante la noche.
—¿Te queda algo más que hacer? —preguntó él.
Sophia repasó los encargos sin sacar las notas.
Una copia debía llegar a Hegesias y otra quedar junto a los registros; Menandros había prometido ocuparse de ambas antes de la cena.
La entrega de Quíos estaba controlada. Al día siguiente tendrían que comprobar que la excepción no hubiese originado nuevas exigencias.
Aquella tarde, en cambio, las cuentas estaban cerradas.
—Nada que tenga que hacer yo —respondió.
Titus la miró, sin felicitarla por la respuesta.
—Yo debo dejar esta copia en una casa que queda más arriba —dijo—. Puedo hacerlo ahora.
—Yo también regreso por ese camino.
Salieron juntos del depósito y atravesaron la calle donde los porteadores empezaban a recoger las cuerdas.
Desde un taller llegaba el golpe intermitente de un martillo, y un hombre había colocado en el suelo una cesta de membrillos que intentaba vender antes del anochecer.
Un muchacho pasó junto a ellos con una lámpara sin encender.
Sophia conocía la ciudad lo bastante para no necesitar que nadie la acompañara, pero agradeció disponer de unos minutos en los que no tenía que ir de un encargado a otro.
Titus entregó su copia a un escribiente que salió a recibirla en una puerta próxima.
Sophia esperó bajo el pórtico. Vio al hombre revisar el sello, hacer una pregunta sobre el día siguiente y volver a entrar con la tablilla.
Titus salió al cabo de un momento, y juntos continuaron hasta una calle menos transitada que unía dos hileras de tiendas.
Allí había una pequeña entrada lateral, protegida de las miradas de la calle por el saliente de un muro.
No era un lugar apartado de la ciudad, pero los carros que pasaban por la vía principal no podían ver más allá del primer escalón.
Sophia se detuvo para ajustar una tira de su manto que se había soltado. Titus esperó a su lado.
—Esta mañana pensé que ibas a venir conmigo al depósito —dijo él.
—Yo también lo pensé. Al final mi hermano hizo mejor el trabajo sin tenerme detrás.
—No parecía necesitar a nadie más.
—Eso le habría molestado oírlo como un elogio.
Titus sonrió.
Sophia acabó de sujetar la tira. Podían seguir caminando sin decir nada sobre la tarde anterior.
Ya sabían que no necesitaban ocultarla. También podían detenerse un momento.
Sophia se volvió hacia él y vio que seguía a la distancia respetuosa que había mantenido mientras trabajaban.
Le agradó aquella prudencia, pero esta vez no le hizo pensar en una pregunta que llevara demasiado tiempo sin formularse.
—Titus.
Él se volvió del todo.
Sophia le tocó el antebrazo, una indicación pequeña que él pudo interpretar antes de acercarse.
Cuando Titus le rozó la mejilla con los dedos, ella inclinó ligeramente la cabeza y lo besó.
Fue un beso más breve que el del patio de Thaleia.
No tuvo que buscar el instante preciso en que la familiaridad volvía a ser posible, ni descubrir si lo deseaba: lo sabía desde que lo había visto entrar aquella mañana con la copia del horario bajo el brazo.
Sintió la mano de Titus junto a su rostro y la retiró de allí solo cuando volvió a mirar hacia la calle.
Un hombre pasó por el extremo del pórtico cargando un haz de cañas, sin volver la cabeza.
Sophia dejó la mano sobre el brazo de Titus un instante más.
Se encontraba bastante cerca para distinguir la línea de las canas en sus sienes y para notar, con una familiaridad nueva, que había procurado no desordenarle el manto.
—Quería preguntarte una cosa —dijo él.
—Dímela.
—¿Prefieres que mantengamos distancia cuando no estemos trabajando? Si crees que es más sencillo...
Sophia negó antes de que terminara.
—No. No quiero que tengas que alejarte para demostrar que respetas mis asuntos.
—Tampoco quiero que parezca que, por haber estado juntos ayer, puedo dar por hecho lo de hoy.
—No lo has hecho.
—Es una pregunta que prefiero hacer.
Sophia lo observó. Siete años atrás ambos habían hablado mucho de lo que sería razonable para el otro y muy poco de lo que cada uno habría estado dispuesto a pedir.
Ahora él le ofrecía una distancia que quizá facilitara las horas de trabajo.
Ella podía aceptarla por prudencia y convertirla después en una costumbre, hasta que ningún encuentro pareciera oportuno.
—Quiero que podamos acercarnos —dijo—. Y también quiero seguir discutiendo contigo por una hora mal repartida, si hace falta. Ninguno debe usar lo que deseamos para decidir por el otro.
Titus le sostuvo la mirada.
—Eso puedo hacerlo.
—Tendrás que empezar por acostumbrarte a que no siempre te dé la razón.
—Hoy has tenido bastante práctica.
—Y aún podría encontrar una corrección en la tablilla que acabas de entregar.
—Entonces no te la enseñaré otra vez hasta mañana.
La respuesta le hizo sonreír. No necesitaron acordar cuándo volverían a besarse.
La pregunta importante había sido otra, y seguía sin obligarlos a decidir qué ocurriría al terminar aquel encargo en Éfeso.
Sophia sabía que esas decisiones llegarían.
Esa tarde le bastaba con que Titus no hubiera confundido el beso con permiso para ordenar su vida y con haberle dicho ella lo que esperaba de él.
Reanudaron el camino. Cerca de la siguiente esquina, donde una calle subía hacia las casas de la parte alta, Titus señaló el desvío que debía tomar para regresar a su alojamiento.
—¿Quieres que te acompañe? —preguntó—. Puedo ir por el camino de tu casa antes de volver.
Sophia miró la cuesta. Conocía sus piedras desiguales, el olor de los talleres que empezaban a cerrar y el lugar donde una vendedora solía apartar las cestas para dejar pasar a quienes regresaban cargados.
Habría recorrido aquel tramo sin dificultad.
También habría sido fácil responder que no quería desviarlo de su camino, como si aceptar unos minutos en compañía de Titus exigiera medir primero cuánto perdía él.
—Hasta el cruce de los tintoreros —dijo.
—Hasta allí.
Titus esperó a que ella emprendiera la subida.
Sophia avanzó a su lado mientras las últimas voces de los comerciantes se mezclaban con el ruido de las puertas al cerrarse.
Al llegar al cruce aún les quedaría a cada uno parte del camino por hacer.
Había elegido, sin embargo, aquel trecho compartido, y no sintió necesidad de justificarlo.