Capítulo 14. Después del beso #2
—El carro cabe junto al muro —dijo Menandros, sin esperar a que ella preguntara—. He pedido que retiren un montón de cestos vacíos. El encargado prefiere que el conductor llegue un poco antes, para que no tenga que maniobrar mientras pasan los porteadores.
—¿Y la salida?
—Por el mismo acceso. Ya lo he comprobado.
Sophia tenía los dedos sobre el borde de la tablilla que había reservado para él. Podía indicarle que no olvidara nombrar a un hombre responsable de acompañar el carro; de hecho, las palabras estaban a punto de salirle cuando Menandros añadió:
—Hará la maniobra con Damón, el encargado. Así no tendremos una discusión sobre quién autorizó la parada.
—Bien —dijo ella.
Menandros la miró un instante, como si esperara el resto. Sophia se dio cuenta de que solía añadirlo: una precaución, un reparo, una sugerencia destinada a prevenir un error que todavía no se había cometido.
—He hablado con los de Quíos —continuó—. Aceptan el horario, pero quieren una copia donde conste que la descarga termina antes de que se retire el último turno de Hegesias.
—Se la daré ahora mismo.
Su hermano examinó la relación que ella le tendía y buscó un espacio en blanco para colocar la marca necesaria. Cuando se volvió hacia el encargado, Sophia lo llamó.
—Menandros.
Él se detuvo.
—¿Qué ocurre?
—He estado a punto de pedirte que llevaras a alguien a comprobar el paso. Veo que ya lo has hecho.
Menandros miró la tablilla y luego a ella.
—No es una hazaña tan difícil.
—No he dicho que lo sea.
—Mejor. Preferiría que cuando salga bien dejemos de hablar de ello como si hubiera encontrado un tesoro bajo la casa.
Sophia soltó una risa. Su hermano había dicho aquello sin aspereza, pero la petición era lo bastante clara para que ella no intentara adornarla con elogios.
Aceptó que se marchara con el encargado.
A través de la puerta lo oyó preguntar por las cuerdas que sujetaban los cestos y comentar que cambiarían el lugar de dos montones antes de la próxima llegada.
Había elegido un modo distinto del que Sophia habría utilizado.
Era posible que resultara igual de eficaz.
Cuando volvió a quedarse sola, la habitación parecía demasiado tranquila.
Una tablilla sin resolver no tenía siempre que convertirse en tarea suya; había dedicado tantos años a demostrar lo contrario que aún le costaba aprovechar el tiempo que otros le devolvían.
Ordenó las copias ya terminadas y separó dos notas de hospitalidad que Damaris le había pedido consultar.
La tarde anterior había prometido ayudar a su madre con una visita de unas parientas que llegaban desde las afueras.
Recordó el encargo con cierta inquietud: debía decidir qué habitación utilizarían para recibirlas y comprobar si había suficientes asientos cerca del jardín interior.
No se trataba de una obligación comercial.
Podía acercarse a casa antes de la comida y ocuparse de ello.
La casa estaba más animada de lo que esperaba.
Al llegar encontró una cesta abierta en el atrio y a dos esclavas que trasladaban cojines hacia una sala lateral.
Damaris hablaba con una de ellas sobre las pequeñas lámparas de aceite que debían retirar antes de que las niñas de las visitantes empezaran a correr por la habitación.
Sophia se detuvo junto a las columnas, observando la facilidad con que su madre daba instrucciones sin pedirle una sola opinión.
—Pensé que querías recibirlas en el comedor —dijo cuando Damaris se acercó.
—Lo quería ayer. Esta mañana he decidido que estarían más cómodas junto al jardín. Una de las niñas tiene la pierna lastimada; su madre me ha escrito que no puede subir bien los escalones.
—Podría haberlo preparado yo.
Damaris miró los cojines ya dispuestos.
—Habrías tenido que saberlo antes que yo.
—Si me hubieras enviado aviso...
—Te lo habría enviado si hubiese necesitado que hicieras algo.
Su madre recogió de una mesa baja un pequeño cuenco de aceitunas aliñadas y se lo ofreció.
Sophia tomó una, todavía pensando en los asientos que habrían quedado mal situados si se hubiese mantenido el plan del día anterior.
La habitación lateral ofrecía un paso más cómodo desde la entrada y recibía aire del jardín.
Era una buena elección, aunque no había intervenido en ella.
—También iba a pedir al panadero unas tortas de sésamo —dijo Sophia.
—Ya las han traído.
—¿Y el vino dulce?
—En la despensa. Queda del que sirvieron tus tíos la semana pasada. No he tenido que comprarlo.
Damaris le quitó el cuenco antes de que Sophia pudiera encontrar una tercera pregunta.
—Si quieres ayudar, acompáñame a escoger los vasos. Los de borde fino son bonitos, pero la más pequeña de las niñas los rompería antes de sentarse.
Fueron hasta el armario donde guardaban la vajilla de las visitas.
Sophia apartó un vaso agrietado que una esclava había colocado por error entre los enteros y eligió varios de pared más gruesa.
Damaris los contó, añadió uno de reserva y cerró el armario.
No había necesidad de convertir aquella labor en una reunión sobre la organización de la casa; ni siquiera les había ocupado mucho tiempo.
—Creí que habrías llegado más tarde —comentó su madre cuando regresaban al atrio.
—Menandros se ha encargado de una gestión que yo pensaba hacer.
—Entonces habrá una persona menos corriendo de un depósito a otro esta tarde.
—No sé qué hacer con una hora que no esperaba tener libre.
Damaris se detuvo para corregir el pliegue de una tela sobre el respaldo de un asiento. Lo alisó con la palma y después dejó la mano allí mientras consideraba la confesión de su hija.
—Podrías quedarte a comer. O visitar a Thaleia. O no hacer nada que puedas anotar en una cuenta. Al final de la tarde llegarán las niñas, y necesitaré que alguien me ayude a recordar cuál de ellas prefiere los higos sin miel.
Sophia conocía la respuesta: la menor no toleraba la miel en los higos, aunque insistía en que le gustaba todo cuanto comían los adultos. Se lo dijo a su madre. Damaris asintió, como si acabaran de resolver un asunto perfectamente suficiente para aquella hora.
—¿Y si no hubiera venido? —preguntó Sophia.
—Les habría puesto los higos por separado. No es la primera vez que recibimos visitas cuando tú estás ocupada.
No había reproche en su voz. Sophia oyó a una de las esclavas llamar desde la puerta del comedor y vio a su madre acudir sin prisa.
La casa seguía funcionando mientras ella pasaba las horas junto a las tablillas del puerto.
También seguía funcionando cuando se detenía a hablar con Titus más tiempo del estrictamente necesario.
Aquella evidencia no había comenzado la víspera, aunque el beso le había dado un motivo inesperado para advertirla.
Se quedó a comer. Damaris le habló de una parienta que había decidido trasladarse a vivir con su hija casada y de las complicaciones para llevar sus arcones por una calle demasiado estrecha.
Sophia respondió con una historia sobre un conductor que había intentado introducir un carro donde apenas cabía una mula.
Su madre se echó a reír y preguntó si aquel hombre había conseguido salir sin desmontar la rueda.
Hablaron de lo que había sucedido en la ciudad, no de la razón por la que Sophia había regresado antes a casa.
Agradeció aquella conversación más de lo que esperaba.
Cuando se dispuso a marcharse, Damaris la acompañó hasta el atrio.
—¿Volverás antes de que anochezca?
—Eso espero. Queda comprobar el acuerdo de Hegesias.
—No era por eso por lo que te preguntaba —aclaró su madre—. Si llegas tarde, haremos servir la cena sin esperarte. Las niñas no pueden pasar toda la noche junto a las lámparas.
Sophia sonrió.
—Hazlo así.
Salió de la casa con el manto bien sujeto y la impresión, todavía nueva, de que acababan de concederle permiso para algo que nunca había estado prohibido.
Titus la esperaba en el depósito inferior cuando regresó.
No estaba solo: Damón le mostraba la esquina donde habían retirado los cestos, y los dos examinaban las marcas que Menandros había ordenado colocar sobre una tabla cercana.
Sophia se acercó sin interrumpirlos. Desde el lugar donde estaba podía ver que el carro de Quíos había llegado y permanecía junto al muro, dejando libre el paso principal.
Una de sus ruedas descansaba cerca del canalillo, pero no lo obstruía.
—Al final ha cabido —dijo Titus cuando la vio.
—Menandros lo había medido.
—Esta mañana yo no estaba tan seguro.
—Yo tampoco. Él sí.
Damón empezó a explicar cómo habían conseguido introducir el carro sin retrasar a los hombres de Hegesias.
Lo hizo con la satisfacción de quien ha logrado pasar una jornada sin recibir protestas mayores.
A Sophia le llamó la atención que ambos lo escucharan hasta el final.
El encargado sabía en qué punto las ruedas encontraban resistencia y qué conductores confiaban demasiado en su propia habilidad; ningún esquema hecho lejos de allí podía sustituir del todo ese conocimiento.
Titus entregó a Sophia una copia del reparto corregido. Le había añadido la excepción del carro y la condición de que no se repitiera sin consultar antes al encargado. Ella la leyó y señaló un detalle.
—Aquí dice que el paso queda libre después de la última carga de Hegesias. Falta indicar que los porteadores deben salir primero con sus cestos. De lo contrario algún conductor entenderá que puede entrar en cuanto los vea recogerlos.
Titus tomó la tablilla de nuevo.
—Tienes razón. Lo añadiré antes de dejar las copias definitivas.
—No hace falta rehacerlo todo. Hay espacio debajo de la marca.
—Entonces me ahorraré un poco de cera.