Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 14. Después del beso
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Capítulo 14. Después del beso

La mañana empezó con una discusión sobre una hora escrita en una tablilla.

Sophia la había leído dos veces y seguía sin comprender por qué el encargado del depósito inferior había permitido que un carro entrara cuando los porteadores ya estaban ocupando el paso.

La primera explicación llegó con el propio encargado, que acudió a la casa de Herakleon llevando la tablilla sujeta contra el pecho y las sandalias cubiertas de polvo.

La segunda, bastante más útil, fue que nadie había descargado aquel carro.

El conductor se había limitado a dejarlo junto a la pared mientras buscaba al dueño de la mercancía.

—Eso también ocupa sitio —dijo Sophia.

—Lo sé, señora. Por eso vengo antes de abrir la entrada.

El hombre no intentó disculparse con una historia larga.

Le mostró la marca que había hecho junto al nombre del transportista, una muesca más profunda que las demás para distinguir el vehículo detenido de las cargas recibidas.

Sophia aprobó la precaución, aunque le pidió que no volviera a permitir aquel uso del paso sin consultar antes a alguien de la casa.

—A Menandros, si está allí —añadió después de pensarlo.

El encargado asintió y se marchó con una respuesta que podía utilizar.

Sophia lo siguió con la mirada hasta que desapareció bajo la columnata.

Había dado aquella última indicación sin proponérsela de antemano.

Le resultó extraño que una decisión tan pequeña tuviera que ocuparle siquiera un pensamiento.

Sobre la mesa quedaban dos relaciones de entrada y un trozo de pergamino en el que había anotado los asuntos que debían tratar con Titus.

Su nombre aparecía allí, escrito la tarde anterior antes de ir a casa de Thaleia.

Sophia recorrió con el dedo las líneas de la lista sin leerlas.

Recordaba perfectamente lo que habían dicho al despedirse en la puerta lateral del taller: al día siguiente seguirían teniendo el mismo trabajo.

Lo había deseado de verdad. No había previsto, sin embargo, lo difícil que sería volver a oír sus pasos en el atrio sin recordar la mano que le había rodeado la cintura ni la paciencia con que él la había dejado acercarse.

Un esclavo de la casa apareció para anunciar que Titus esperaba en la sala de cuentas. Sophia guardó el pergamino y fue a recibirlo antes de concederse tiempo para ensayar un saludo.

Menandros estaba ya allí, inclinado sobre la mesa, con un montón de tablillas a un lado. Titus examinaba la copia del horario que habían preparado entre los tres. Al entrar Sophia, levantó la cabeza.

—Buenos días.

El tono era el de siempre. Ella reconoció en su voz una leve calidez que quizá habría pasado por alto una semana antes, pero él no dejó de sostener la tablilla ni hizo ademán de buscarla a solas.

—Buenos días. ¿Ha llegado la cuenta de Hegesias?

—Sí —respondió Menandros—. Y tenemos una dificultad con el último turno.

Sophia se acercó. Su hermano había colocado dos marcas junto al nombre de los porteadores que trabajaban para Hegesias.

Ambas correspondían a la hora en que se retiraban los cestos pequeños, mientras que un comerciante llegado de Quíos solicitaba introducir un carro cargado de recipientes vacíos.

Era un encargo modesto, pero el carro debía abandonar la calle antes de que salieran las partidas de aceite del depósito vecino.

—Si adelantamos el carro de Quíos —dijo Titus—, los hombres de Hegesias tendrán que empezar más tarde. Es el cambio que afecta a menos gente.

—Afecta a quienes cobran por jornada y están citados desde el amanecer —replicó Sophia—. Hegesias puede perder a dos de ellos si les cambia la hora ahora. Ya aceptó esperar una vez.

Titus volvió a leer una marca.

—Pensaba que los contrataba por carga.

—A algunos. Esos dos vienen con un acuerdo distinto. Lo negoció Menandros cuando aún no sabíamos si la entrada de la galería quedaría despejada.

Su hermano confirmó la explicación y señaló el margen de la tablilla, donde había anotado las condiciones.

Titus acercó el escrito a la luz. Sophia observó que no buscaba defender su propuesta por haberla formulado primero.

Tampoco ofreció una disculpa desmedida. Simplemente revisó lo que había calculado con un dato equivocado.

—Entonces no conviene moverlos —dijo—. ¿Cuánto tarda el carro vacío en atravesar el tramo común?

—Vacío, muy poco —contestó Menandros—. Pero sus recipientes ocupan más que un cargamento de grano. Necesita alguien que le indique dónde colocarlos.

—Podría pasar entre dos tandas de porteadores —propuso Titus.

Sophia negó con la cabeza.

—No si el hombre de Hegesias está sacando sus cestos. Hay un tramo en el que ni siquiera podrían apartarse para dejarlo avanzar.

—Entonces lo que falta no es tiempo, sino un lugar donde esperar —dijo Titus.

Menandros apartó una tablilla y dibujó con el extremo romo del cálamo el contorno de la entrada.

Señaló el espacio detrás de un muro bajo que no se utilizaba para carga y descarga.

Sophia conocía aquel rincón. Estaba junto a un canalillo que a veces recogía el agua de limpieza del patio; si había llovido, el terreno podía quedar blando. No había llovido en los últimos días.

—No quiero que un conductor lo utilice sin permiso —advirtió—. En cuanto lo conviertan en un lugar habitual de espera, lo llenarán de carros.

—Puede quedarse uno solo —dijo Menandros—. Se lo explicaré al encargado y hablaré con el hombre de Quíos. No necesita dejar allí el carro toda la mañana. Basta con que llegue cuando los porteadores estén retirando los primeros cestos.

Sophia hizo ademán de pedirle que comprobara antes la anchura del paso.

Se detuvo al ver una anotación al dorso de la tablilla: Menandros ya había medido el espacio con el encargado el día anterior.

No había una objeción que añadir. Sí podía preguntarle si la rueda derecha quedaría demasiado cerca del canalillo, pero habría sido una pregunta sobre algo que él todavía tenía ocasión de comprobar sin ayuda.

—De acuerdo —dijo—. Un solo carro y únicamente mañana. Después veremos si hace falta mantenerlo.

—Eso pensaba proponer —respondió su hermano.

Titus dejó el cálamo en la mesa.

—Modificaré mi copia. Si Hegesias pregunta por qué conservamos su turno, que le expliquen que el acuerdo sigue siendo el mismo.

—No preguntará —dijo Menandros—. Se lo confirmo yo antes de que vaya nadie a hablar con él.

Sophia habría podido añadir que no era necesario hacer dos visitas por una sola hora. Se guardó la observación. Su hermano conocía a Hegesias lo bastante para decidir si bastaba un recado o convenía presentarse en persona.

La discusión terminó con tres encargos bien repartidos.

Menandros salió a comprobar el lugar de espera; Titus debía llevar la corrección a los responsables del paso; Sophia recibiría al comerciante de Quíos cuando llegara con la relación definitiva de recipientes.

Nadie sugirió que ella acompañara a su hermano para supervisarlo.

La idea solo había aparecido en su propia cabeza.

Titus recogió sus escritos y esperó a que Menandros cruzara el umbral. Después miró a Sophia.

—¿Quieres que vuelva cuando tenga la respuesta de los encargados?

—Prefiero que me la traigas antes del mediodía. La partida de aceite sale después, y quizá haya que dejar libre otra entrada.

—Antes del mediodía, entonces.

Había podido hablarle de una hora sin evitar sus ojos ni recordar a cada instante lo que había ocurrido el día anterior.

La conversación había sido incluso menos complaciente que otras de aquella semana.

A Sophia le produjo un alivio que no esperaba sentir.

No deseaba que Titus se volviera tan cuidadoso con ella que cualquier objeción pareciera una ofensa.

Cuando él llegó a la puerta, se volvió un momento.

—La parte sobre los hombres de Hegesias no estaba en mi copia de ayer.

—Porque la anotamos en la de Menandros.

—Entonces necesito una mejor costumbre: preguntaros a los dos antes de cambiar las horas.

Sophia asintió. Pensó en responder que ella también estaba intentando aprender alguna, pero él ya tenía trabajo que hacer y a ella la esperaba un mercader al que no convenía recibir con retraso.

Bastó con aquella mirada breve y con la satisfacción, muy concreta, de saber que no tendrían que fingir estar de acuerdo para trabajar juntos.

El comerciante de Quíos llegó acompañado de un sobrino que llevaba las relaciones escritas y que no se atrevió a sentarse hasta que su tío se lo indicó.

Habían adelantado la entrega de recipientes porque el hombre que solía ocuparse de transportarlos había encontrado lugar en una embarcación distinta de la prevista.

Sophia escuchó la explicación, comprobó las cantidades y dejó claro qué podía aceptar la casa de Herakleon y qué seguía dependiendo de terceros.

Le resultó agradable tratar un asunto que no exigía interpretar silencios ni descubrir intenciones ocultas: el número de recipientes cabía en una tablilla, y los dos hombres tenían interés en que quedase bien escrito.

El sobrino preguntó dos veces si el acuerdo incluía el almacenamiento durante la jornada siguiente.

Sophia le respondió que solo podían garantizar aquella tarde y la mañana del día posterior, siempre que cumplieran con la hora indicada.

El joven volvió a mirar a su tío. Finalmente aceptaron que se anotara la limitación.

Cuando se marcharon, Sophia pidió una copia para Menandros y otra para quien recibiera el carro.

Se disponía a llevar esta última al depósito cuando vio a su hermano llegar por el patio, acompañado del encargado de la entrada.

Hablaban con el tono de dos hombres que habían discutido lo suficiente como para ponerse de acuerdo.