Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 13. Un patio nuevo #3
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Capítulo 13. Un patio nuevo #3

—Entonces no te quedes tan lejos.

Él acortó la distancia. Esta vez Sophia no necesitó inclinarse tanto, y cuando volvió a besarlo notó que Titus apoyaba la mano en su costado, sobre la tela del vestido.

El contacto era firme sin retenerla. Sophia dejó que los dedos ascendieran desde el cuello hasta la mejilla de él y se detuvo en la aspereza breve de la barba, más marcada de lo que recordaba.

El olor del polvo de la calle se mezclaba con el aceite que habían usado para las bisagras del depósito.

La cercanía le resultó intensamente conocida y, a la vez, llena de detalles que no podía haber previsto.

Durante un momento creyó que iba a reírse de puro desconcierto.

De joven habría hecho del beso una carrera por adelantarse a la siguiente caricia, convencida de que cualquier interrupción podía estropear la felicidad del encuentro.

Ahora tenía conciencia del banco a su espalda y de la mano de Titus que se movía con cuidado sobre su costado.

Podía permanecer allí cuanto quisiera o apartarse sin que aquello se convirtiera en un juicio sobre los dos.

Cuando levantó el rostro, él no retiró la mano enseguida.

Le acarició apenas la muñeca con el pulgar y después dejó que Sophia decidiera la distancia.

Ella apoyó la frente un instante junto a su sien.

Notó la respiración de Titus cerca del oído y oyó, al otro lado del muro, unas voces que discutían el cierre de una puerta.

La vida de la casa seguía como antes de que se besaran; le produjo una satisfacción inesperada escucharla.

—No recordaba que fueras tan paciente —murmuró Sophia.

—No lo era.

Se apartó lo suficiente para verle la cara. Titus tenía una expresión seria, aunque una ligera curva en los labios contradecía la gravedad de su tono.

—Tampoco yo esperaba hacerlo de este modo —dijo ella.

—¿De qué modo?

—En un patio donde hemos venido a dejar condiciones de almacenamiento.

—¿Preferías una habitación con mejores muebles?

—Habría resultado bastante más difícil explicar cómo habíamos terminado allí.

Titus soltó una risa baja. Sophia sintió la tentación de besarlo otra vez para interrumpirla y le agradó reconocer que podía hacerlo.

No dependía de una visita futura ni de una decisión acerca de quién viajaría, dónde tendría una casa o qué obligaciones podría conservar.

Eran asuntos que seguían existiendo y que no estaban preparados para desaparecer porque dos personas se hubieran encontrado deseables después de tantos años.

La sonrisa se le fue apagando despacio. Titus la miró con atención, sin reclamar una explicación. Sophia agradeció poder conservar aquel silencio, pero no quiso utilizarlo como escondite.

—No sé qué haremos con esto —dijo.

—Yo tampoco voy a decidirlo esta tarde.

—Te conozco lo bastante para saber que antes habrías intentado hacer una propuesta.

—Antes habría pensado que una propuesta era mejor que una conversación difícil.

Sophia recordó las últimas semanas de su antigua relación.

Las dos opciones que habían discutido entonces parecían razonables por separado y dolorosas cuando intentaban juntarlas.

Había pasado tiempo creyendo que aquel desenlace se repetiría en cuanto volvieran a hablar en serio.

El beso no había cambiado la existencia de la casa de Herakleon, ni los viajes que Titus acostumbraba aceptar, ni las decisiones que uno y otro tendrían que tomar.

Pero ahora se encontraban allí, capaces de admitir que no tenían todavía una respuesta sin utilizar esa falta de respuesta para marcharse.

—No quiero que mañana parezca que tenemos que hablar de todo a la vez —añadió Sophia.

—Entonces mañana hablaremos de lo que corresponda.

—Y tampoco quiero que lo de hoy se convierta en algo que debamos fingir que no ocurrió.

Titus asintió.

—No pensaba hacerlo.

Sophia miró la repisa. La nota inútil seguía allí, doblada junto a las condiciones de la habitación.

La recogió y se la guardó otra vez; mañana decidiría si la tiraba o se la dejaba a Menandros como prueba de que podía resistir dos días sin comprobar una cantidad.

Luego se ajustó el manto. Titus se apartó para dejarla pasar y, antes de salir a la galería, Sophia le tomó la mano un instante.

Él entrelazó los dedos con los suyos, pero la soltó cuando oyeron que alguien atravesaba el taller principal.

No necesitaban ofrecer a los artesanos un asunto nuevo sobre el que conversar durante la cena.

Se detuvieron junto a la puerta lateral.

La calle tenía todavía luz, aunque las sombras de las fachadas habían alcanzado los escalones de las tiendas.

Desde allí podían tomar caminos diferentes: Titus debía dejar una copia del horario en una casa próxima y Sophia había prometido regresar antes de que Damaris recibiera a unos visitantes.

No le molestó recordar aquellas obligaciones.

Permanecían en su sitio, y ella seguía teniendo ganas de cumplir las que había elegido.

—Mañana seguiremos teniendo el mismo trabajo —dijo Sophia.

Titus la miró. La sonrisa que apareció entonces fue pequeña y clara.

—Espero que sí.