Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 13. Un patio nuevo #2
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Capítulo 13. Un patio nuevo #2

Al final de la tarde llegaron a la calle secundaria donde trabajaba el marido de Thaleia.

La puerta grande estaba abierta y desde el interior llegaba olor a aceite, madera calentada por el sol y metal recién trabajado.

El patio principal, el que habían inspeccionado el día anterior, se encontraba ocupado por varias piezas de bronce colocadas sobre paños bastos.

No entraron en él. Sophia conocía el paso estrecho que comunicaba con un patio pequeño situado detrás de una galería; su prima le había indicado que podía dejar allí las tablillas destinadas al propietario, en una repisa protegida de las manos de quienes trasladaban materiales. Nadie necesitaba recibirlas en persona.

Al cruzar la puerta lateral, Sophia recordó que aquella parte de la casa había quedado fuera del recorrido de la víspera.

Era un espacio mucho más reducido que el patio principal, cerrado por muros de piedra sin revestimiento, con un olivo pequeño plantado junto a una esquina y una jarra de agua cubierta por una tapa de barro.

Sobre el pavimento se dibujaban franjas de sol que iban estrechándose conforme descendía la tarde.

Había un banco de madera junto a la pared y una repisa baja donde descansaban varias tablillas atadas con cordel.

Sophia depositó la suya debajo de las otras y comprobó que el nombre del destinatario quedaba visible.

El dueño de la propiedad debía consentir cualquier cambio de uso; hasta entonces, la habitación que habían examinado seguiría vacía.

La advertencia era sencilla, aunque sabía que un comerciante impaciente podría llamar a aquella espera una oportunidad perdida.

—Terminamos —dijo.

Titus miró la repisa con fingida desconfianza.

—¿Estás segura? No hemos comparado ni una sola medida.

—Si empiezas a medir el banco, me marcharé sin ti.

—No parecía muy firme cuando entramos.

Sophia le dio una leve palmada sobre el brazo antes de pensar si debía hacerlo. Titus se volvió hacia ella. El gesto había sido natural, nacido de la broma, y durante unos instantes permanecieron mirándose con la tranquilidad de quienes no necesitan explicar qué los ha divertido.

—Mi prima dice que esa jarra se llena por la mañana —comentó Sophia, señalando el recipiente de la esquina—. Nadie recuerda quién decidió colocarla ahí, pero ahora todo el mundo protesta cuando falta.

—En Quíos conocí una casa donde guardaban la llave del patio bajo una piedra. El dueño cambió la cerradura, pero siguieron levantando la piedra cada vez que necesitaban entrar.

—Al menos no perdían el tiempo buscando en todas partes.

—Perdían el tiempo levantando una piedra que ya no ocultaba nada.

Sophia rio. La observación le recordó las tiras dobladas junto a su cintura. Las sacó y se sentó en el extremo del banco, después de comprobar con la mano que las tablas no se movían. Titus se quedó de pie frente a ella.

—Esto es mi piedra —dijo, mostrando la nota que Menandros había resuelto.

Él la tomó cuando Sophia se la ofreció. Leyó una línea y la devolvió.

—¿Sigues comprobando algo después de que otra persona se haga responsable?

—A veces. Me digo que solo quiero estar informada y termino repasando un asunto que ya ha concluido. Esta mañana he buscado una cifra que mi hermano había comprobado ayer delante de mí.

—¿La encontraste distinta?

—Exactamente igual, para mi gran disgusto.

—Debió de resultarte difícil admitir una falta de consideración semejante.

—No sabes cuánto. Cuando Menandros tenía veinte años, era capaz de escribir tres cantidades diferentes en la misma tablilla. Ahora no me concede ni la satisfacción de corregir una.

Titus apoyó una mano en el respaldo del banco. Sophia podía distinguir las manchas de cera seca en sus dedos. Le sorprendió que, después de siete años viajando entre puertos, siguiera manchándose del mismo modo en una jornada de trabajo. Había costumbres que merecían conservarse.

—Yo dejé de guardar copias de todas mis notas —dijo Titus—.

En Rodas llevaba tantos apuntes que una vez empleé medio día buscando uno que había escrito esa misma mañana.

Un compañero me preguntó por qué no probaba a recordar lo importante y confiar lo demás a quien llevaba las cuentas.

Le respondí que no había pagado a nadie para que pensara por mí.

—Qué respuesta tan amable.

—El compañero tampoco la encontró amable. Al día siguiente me dejó todos sus registros encima de la mesa y me dijo que, si desconfiaba de él, sería mejor que trabajara solo.

—¿Qué hiciste?

—Tuve que ordenar los míos y devolverle los suyos. Después empezamos de nuevo.

Sophia imaginó al Titus de hacía unos años protestando ante una mesa cubierta de documentos, incapaz de admitir que su propio empeño le había dado más trabajo.

La escena encajaba con el joven al que había conocido, pero también con el hombre que había aprendido a contarla sin justificarse.

Le habría gustado saber otras cosas semejantes: quién había sido ese compañero, cuánto tiempo habían trabajado juntos, qué había sucedido después.

Eran preguntas pequeñas, de las que antes apenas se interesaban porque daban por supuesto que habría días de sobra para hacerlas.

—Tendría que haber preguntado más por esos años —dijo.

Titus dejó la mano apoyada en el respaldo.

—Has empezado a hacerlo.

—Preguntas con siete años de retraso.

—Algunas respuestas serían distintas si las hubiera dado entonces.

Sophia dobló de nuevo las notas, pero esta vez no las guardó. Dejó la ya resuelta en la repisa, junto a la tablilla para el propietario. Podía retirarla al marcharse; aun así, le agradó desprenderse durante unos minutos de aquel pequeño peso inútil.

En el taller principal alguien dejó caer una herramienta.

El golpe llegó amortiguado hasta el patio y después continuaron los sonidos del trabajo, cada vez más espaciados.

Sophia sabía que pronto empezarían a recoger.

Habría sido razonable despedirse y emprender el regreso antes de que la calle quedara menos concurrida.

Nadie había fijado una hora para salir de allí, sin embargo, y la tarde todavía conservaba luz suficiente.

—Ayer pasamos mucho tiempo esperando una tablilla —dijo Titus.

—Y hoy hemos venido a dejar otra. Thaleia debería pedirnos una contribución por usar sus patios para trabajar.

—Podría descontármela de lo que cobre por mis visitas.

—Eso daría lugar a una cuenta demasiado complicada para una casa como la nuestra.

Titus sonrió, aunque no respondió enseguida.

Sophia lo vio mirar el lugar donde había dejado la nota y después volver hacia ella.

El pequeño patio estaba tan apartado del movimiento de la calle que podía distinguir el roce de su túnica al desplazarse.

Había conocido esa cercanía siete años atrás, en habitaciones y caminos que pertenecían a una vida en la que los encuentros podían planearse sin pensar en lo que sucedería después.

Aquella tarde no estaba intentando recuperar ninguno de esos lugares.

—¿Quieres que nos marchemos? —preguntó él.

Sophia habría agradecido la pregunta en otra circunstancia. Le permitía decidir sin explicaciones. Ahora le pareció que también podía utilizarla para continuar aplazando una respuesta que no tenía que ver con salir a la calle.

—Todavía no.

Titus se acercó al banco. No lo hizo con la familiaridad con que habría llegado a sentarse a su lado años antes.

Se detuvo a poca distancia, de frente a ella, y esperó mientras Sophia se levantaba.

En el movimiento, el borde de su manto se enganchó en una pequeña astilla del banco.

Sophia tuvo que inclinarse para soltarlo.

Cuando lo consiguió, vio que Titus había extendido una mano sin terminar de tocar la tela.

—No está roto —dijo ella, examinando el borde.

—Lo sé.

La mano de Titus quedó suspendida un instante a la altura de su brazo.

Podría haber apartado el pliegue de su manto, como antes había hecho incontables veces, o haberle rozado los dedos.

En cambio, la bajó despacio y dio a Sophia espacio para incorporarse.

La cautela había sido casi idéntica a la del día anterior, aunque esta vez no había una copa de agua entre ambos ni la posibilidad inmediata de que Thaleia entrara por la galería.

Sophia se irguió. Estaban lo bastante cerca para que pudiera ver una pequeña cicatriz en el borde de la mano de Titus, una línea pálida que no recordaba.

Tenía ganas de preguntarle cómo se la había hecho.

Pensó también en las docenas de cosas que todavía desconocía y en la extraña exigencia que a veces se imponía de comprenderlo todo antes de permitirse desear algo.

Aquel día había negociado condiciones para una calle entera sin conocer todos los carros que pasarían por ella.

Sabía dónde se encontraban los límites, y aceptaba que el resto hubiera de aprenderse con el uso.

—Titus.

Él levantó los ojos hacia ella.

Sophia no encontró ninguna frase que resultara mejor que lo que quería hacer.

Había hablado bastante durante aquellas semanas.

Se acercó hasta que sus cuerpos quedaron a la distancia de un aliento, alzó una mano y la apoyó junto al cuello de Titus, allí donde la tela dejaba libre una franja de piel tostada por el sol.

Él no se apartó. Sophia le dio tiempo para decidir y, cuando Titus inclinó apenas la cabeza hacia ella, lo besó.

El primer contacto fue breve. Reconoció la forma de sus labios y, casi al mismo tiempo, descubrió que el recuerdo no le había conservado los movimientos.

Titus respondió con una lentitud que la sorprendió; no la estrechó de inmediato ni buscó el beso que ella había aprendido a esperar cuando eran jóvenes.

Sophia se separó apenas para mirarlo. La mano que él había dejado a su lado ascendió hasta rozarle la muñeca.

—¿Está bien? —preguntó Titus en voz baja.

Sophia sintió en la boca la sonrisa que no había terminado de formarse.

—Si no lo estuviera, te lo diría.

—Lo sé.