Capítulo 13. Un patio nuevo
Sophia descubrió que el primer día de un horario nuevo no acababa cuando los carros habían terminado de pasar.
A la mañana siguiente quedaban por ajustar las horas que cada encargado había anotado de un modo distinto, corregir el nombre de un porteador y averiguar quién había dejado dos cestos vacíos delante de una puerta que debía permanecer libre.
Ninguno de aquellos asuntos merecía una disputa, aunque juntos habían ocupado buena parte de la mañana.
En el segundo depósito, un escribiente joven sostenía una tablilla sobre las rodillas y repasaba por tercera vez la relación de entradas.
Sophia le indicó las dos marcas que faltaban y lo dejó trabajar.
Al otro lado del umbral, Menandros discutía con un encargado la hora de salida de una partida de ánforas.
Había empezado la conversación antes de que ella llegara y no volvió la cabeza para buscar su aprobación.
Sophia se quedó un instante donde podía escucharlos y luego pasó al cuarto contiguo, en el que Titus examinaba la copia del reparto con una expresión de concentración que le resultaba cada día más familiar.
—El hombre de Hegesias tiene razón en una cosa —dijo él, al verla—. Si reservamos toda la última hora para las cargas pequeñas, los porteadores que vienen a pie podrán pasar, pero un carro retrasado tendrá que esperar hasta mañana.
—Y si dejamos entrar cualquier carro retrasado, las cargas pequeñas no saldrán nunca.
Titus le mostró dos marcas sobre la cera.
—Propongo distinguir entre un carro que ya estaba esperando cuando empezó el turno y otro que llega después de la hora acordada. El primero puede acabar la descarga. El segundo espera.
—Lo aceptarán si el encargado lo comprueba delante de todos. Si depende de la memoria de un conductor, cada uno llevará esperando desde el amanecer.
—Eso también he pensado.
—Hace siete años ya habrías ido a proponérselo a Leontios sin contarme lo que faltaba.
—Hace siete años probablemente habría regresado con una respuesta y tres problemas nuevos.
Sophia tomó la tablilla para leerla con más comodidad.
Titus había reservado un espacio al margen para las excepciones, pero no las había escrito como si fueran una segunda regla.
Era la clase de detalle que evitaba discusiones interminables: las personas aceptaban mejor una limitación cuando entendían que el caso excepcional no quedaría entregado al capricho de quien estuviera de guardia.
—Podemos ensayarlo dos días —dijo ella—. Después decidiremos si merece la pena conservarlo.
—Hablas como tu hermano.
Sophia levantó la vista.
—Eso no puede ser cierto. Menandros diría que podemos ensayarlo tres días y aprovecharía para pedir una hora más.
—Entonces me he quedado corto al conoceros.
Se oyó una llamada desde el exterior. Menandros entró con el borde inferior de la túnica cubierto de polvo y se acercó a la mesa para consultar una cantidad.
Sophia vio que llevaba en la mano una relación completa de los hombres disponibles para el día siguiente.
Habría querido revisar la cifra por costumbre, pero él la había obtenido del mismo encargado al que ella pensaba preguntársela.
Señaló la marca que necesitaba, escuchó la respuesta de Titus y volvió a salir antes de que Sophia pudiera ofrecerle ayuda.
—Está aprendiendo a no perder el tiempo —observó Titus.
—Siempre supo hacerlo. Yo tenía la costumbre de ocupar parte de ese tiempo.
La confesión le salió con una facilidad que no esperaba. Titus no hizo de ella una ocasión para felicitarla. Recuperó la tablilla y anotó la condición que acababan de acordar.
A media mañana fueron al acceso próximo al ágora para comprobar con el encargado cómo distinguiría los carros que ya estuvieran esperando.
El hombre propuso colocar una pieza de madera junto a la entrada y marcar en ella la llegada de cada conductor con una pequeña muesca.
Sophia prefirió las tablillas de uso habitual, que podían guardarse junto a las cuentas y consultarse si alguien discutía el orden.
La madera quedaría expuesta al paso de demasiadas manos.
Titus aceptó esa objeción sin insistir en la solución que había sugerido el encargado.
Después hablaron con dos porteadores que conocían el tránsito de la calle.
Uno señaló que, en las horas más concurridas, los carros se detenían ante el pórtico de enfrente y impedían pasar a quienes llevaban recipientes a hombros.
La observación obligó a modificar ligeramente el lugar donde esperarían los conductores.
Sophia había acudido dispuesta a resolver una cuestión de registros y terminó contando las losas entre la puerta y una columna.
Le irritó un poco advertir que todavía existían dificultades que no habían previsto, pero no pudo atribuirlas a la incompetencia de nadie.
Las necesidades de una calle no obedecían con exactitud a las cifras escritas en una mesa.
Cuando acabaron, el sol había vaciado de sombra buena parte de la vía. Titus se detuvo bajo un pórtico y sacó de la bolsa un trozo de pan envuelto en tela.
—He comprado más del que puedo comer —dijo.
—¿Eso forma parte de tu manera nueva de calcular cantidades?
—De mi manera antigua. ¿Quieres?
Sophia aceptó un pedazo. El pan tenía una corteza dura que se rompió sobre sus dedos; recogió las migas en la palma y se las llevó a la boca antes de que cayeran sobre la túnica.
Titus bebió un poco de agua de un pequeño recipiente que llevaba consigo y se lo ofreció.
Compartieron aquel descanso de pie, junto a una tienda donde dos mujeres comparaban el tamaño de unas cestas.
Sophia no recordó cuándo habían empezado a trabajar tan bien juntos como para que una pausa de comida dejara de exigir conversación.
—Ayer dijiste que podríamos caminar sin esperar ningún documento —señaló Titus.
—Lo dije.
—Y esta mañana llevamos cuatro.
—Cinco, si cuentas el que Menandros se ha quedado para corregir.
—Es un progreso modesto.
Sophia sonrió. Había prometido algo sencillo y, antes de darle cumplimiento, había llenado las horas con asuntos reales que merecían atención.
No tenía intención de fingir que el trabajo podía desaparecer cuando a ella le conviniera, pero tampoco necesitaba dejar que se apropiara de cada tramo libre del día.
—Por la tarde debemos pasar por la propiedad de Thaleia —dijo—. Mi prima quiere que le dejemos la lista de condiciones que hablamos ayer. Su marido podrá enseñársela al dueño cuando consiga verlo.
—Entonces seguimos teniendo un documento.
—Lo dejaremos y nos iremos. No hace falta discutir nada más.
—Me atendré a esa promesa.
Titus lo dijo con tanta seriedad que Sophia estuvo a punto de responder con otra precisión de horarios. En lugar de hacerlo, terminó el pan y le devolvió la tela en que había estado envuelto.
El resto de las visitas llevó menos tiempo.
Hablaron con un hombre que guardaba telas y deseaba adelantar media hora su descarga, pero la entrada no quedaba libre a esa hora.
Sophia le mostró en qué momento podría hacerlo sin desplazar a los demás.
El hombre protestó por la espera, aunque terminó por aceptar que era preferible a llegar y no encontrar espacio.
Una mujer que administraba dos habitaciones alquiladas cerca de la calle principal les pidió una respuesta sobre la duración de un encargo.
Sophia explicó que no podían prometerle una fecha antes de conocer el número definitivo de bultos.
Lo dijo sin disculparse por una incertidumbre que pertenecía al negocio, no a una falta de diligencia suya.
Al despedirse de aquella mujer, advirtió que llevaba varias horas sin consultar las pequeñas notas que acostumbraba guardar en el pliegue de su manto.
Las sacó. Eran tres tiras de pergamino usadas por una sola cara, con nombres y cantidades anotados de prisa.
Dos de esos asuntos estaban ya resueltos; el tercero lo había asumido Menandros.
Las dobló y volvió a guardarlas, más por el gesto aprendido que por necesidad.
Titus lo vio.
—Aún llevas las cuentas dobladas junto al cinturón.
—Las que caben ahí. De lo contrario tendría que caminar con una mesa a cuestas.
—Antes las atabas con una cinta verde.
Sophia miró las tiras. La cinta que las sujetaba ahora era de un color pardo, casi gastada.
—La verde se rompió hace años.
—Has cambiado más cosas de las que parece.
—Algunas porque no había remedio.
—¿Y otras?
Ella se quedó pensando mientras sorteaban a un vendedor que retiraba unas vasijas de la calle. La pregunta no tenía importancia suficiente para exigir una respuesta solemne.
—He dejado de anotar los nombres de todos los hombres que vienen a pedir trabajo.
Ahora los recoge el encargado y yo solo veo las solicitudes que no puede resolver.
También he aprendido a no aceptar visitas a la hora de la comida, aunque mi madre sigue creyendo que cualquier conocido puede compartir nuestra mesa si llega con una explicación convincente.
—Eso último no parece haber cambiado mucho.
—No he dicho que siempre consiga impedirlo.
Titus rio. Sophia guardó las tiras otra vez y comprendió que podía haberlas dejado en casa.
Una de ellas contenía una nota que había releído aquella misma mañana sin necesidad, solo porque estaba acostumbrada a comprobar una vez más los asuntos terminados.
Le resultaba difícil desprenderse de un gesto que durante años le había servido para evitar errores.
La costumbre conservaba su lugar incluso después de desaparecer su utilidad.