Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 12. La persona presente #3
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Capítulo 12. La persona presente #3

Thaleia señaló una puerta pequeña que comunicaba con la galería.

Su marido había prohibido utilizarla para transportar piezas, porque los pasos repetidos habían ido desgastando el escalón y no quería hacerse responsable de una caída.

Sophia aprobó la restricción. Después midieron a pasos el tramo desde la entrada principal, y Titus anotó la distancia junto a las otras condiciones.

Ninguno discutió el precio ni prometió nada: sin el acuerdo original, no sabían si el arrendatario tenía derecho a permitir aquel uso.

Al regresar al patio, Thaleia recibió a un muchacho que venía del taller con dos asas sin pulir.

Se apartó con él para examinar una de las uniones y le pidió que esperara; no deseaba que entregaran una pieza cuya superficie pudiera enganchar la tela de una mano.

Sophia conocía lo bastante a su prima para saber que no volvería hasta haber resuelto la cuestión.

Nysa dejó agua y pan sobre una mesa bajo la galería, hizo una breve reverencia de cabeza y regresó a los trabajos de la casa.

Titus y Sophia se quedaron junto a las columnas mientras esperaban las tablillas.

En la calle sonaban conversaciones que llegaban amortiguadas por la puerta; un artesano recogía herramientas al otro lado del muro y el chirrido de una rueda se prolongó hasta que alguien la levantó del suelo.

El patio era diferente del que Sophia recordaba de la juventud, cuando acudía con frecuencia a la casa de Titus.

Allí habían crecido vides sobre una pared y una fuente ocupaba la esquina.

Este tenía el pavimento irregular, un recipiente de agua junto al acceso y una pared sin adorno que recibía la luz del atardecer.

—Mi prima no ha cambiado su manera de trabajar —comentó Sophia.

—Ha apartado esas dos piezas antes de cobrar por ellas. Parece que el comprador tendrá motivos para agradecérselo.

—Puede que proteste porque tendrá que esperar hasta mañana.

—También puede protestar si un cierre le rompe el tejido de un arcón. Al menos podrá escoger de qué se queja.

Sophia volvió la cabeza hacia él con una sonrisa.

Titus estaba cerca, lo bastante para que ella distinguiera el desgaste de la costura en el borde de su túnica.

Durante los últimos días habían pasado juntos horas de trabajo y conversación; sin embargo, en aquel patio el silencio adquirió otra calidad.

No necesitaban ocuparlo con nombres de comerciantes.

Sophia se descubrió pendiente del espacio entre ambos y de la posibilidad de cerrarlo.

Él le ofreció la copa de agua que Nysa había dejado junto al pan.

Sophia la aceptó y bebió un sorbo. Cuando se la devolvió, los dedos de ambos coincidieron alrededor del borde.

Fue un contacto breve, apenas necesario para impedir que la copa resbalara.

Titus la sostuvo un instante más de lo que exigía el peso del barro y después retiró la mano.

—Sophia —dijo.

Ella lo miró. Titus había bajado la voz, aunque nadie se encontraba tan cerca como para necesitar aquella precaución.

Levantó la mano hacia ella y se detuvo antes de rozarle la mejilla.

La pausa quedó entre ambos de un modo tan visible que Sophia recordó otras tardes, muchos años atrás, en que él habría acabado aquel movimiento sin pensar que necesitaba preguntarle nada.

Ella habría sabido qué esperaba y habría respondido sin vacilar.

Ahora había demasiados días no compartidos para tratar aquella antigua facilidad como un derecho.

Sophia no retrocedió. Podría haber acortado la distancia con un solo paso, pero oyó de nuevo el ruido del taller y recordó que Thaleia regresaría en cualquier momento.

También sintió un temor más profundo, menos relacionado con la posibilidad de que los encontraran: si lo tocaba entonces, ¿estarían escogiendo una cercanía de esa tarde o buscando refugio en lo que conocían de memoria?

No quería confundir las dos cosas. Tampoco le gustó reconocerse otra vez a la espera de que Titus resolviera por ella la pregunta.

Titus bajó la mano. No fingió que hubiera estado señalando algo detrás de su hombro ni intentó explicarse.

Sophia agradeció aquella discreción, aunque la dejó sin un gesto al que responder.

Se quedó a su lado, consciente de que habría deseado que la tocara.

El deseo le llegó sin sorpresa y sin la protección de ninguna razón práctica: no dependía de que él hubiera negociado bien un turno, ni de que hubiera escuchado hablar de Menandros.

Había disfrutado paseando por una ciudad que ya no compartían del mismo modo, escuchando historias que desconocía y haciéndole preguntas cuya respuesta no estaba segura de querer anticipar.

Quería estar cerca del hombre que acababa de retirar la mano porque era Titus ahora, no porque hubiera sido suyo a los veintisiete años.

Thaleia apareció poco después con la noticia de que su marido todavía no había regresado.

Traía dos cierres corregidos y se disculpó por la espera, aunque a Sophia le pareció que no había transcurrido tanto tiempo como temía.

Su prima les preguntó si la habitación serviría.

Titus enumeró las condiciones que habían anotado; Sophia añadió la necesidad de averiguar quién debía responder por la limpieza y por el cuidado de la puerta.

Thaleia aceptó plantearlo cuando tuviera delante el arrendamiento y fue a guardar las piezas en la estancia contigua.

Esperaron un poco más. Cuando el marido de Thaleia llegó por fin con las anotaciones, el asunto recobró sus proporciones acostumbradas: revisar una cláusula, comprobar que el uso temporal no obligara a alterar el trato con el propietario, fijar cuántos bultos podrían permanecer allí y durante cuánto tiempo.

El documento no autorizaba una cesión sin que el dueño diera su consentimiento, de modo que acordaron solicitarlo antes de mover mercancía alguna.

Sophia se sintió satisfecha de no haber adelantado compromisos.

Dejó la consulta en manos de Thaleia y su marido, que conocían al propietario, y anotó las condiciones que tendría que comunicar a Menandros si la respuesta era favorable.

Cuando salieron, la luz había descendido sobre las fachadas de la calle.

Titus la acompañó hasta la esquina desde la que Sophia podía tomar el camino a casa.

Un hombre llevaba un burro cargado de haces secos y tuvo que detenerlo para que dejaran paso a dos mujeres que regresaban con cestas vacías.

Esperaron bajo el alero de una tienda cerrada.

—Me ha gustado verte sin cuatro comerciantes hablando a la vez —dijo Titus.

—Hoy solo han sido tres.

—Uno de ellos ha hablado por dos.

Sophia sonrió. Quiso decirle que también a ella le había gustado la tarde, en particular aquellos momentos del paseo que no habían servido para resolver nada. Encontró una manera más sencilla de hacerlo.

—Podríamos repetirlo alguna vez sin que nos espere ningún documento.

Titus la miró antes de responder.

—Me gustaría.

No añadió una condición de trabajo ni preguntó cuándo.

Sophia tampoco quiso convertir la posibilidad en una cita fijada a escondidas entre las obligaciones del día siguiente.

Se despidieron después de acordar quién comunicaría a Menandros la respuesta del propietario, y ella emprendió sola el camino hacia la casa de Herakleon.

A medida que avanzaba, recordó la mano detenida de Titus y su propia inmovilidad.

La prudencia de él le había permitido reconocer que no estaba dando por supuesta una intimidad que ya no podían reclamar de la misma manera.

Pero Sophia conocía demasiado bien el otro lado de aquella cautela.

Siete años atrás ambos habían esperado a que el otro pidiera algo distinto de lo que parecía haber decidido.

Ella había interpretado su marcha como una elección definitiva; él había escuchado sus razones para quedarse y no le había exigido que las cambiara.

Ninguno había sabido preguntar qué vida habrían podido intentar construir entre ambas decisiones.

Ahora la situación no era la misma. No tenía que prometer un viaje, ni pedirle que permaneciera, ni decidir de una vez qué lugar ocuparía él en su casa.

Bastaba con que reconociera una cosa que ya sabía.

Había querido besarlo en aquel patio y, si volvía a surgir la ocasión, no deseaba refugiarse en el silencio mientras esperaba que Titus adivinara lo que ella quería.

Al llegar al portal de su casa, fue esa determinación, más que el recuerdo de la mano junto a su rostro, la que llevó consigo al interior.