Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 12. La persona presente #2
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Capítulo 12. La persona presente #2

Sophia sonrió ante el recuerdo. Conocía aquella taberna y la inclinación de la mesa.

Quiso preguntarle si en ese viaje había pensado en buscarla.

La pregunta acudió con naturalidad y se quedó allí, sin necesidad de disfrazarse de comentario sobre los muebles.

No era el momento de hacerla entre dos grupos de compradores, pero le agradó comprobar que podía reconocerla y dejarla para otro día.

Al llegar al borde del ágora, se apartaron de la corriente de gente para permitir que pasaran unos porteadores.

Un hombre discutía con otro sobre la posición de una marca en un fardo y los ayudantes aguardaban bajo el peso de la carga.

Sophia observó el gesto de impaciencia de uno de los más jóvenes.

Le recordó a Menandros cuando, de muchacho, había tenido que permanecer de pie al lado de su padre mientras dos hombres mayores resolvían asuntos que él ya entendía.

Titus siguió la dirección de su mirada.

—¿Te ha recordado algo?

—A mi hermano. Antes le costaba contenerse cuando alguien prolongaba una discusión sin necesidad.

—¿Antes?

—Ahora todavía le cuesta, pero sabe escoger mejor cuándo hablar.

Se detuvieron bajo la sombra del pórtico, junto a un muro donde varios hombres se habían sentado a comer.

Titus no hizo ningún comentario sobre la impaciencia de Menandros.

Esperó mientras Sophia ajustaba el manto que llevaba sobre el hombro.

A ella le resultó extraño cuánto le facilitaba hablar aquella ausencia de juicio anticipado.

—Esta mañana decidió que podemos comenzar mañana con los nuevos turnos —añadió—. Había comprobado las entradas y hablado con Hegesias antes de venir a contármelo. Creo que hizo bien.

—¿Lo crees, o ya te lo han confirmado los encargados?

Sophia se volvió hacia él.

—Lo creo. Si la prueba falla, tendremos que cambiarla.

—Entonces es una decisión suya que podrá corregirse. ¿Qué es lo que te preocupa?

La pregunta la tomó desprevenida. Habría podido hablar del coste de los jornales o de los carros que debían desplazarse, pero aquellas dificultades existían con cualquier reparto.

Lo que le preocupaba no figuraba en la tablilla.

Llevaba varios días viendo a su hermano asumir más tareas y preguntándose cómo distinguiría, sin su ayuda, cuándo debía negarse a un compromiso.

Había confiado en él para discutir cifras con Leontios, para escuchar a Hegesias, para hablar con su padre.

Y, pese a todo, una parte de su atención permanecía pendiente de la posibilidad de que dijera que sí a algo por demostrar que estaba preparado.

—A veces temo que acepte más trabajo del que realmente desea —respondió al fin—.

Durante años le pedimos que fuera paciente, que aprendiera, que se dejara aconsejar.

Ahora tiene delante asuntos que antes resolvía yo y los demás esperan que responda de inmediato.

Podría estar diciendo que sí porque cree que aún debe demostrarlo.

Titus apoyó la tablilla contra la pared, de modo que no tuviera que sostenerla mientras hablaban. Sophia vio que estaba prestándole atención, sin mirar hacia los hombres que discutían junto a los fardos.

—¿Te ha dicho algo que te haga pensar eso?

—No. Ese es el problema. Tampoco me ha dicho que esté satisfecho.

—¿Se lo has preguntado?

Sophia pasó los dedos por el borde del manto. Había preguntado a Menandros si necesitaba ayuda, si tenía tiempo, si recordaba un acuerdo anterior. No le había preguntado si quería ocuparse de aquel trabajo una vez que hubiera demostrado ser capaz de hacerlo.

—No de esa manera —admitió.

—Quizá puedas hacerlo. Yo no sé lo que prefiere.

Era una respuesta que no pretendía resolver el asunto.

Sophia agradeció que Titus no interpretara el silencio de Menandros ni intentara tranquilizarla acerca de la capacidad de su hermano.

Miró de nuevo al muchacho que esperaba con el fardo.

Uno de los comerciantes acababa de señalar la marca correcta y por fin lo dejaban continuar.

El joven cambió el peso de hombro y siguió su camino con la destreza de quien llevaba tiempo haciendo aquel trabajo.

—Cuando Menandros tenía veintitrés años —dijo Sophia—, un vendedor de telas lo convenció para que reservara una habitación que necesitábamos para otra entrega.

Mi padre estaba fuera y yo tuve que pasar la tarde deshaciendo el acuerdo.

Mi hermano se quedó tan avergonzado que durante semanas no quiso cerrar nada sin consultarme.

Creo que nunca he dejado de verlo un poco como el hombre de aquella tarde.

—¿Y cómo lo has visto estas últimas semanas?

Sophia pensó en Menandros corrigiendo una cifra delante de Leontios, negándose a prometer un espacio que no existía y decidiendo una prueba con condiciones para dar marcha atrás.

Su hermano no había ocultado dificultades; había llevado cada una a la persona que podía resolverla.

Hasta cuando se burló de su ofrecimiento de ayuda, lo hizo sin irritación, porque sabía que era capaz de responder por lo que había aceptado.

—Como alguien que ha aprendido a hacerlo sin mí —dijo.

—Eso parece una buena noticia.

—Lo es. Solo tendría que empezar a tratarlo como tal.

Retomaron la marcha. La conversación no había cambiado el número de carros disponibles ni reducido las obligaciones de su hermano; Sophia conservaba la misma responsabilidad de velar por la casa.

Pero podía hablar con Menandros de lo que deseaba hacer, en vez de adivinarlo a partir de sus errores de juventud.

Le sorprendió descubrir que había compartido aquella preocupación con Titus sin pedirle opinión sobre qué instrucción debía dar a continuación.

Había querido contarle algo que pertenecía a su familia y que le importaba, aunque él no tuviera ninguna solución que ofrecer.

Pasaron junto a un vendedor de pequeños rollos de escritura y Titus se detuvo a examinar un ejemplar deteriorado.

Sophia se inclinó también sobre el banco.

No lograba reconocer al autor por el fragmento visible, pero la caligrafía era firme y el comienzo de una línea sugería un poema que su maestro le había obligado a copiar cuando era adolescente.

—Recuerdo que regateabas hasta por una hoja rota —dijo.

—Ahora regateo por obras completas. He mejorado de posición.

El vendedor levantó la cabeza con una mezcla de curiosidad y cansancio.

—Este rollo está completo —les informó—. Le falta una parte de la cubierta, nada más.

Sophia lo abrió con permiso y comprobó que el principio, efectivamente, estaba allí.

Titus preguntó el precio; ella reconoció un pasaje y terminó corrigiendo con el vendedor la atribución del poema.

Cuando se alejaron no habían comprado nada, pero Titus había conseguido que el vendedor les recomendara otro puesto donde se vendían tablillas usadas para practicar la escritura.

La visita tuvo tan poca utilidad para sus negocios que Sophia se sintió extrañamente satisfecha de haber perdido unos momentos en ella.

—Cuando vuelva a preguntarte qué abandonarías de tus obligaciones —dijo Titus al salir del pórtico—, puedes responder que por lo menos una tarde de comprobaciones innecesarias.

—No es tan sencillo. Algunas de mis comprobaciones son muy necesarias.

—He dicho una tarde, no todas.

—Entonces quizá empiece por media.

Se rieron, y Sophia se encontró imaginando otro paseo sin reuniones al principio ni documentos al final. No sabía cuándo podrían hacerlo. Lo importante fue advertir que la idea no le parecía una imprudencia.

Llegaron a la casa vinculada a Thaleia cuando los golpes del taller cercano comenzaban a espaciarse.

La propiedad tenía una entrada discreta desde una calle secundaria y un patio de piedra rodeado por tres habitaciones, una de ellas utilizada para guardar piezas de bronce que esperaban el acabado.

El marido de Thaleia había negociado el uso temporal de la casa para su trabajo, y una de las habitaciones se encontraba libre desde que habían trasladado a otro lugar las piezas de mayor tamaño.

Si las condiciones del arrendamiento lo permitían, la estancia podría servir durante unos días para una cantidad pequeña de mercancías que no exigieran vigilancia especial.

Nadie hablaba de convertir aquella solución en un depósito permanente.

Thaleia los recibió en una galería lateral, donde estaba revisando un lote de cierres para arcas. Parecía haberse recuperado sin dificultad del viaje. Sobre una mesa habían dispuesto las piezas en grupos y había dejado separadas dos que no encajaban con las medidas anotadas en una tablilla.

—Llegáis en buen momento —dijo—. Mi marido ha salido a buscar la copia del acuerdo. Debería volver pronto, si el escriba no decide contarle toda su vida antes de entregársela. ¿Habéis comido?

—Lo suficiente —respondió Sophia.

—Eso significa que no.

Su prima llamó a Nysa para que trajera agua y algo de pan, pero no insistió cuando Sophia le explicó que deseaban ver primero la habitación.

Las condujo por el patio, apartando una cesta que había quedado junto al umbral.

Titus comprobó la anchura de la entrada sin sacar su tablilla.

Dentro olía a madera seca y metal trabajado; las paredes conservaban marcas donde antes se habían apoyado soportes.

Había una pequeña abertura en alto que dejaba entrar aire y luz.

Sophia observó el suelo y las esquinas. No veía humedad, aunque quería preguntar qué ocurría cuando llovía con fuerza y el agua bajaba por la calle.

—Aquí guardábamos las hojas de las puertas grandes —explicó Thaleia—. Ahora las terminan en el otro taller. Si necesitáis entrar con carros, este sitio no sirve. Si traéis unos pocos bultos desde la calle y salen al día siguiente, quizá sí.

—Eso es lo que tenemos que comprobar —contestó Sophia.