Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 12. La persona presente
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Capítulo 12. La persona presente

La primera noticia agradable de aquella mañana fue que nadie había ido a buscar a Sophia antes de que terminara de desayunar.

La segunda llegó poco después, cuando Menandros entró en el despacho con una tablilla y le comunicó que Hegesias aceptaba el nuevo reparto de horas.

Solo había pedido que se anotara quién respondería si su carro quedaba detenido por una descarga ajena, y el encargado del depósito había admitido la condición sin discutirla.

—Entonces podemos empezar mañana —dijo Sophia.

—Ya he avisado a los hombres. Si la primera prueba va mal, regresaremos al turno anterior y nos sentaremos otra vez con Leontios.

Menandros dejó la tablilla en la mesa, tomó uno de los higos que su madre había enviado y se lo comió de pie.

Sophia vio que llevaba el manto salpicado de polvo hasta la rodilla; había pasado por las entradas antes de regresar a casa.

Durante un instante quiso preguntarle si había comprobado también la anchura del acceso trasero.

Estuvo a punto de hacerlo, pero recordó que él mismo había recorrido aquel tramo con el encargado la víspera.

—¿Te quedarás para hablar con padre? —preguntó en cambio.

—Ya he hablado con él. Me ha pedido que cierre la cuenta de los jornales antes de la cena.

—Podría ayudarte con las cantidades.

Menandros tomó otro higo y sonrió como si le hubieran hecho una oferta especialmente divertida.

—Eso haría que el día fuera demasiado tranquilo para ti. Tengo las cifras y el escriba sabe pasarlas a limpio.

Se marchó sin esperar a que ella añadiera nada.

Sophia lo oyó cruzar el patio y dar una instrucción al hombre que debía llevar la tablilla al depósito.

Su hermano se había habituado a ordenar el trabajo con un tono más seco del que utilizaba en casa; los hombres le respondían sin vacilar.

Cuando dejó de escucharlo, Sophia miró los otros asuntos que tenía delante.

Uno era una petición de alojamiento que podía resolver Damaris.

Otro, una relación de recipientes devueltos, estaba ya en manos del encargado correspondiente.

El tercero debía consultarlo con Titus: en una casa próxima al ágora había un espacio que quizá pudiera utilizarse unos días para mercancías que no podían permanecer en la calle, pero antes necesitaban conocer las condiciones del arrendamiento y consultar al propietario.

La propuesta había llegado a través del marido de Thaleia.

No era un almacén nuevo, y Sophia desconfiaba de llamar así a cualquier habitación donde pudieran introducirse tres bultos y cerrarse una puerta.

Era, sin embargo, una solución menor que merecía examinarse.

Thaleia, recién regresada de visitar a su hermana, les había dicho que podía facilitar el encuentro y que tendría a mano las anotaciones del arrendamiento.

Sophia había acordado acudir a última hora, cuando los artesanos terminaran de recoger sus herramientas.

Por delante quedaban dos reuniones breves.

Después, en lugar de regresar a casa para volver a salir, podría recorrer con Titus la ciudad hasta el barrio donde estaba la propiedad.

Se sorprendió al descubrir que esperaba ese tramo de la jornada con más interés que las reuniones, aun cuando el trabajo por resolver en ellas no le resultaba desagradable.

Encontró a Titus a media mañana en un pórtico cercano a los locales de unos comerciantes de tejidos.

Conversaba con un hombre que pretendía ampliar durante tres días un plazo de almacenamiento.

Sophia llegó cuando discutían el precio del tiempo adicional, y escuchó lo suficiente para comprender que el desacuerdo no era grave.

Habían empezado por cantidades demasiado alejadas, según la costumbre de ambos interlocutores, pero ya estaban tratando de determinar cuántas piezas ocuparían realmente el espacio.

Cuando el hombre se fue, Titus se volvió hacia ella con la tablilla en la mano.

—Si todo el mundo hubiera comenzado por decir cuánto necesitaba, habríamos terminado hace una hora.

—Y tú no habrías podido cobrar el tiempo empleado en averiguarlo —respondió Sophia.

—No me pagarán por esa conversación. Es un favor que debo a su cuñado.

—Entonces has salido perdiendo por partida doble.

Titus se echó a reír. La conversación de la víspera, cuando habían discutido cuánto desconocían ya de los hábitos del otro, pareció continuar en aquella facilidad para bromear.

Sophia sabía que ambos tenían asuntos serios pendientes y que había límites que aún no habían intentado cruzar.

También sabía que podía pasar una mañana a su lado sin convertir cada pausa en una prueba de lo que sucedería después.

La segunda reunión terminó antes del mediodía.

Un encargado aceptó mantener libre un paso lateral durante las horas fijadas; a cambio pidió que los carros destinados a los depósitos de Herakleon dejaran de detenerse frente a su entrada para ajustar las cuerdas.

Sophia prometió transmitir la instrucción a Menandros.

Salieron de allí con un acuerdo sencillo y una hora que ninguno necesitó discutir.

—¿Tenemos que volver directamente? —preguntó Titus cuando alcanzaron la calle principal.

—Thaleia no nos espera hasta más tarde. Quería enseñarte el espacio mientras aún hubiera luz, pero no necesitamos presentarnos antes de que terminen el trabajo.

—Podemos pasar por el ágora. Hace años que no recorro esa parte sin dirigirme a una reunión.

Sophia siguió su mirada hacia la vía más ancha, donde los peatones se mezclaban con porteadores y compradores que llegaban de las calles laterales.

Había elegido tantas veces aquel recorrido por necesidad que le costaba recordar cuándo había caminado por él sin llevar una lista de nombres.

Le parecía justo que, por una tarde, Titus tuviera ocasión de detenerse donde quisiera.

—Entonces no pienso calcular cuánto tardaremos —dijo.

—Te tomaré la palabra.

El sol alcanzaba los escalones de los edificios altos y dejaba la parte inferior de algunas fachadas todavía en sombra.

Bajo los pórticos, hombres que regresaban del ágora se apartaban de los que acudían a ella; el movimiento cambiaba de dirección a cada instante sin detenerse por completo.

Una mujer discutía el precio de unos recipientes de barro con el vendedor.

Dos muchachos cargaban una cesta larga entre ambos, y cada vez que uno aceleraba el paso el otro debía corregir la inclinación para impedir que su contenido golpeara el suelo.

Titus se detuvo frente a una tienda estrecha que Sophia conocía desde niña.

En el umbral habían colocado pequeñas pesas de bronce y piezas para balanzas sobre una tela doblada.

El dueño, que ya era viejo cuando Sophia lo recordaba trabajando allí, había muerto hacía tres años.

Su hija administraba ahora el local con uno de sus hijos y había trasladado el banco de reparaciones a la zona mejor iluminada.

—Creía que aquí vendían lámparas —dijo Titus.

—Las vendían. El padre sabía arreglar una balanza y desconfiaba de cualquiera que le llevara una lámpara rota. La hija comprendió que había más gente dispuesta a pagar por la reparación de una pesa que por comprar otra lámpara igual a la anterior.

—El padre decía que todos los comerciantes falseaban los pesos.

—Decía eso delante de los comerciantes. A los clientes particulares les aseguraba que los artesanos no tenían remedio.

Titus contempló a la mujer que estaba comprobando la suspensión de un platillo.

No entraron a interrumpirla. Sophia vio que el letrero antiguo seguía colgado en un extremo del pórtico, aunque el color de las letras apenas se distinguía ya bajo el polvo.

Había pasado por delante un centenar de veces sin reparar en que la tienda conservaba el nombre de un hombre muerto y funcionaba de un modo que él no habría elegido.

Continuaron entre las columnas. Titus le preguntó por un acceso cubierto que recordaba junto a una esquina, y Sophia le explicó que llevaban años utilizándolo de otra manera; ahora permitía salir a una calle menos congestionada, mientras los carros seguían un recorrido distinto.

Él quiso saber quién había logrado convencer a los dueños de los locales vecinos, y ella le contó una discusión tan larga que algunos habían empezado a preferir el inconveniente de siempre a escuchar otra reunión.

Mientras hablaba recordó los nombres de dos propietarios fallecidos desde entonces y corrigió un detalle antes de que Titus se lo señalara.

—Parece que todavía te acuerdas de todos —dijo él.

—Me acuerdo de quienes dieron trabajo a mi padre. Los que llegaron después me hacen buscar en las tablillas, como a cualquier otro.

—Yo creía conocer esta esquina mejor que ninguna otra de Éfeso.

—La conocías. Solo que no se quedó esperándote.

Lo dijo sin propósito de herirlo. Titus miró el acceso que habían dejado atrás y asintió.

Sophia recordó que, durante los primeros meses después de su marcha, había evitado dos calles porque en ellas habían conversado de asuntos que no terminaron de decidir.

Una tarde volvió a recorrerlas porque necesitaba visitar una casa cercana.

Los tenderos siguieron haciendo sus ventas, un perro ladró desde un patio y un vecino la entretuvo para preguntarle por una deuda.

La ciudad había continuado con su vida sin darle ninguna señal de que debiera protegerla de sus recuerdos.

Aquello le había parecido cruel durante un tiempo; ahora le resultaba difícil imaginar otra manera de vivir en ella.

—Cuando regresé de Esmirna hace cinco años —dijo Titus—, apenas pasé dos días aquí. Me molestó descubrir que habían cambiado las mesas de una taberna donde solía comer. Ni siquiera me gustaba su comida.

—¿Y por qué te molestó?

—Había contado con encontrarla igual. Después tuve que reconocer que la dueña llevaba años soportando aquellas mesas. Una de ellas se vencía hacia el suelo y siempre había que sujetar la copa.