Capítulo 11. Aprender a preguntar #3
—Lo preparó con la información que teníamos entonces —respondió Sophia.
—Aun así, no todo el mundo borra un cálculo delante de quien lleva dos días discutiéndolo.
Su hermano señaló la línea tachada, y Sophia recordó las palabras de Titus sobre el encargado de Rodas.
Durante la negociación había querido observarlo por razones profesionales: necesitaba saber qué acuerdo quedaría en pie.
En algún momento su atención se había desplazado hacia la forma en que él escuchaba a Menandros y dejaba que los hechos alteraran su propuesta.
Esa conducta pertenecía al hombre que tenía delante, independientemente del joven que había amado.
—Ve a hablar con Hegesias —dijo—. Tendrás que escuchar qué necesita, aunque resulte distinto de lo que ha escrito.
—Eso haré. Y cuando termine iré a casa a comunicarlo a padre.
—Puedo hacerlo yo si no te da tiempo.
Menandros la miró de una manera que la hizo advertir su ofrecimiento antes de que él necesitara explicárselo.
—Te lo agradezco —respondió con una solemnidad burlona—, pero creo que podré encontrar el camino de vuelta.
Sophia aceptó la corrección con una sonrisa.
Su hermano recogió las tablillas que le correspondían y salió hacia el ágora.
Quedaban los encargados, las voces de los hombres apilando mercancías, el ruido de una cuerda que tensaban junto a una columna.
Titus observó durante un instante la línea tachada, después colocó una tablilla encima de la otra para protegerlas del polvo.
—Has cedido un turno que te había costado encajar —dijo Sophia.
—Ese turno ocupaba un espacio que no teníamos derecho a prometer. Habría resultado incómodo descubrirlo cuando estuvieran los carros dentro.
—Podrías haber insistido en que Hegesias esperara y le ofrecieran otro lugar.
—Y quizá lo habría aceptado. Pero alguien ya se había comprometido con su casa. Si utilizo esa promesa como si no existiera, la próxima vez que necesitemos que confíe en nosotros tendré menos razones para pedírselo.
Sophia apoyó la mano en el borde de la mesa.
La explicación era la de un administrador que medía los efectos de un acuerdo más allá de una sola descarga.
A ella le recordó algo que había querido enseñarle cuando eran jóvenes, pero era consciente de que Titus había llegado a su manera de negociar por experiencias que ella apenas empezaba a conocer.
—Antes te habría dicho que la gente no se olvida de una promesa incumplida —comentó.
—Me lo dijiste muchas veces.
—Casi siempre te enfadaba.
—Lo que me enfadaba era que lo repitieras delante de tu padre cuando yo acababa de asegurarle que había encontrado una solución.
Sophia abrió la boca, dispuesta a defender su antigua conducta. Se detuvo al recordar que, en efecto, había elegido más de una vez el peor momento para corregirlo. Se lo dijo. Titus se rio por lo bajo y retiró la mano de las tablillas para permitirle guardarlas.
—Hubieras podido decírmelo a solas —añadió él.
—Habrías tenido igualmente que escucharme.
—Probablemente. Pero habría disfrutado menos que tu padre.
La ocurrencia les permitió continuar sin medir quién había cambiado más.
Sophia recogió las relaciones que debía conservar Herakleon y regresaron juntos a casa por una calle menos transitada que la de la mañana.
Titus le contó una disputa en Esmirna con dos representantes que discutían quién pagaría el alquiler de un muelle provisional; la historia acabó con ambos reclamando el derecho a usarlo primero y ninguno dispuesto a reconocer que sus mercancías llegarían con días de diferencia.
Sophia quiso saber quién había terminado pagando el espacio vacío.
Titus le dio el nombre de la casa que cometió el error y explicó por qué, y ella hizo otra pregunta que los llevó a discutir las obligaciones del dueño de un depósito cuando una partida se retrasa por razones ajenas a él.
Hablaban de trabajo, pero Sophia ya no sentía que aquel tema sirviera únicamente para mantener a distancia lo demás.
Cada detalle que Titus le contaba añadía una ciudad, un compañero difícil o una elección equivocada a los años que habían transcurrido sin que ella estuviera presente.
Había pasado días preguntándose en qué se diferenciaba del hombre al que recordaba.
Aquella tarde, mientras él describía con cierto humor la discusión de Esmirna, comprendió que deseaba seguir haciendo preguntas incluso después de que concluyera el encargo que los reunía.
Encontraron a Herakleon en una habitación abierta al patio, repasando con un escriba las condiciones de un alquiler que vencía a fin de mes.
Sophia depositó las tablillas de los turnos en la mesa contigua y explicó que Menandros llegaría con la confirmación de Hegesias.
Su padre pidió a Titus una precisión acerca de la galería y luego retomó sus cuentas, satisfecho de dejarles a ellos los detalles de la jornada.
Damaris hizo llevar agua y algo de comer, porque sabía que Sophia acostumbraba a saltarse la comida cuando las reuniones se prolongaban.
Les sirvieron pan, aceitunas, queso y un plato pequeño de verduras cocidas.
Sophia tomó asiento junto a la pared donde corría algo de aire y ofreció a Titus el banco de enfrente.
Él se sirvió agua, escuchó un momento la conversación de los criados en el patio y escogió un trozo de pan antes de volver a hablar.
—Hay algo que no te he preguntado —dijo.
Sophia levantó la mirada. Después de la charla del día anterior, aquellas palabras podían preceder a cualquier cuestión; sin embargo, la atención de Titus se había detenido en la fuente.
—Cuando venía a comer aquí —continuó—, apartabas siempre las aceitunas preparadas con hinojo. Decías que estropeaban hasta el pan que había estado cerca. ¿Todavía las detestas?
Sophia contempló la fuente. Había dos clases de aceitunas, y la más cercana conservaba entre los frutos unas ramitas delgadas de hinojo. Ella misma había pedido a Damaris que compraran de aquel vendedor cuando descubrió que las preparaba con menos sal que otros. Sirvió unas cuantas en su plato.
—No —respondió—. Ahora son las que prefiero. El hombre que las vendía antes utilizaba tanto vinagre que parecía empeñado en conservarlas hasta el invierno siguiente. Cambió quien las prepara, cambiaron las aceitunas y cambié yo de gusto.
Titus miró el plato, después la miró a ella.
—Y yo habría asegurado que ninguna hija de Herakleon consentiría tener hinojo en la mesa.
—Entonces habrías perdido una apuesta muy fácil de evitar.
Se echaron a reír. Sophia había pasado la mañana corrigiendo pequeñas suposiciones que parecían inofensivas: una calle que antes evitaba, una marca que ya no utilizaba, un espacio del que nadie podía disponer solo porque figurase libre en un esquema.
Frente al hombre que había compartido con ella una parte importante de su juventud, descubría ahora cuántas cosas corrientes habían dejado de saber el uno del otro.
Tenían por delante una fuente de aceitunas, algunas horas antes de la cena y una conversación que podía continuar sin que ninguno necesitara adelantarse a su respuesta.