Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 11. Aprender a preguntar #2
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Capítulo 11. Aprender a preguntar #2

—En Quíos aprendí otra cosa —añadió Titus mientras echaban a andar de nuevo—.

Dejé de hacer las relaciones de carga como si todos los hombres pudieran leerlas de la misma manera.

Un contratista utilizaba señales distintas de las nuestras y nadie se molestó en preguntarle qué significaban.

Hubo una partida que pasó dos noches en la sala equivocada.

Desde entonces pido que me enseñen las marcas antes de explicar las mías.

—Menandros debería oírte. Lleva meses defendiendo que cada encargado anote lo que realmente utiliza, en vez de fingir que todos comprenden nuestras señales.

—Tu hermano ve cosas que otros pasan por alto.

—Cada vez más. Yo tardé bastante en darme cuenta.

—Me has hablado mucho de lo que él hace ahora. Casi nada de lo que haces tú cuando no necesitas estar en todas partes.

Sophia dejó pasar a un hombre que avanzaba con un cesto ancho sobre la cabeza. La pregunta podía responderse con las horas que había dedicado a la correspondencia o con la visita a Thaleia, pero sospechaba que Titus no estaba pidiéndole una relación de tareas.

—Ayer fui a ver a la mujer que nos prepara unas telas para los huéspedes —dijo—.

Podría haber enviado a otra persona. Me gustaba elegirlas cuando era joven y he descubierto que todavía me gusta discutir el tejido y los colores, aunque ahora los encargos sean menos frecuentes.

No tenía que resolver ningún problema urgente.

—¿Y qué escogiste?

—Una pieza azul que mi madre asegura que no resistirá el uso. Puede que tenga razón. Voy a emplearla en una habitación donde no recibimos a comerciantes de paso.

Titus le pidió que describiera el tono. Sophia tuvo que buscar palabras para diferenciarlo del azul oscuro que solían utilizar en los cojines.

Terminó comparándolo con el borde de una sombra al caer la tarde sobre una pared clara, y él hizo una observación sobre el gusto de Damaris que a ella le pareció suficientemente imprudente como para prometer repetirla en la cena si alguna vez se presentaba la ocasión.

Llegaron a los depósitos cuando Menandros ya había dispuesto sobre una mesa las relaciones de las tres jornadas de prueba.

Había colocado piedras pequeñas encima de las tablillas para impedir que las moviera el aire que entraba por el patio.

Leontios recorría las anotaciones de pie.

A su lado, un joven de su casa sostenía dos cuerdas enrolladas y miraba con inquietud el espacio que quedaba entre las cargas.

—Por fin —dijo Leontios, sin enfado—. Tu hermano pretende que salga mañana una parte de los fardos y yo he explicado que el comprador viene por toda la partida.

Menandros hizo una señal hacia la relación.

—He dicho que podemos sacar mañana los fardos que ya están preparados y reservar una segunda descarga para el resto. El comprador no necesita esperar aquí si la casa de Leontios los reúne después.

—Y yo he dicho que reunirlos en otra sala cuesta dinero.

Sophia se acercó a la mesa. Entre las anotaciones había una reclamación que no reconoció: una casa de menor tamaño, la de Hegesias, solicitaba conservar una entrada cubierta durante unas horas para descargar tejidos que no podían dejar a la intemperie.

El responsable había comprometido días atrás aquella franja de paso a través de un trato privado con quienes ocupaban la galería.

La llegada de cargas mayores ponía en duda que se respetara el acuerdo.

—¿Quién trajo esto? —preguntó, señalando la nota.

—El hombre de Hegesias —respondió Menandros—. Ha ido a comprobar cuándo podrá disponer de sus porteadores y volverá antes de que cierre el mercado. Su casa solo tiene un carro en esta operación. Si pierde el turno, tendrá que pagar para mantener a los hombres disponibles.

Leontios tomó la tablilla sin esperar a que se la ofrecieran.

—No discuto que hicieran una promesa —dijo—. Pero la galería no puede estar vacía toda la mañana esperando una sola carga. Yo puedo ocuparla y retirarme cuando llegue ese carro. Es mejor que dejar espacio sin utilizar.

—Siempre que lleguen a la hora exacta que has calculado —observó Sophia.

—La mayoría llega cuando ha dicho que llegará.

—La mayoría de las veces no tenemos obras junto al acceso. Ayer un carro tardó una hora más porque otros dos habían quedado atravesados en la subida.

Leontios la miró con resignación.

—Si vamos a reservar sitio para todas las cosas que podrían ocurrir, terminaremos almacenando aire.

Titus examinó las relaciones. Sobre una de las tablillas había trazado días atrás una distribución que aprovechaba casi todas las entradas; Sophia reconoció sus marcas entre las de su hermano. Leontios señaló aquel esquema como una prueba a su favor.

—Es lo que propusiste —dijo—. Dos turnos seguidos para las cargas que ya están preparadas y después una franja para lo que no tenga día fijo. La casa de Hegesias no ha confirmado siquiera que su carro esté listo.

—Lo propuse antes de conocer el compromiso de la galería —respondió Titus.

—No puedes rehacer el acuerdo cada vez que aparezca alguien con una queja.

—Tampoco podemos mantener una distribución que contaba como libre un espacio prometido. Mi cálculo daba por hecho algo que no era cierto.

Sophia vio que tachaba con el extremo romo del cálamo una de las líneas de su propio esquema. No hizo ademán de ocultar la corrección. Después pidió a Menandros la relación de las cargas que debían salir al día siguiente.

—Si a Hegesias le basta con entrar un solo carro —dijo—, podemos reservarle la franja que tenía comprometida y concentrar la salida de Leontios antes. A cambio, su segunda carga ocuparía el turno siguiente, no la entrada cubierta que ahora reclama.

—Mis hombres llevan dos días preparados —replicó Leontios—. No voy a mantenerlos de pie hasta el anochecer porque otro depósito solo trabaje con un carro.

—Nadie te lo está pidiendo —intervino Menandros—. Mira esta anotación. Si la primera carga sale al comienzo de la mañana, tus porteadores pueden ocuparse después de los fardos que irán a la sala contigua. No tendrías que contratarlos dos veces. El trabajo está aquí, no en la calle.

Leontios siguió el recorrido que Menandros indicaba con el cálamo.

Sophia conocía el cálculo. Su hermano había propuesto una fórmula semejante dos días antes y ella había preferido esperar a confirmar qué hombres estarían libres.

Esa mañana ya disponía de sus nombres y de una respuesta del encargado.

—¿Y quién responde si ese segundo traslado se retrasa? —preguntó Leontios.

—La casa que lo solicita —dijo Menandros—. No cargaré ese riesgo a tus compradores. Podemos dejarlo escrito junto a la entrega y fijar una hora a partir de la cual decidiremos de nuevo, si los hombres no han terminado.

Sophia aguardó a que Leontios revisara la relación.

Él comenzó a discutir cuánto duraría el trabajo y el tamaño de los bultos.

Menandros respondió con las cantidades que había medido la víspera.

Titus le hizo una pregunta acerca del número de hombres disponibles y dejó que terminara la explicación sin adelantarse.

Leontios no se mostró satisfecho de inmediato; tenía razones para querer la salida reunida y el coste de dos jornadas de carga no le parecía un detalle menor.

—¿Qué gana mi casa con renunciar a esa franja? —preguntó por fin.

Sophia miró los turnos. La reserva de Hegesias no tenía por qué imponerse como una obligación sentimental a los demás. Si querían que Leontios aceptara, necesitaban ofrecerle algo que sirviera a su operación.

—Que el primer acceso será tuyo desde que retiren las tablas —respondió—. Sin otra carga delante y con la condición de dejar libre la salida al terminar. Ya has perdido demasiado tiempo negociando huecos que luego alguien te pide compartir.

—Eso me lo prometisteis hace tres días.

—Te prometimos probar el turno. Ahora podemos darte una relación de los hombres y del espacio disponible. Menandros ha comprobado ambos.

—¿Y Hegesias?

—Conservará la entrada cubierta que le habían ofrecido, durante el tiempo que necesite un carro para descargar con normalidad. Si pretende utilizar más, tendrá que solicitarlo como los demás.

Titus añadió que la nueva distribución no obligaba a Leontios a aceptar cargas adicionales ni a garantizar la salida de mercancías ajenas.

Habló sin elevar la voz y señaló las condiciones una a una, igual que había hecho Menandros.

Sophia pudo ver en la tablilla que el nuevo esquema dejaba un intervalo menor del previsto por Titus al principio.

Su propuesta resultaba menos eficiente sobre el papel; tenía, sin embargo, la ventaja de que ninguna casa debía incumplir una promesa anterior para ponerla en práctica.

—Quiero comprobarlo con el hombre de Hegesias —dijo Leontios—. Si llega dos horas tarde, no me quedaré esperando por cortesía.

—Es razonable —admitió Sophia—. Fijaremos la hora límite con él antes de cerrar el acuerdo.

Menandros apartó la relación de las manos de Leontios para añadir las condiciones.

A Sophia le gustó que lo hiciera sin esperar su aprobación.

En otro tiempo habría temido que el gesto pareciera brusco; aquel día su hermano era quien respondía de las entradas y sabía exactamente qué debía quedar registrado.

Leontios lo trató del mismo modo: le corrigió una cifra, discutió el margen de espera y le pidió que acudiera él, no Sophia, a informar a sus encargados.

Cuando terminaron de hablar, Leontios recogió a su ayudante y fue a inspeccionar los fardos que debían mover antes de la tarde.

No habían cerrado un pacto definitivo; faltaba obtener el consentimiento de Hegesias y confirmar el horario de la entrada.

Sophia se sintió más tranquila con aquella condición pendiente que con la idea de haber dado por resuelto el asunto en una sola conversación.

Menandros se quedó un momento frente a las tablillas.

—Pensé que Titus defendería su primer reparto —comentó—. Había trabajado mucho en él.