Capítulo 11. Aprender a preguntar
Al día siguiente, Sophia encontró dos marcas nuevas en la relación de depósitos que Menandros había dejado en la mesa.
Una estaba junto al nombre de un comerciante que había adelantado su salida; la otra, al lado de una partida de tejidos para la que aún faltaba confirmar el sitio.
Su hermano había añadido una breve nota bajo ambas, con una letra tan inclinada que el escriba encargado de pasar las cuentas a limpio tendría que esforzarse para distinguir las cifras.
Sophia leyó las notas y apartó la tablilla.
Todo estaba en orden. Durante años había señalado los asuntos pendientes mediante una raya junto al nombre del depositante; cuando se resolvían, la cruzaba con otra.
Menandros, en cambio, utilizaba pequeñas letras para indicar a quién correspondía contestar y una marca distinta para los plazos.
Habían discutido aquel cambio unos meses atrás.
Ella había temido que obligara a los encargados a aprender de nuevo lo que ya entendían, y él le había demostrado que evitaba confundir un aviso recibido con una gestión terminada.
Ahora ambos sistemas convivían en la misma mesa. Sophia podía distinguir quién había hecho cada anotación sin necesidad de mirar la letra, y esa mañana le resultó una ventaja.
Un criado anunció que Titus la esperaba en el patio exterior.
Habían quedado en revisar el paso lateral que el día anterior habían dejado pendiente y después debían encontrarse con Menandros en los depósitos arrendados.
Sophia pidió que le trajeran el manto y guardó la tablilla en la bolsa.
Al cruzar el atrio oyó a su padre dando instrucciones sobre una visita de la tarde; se detuvo para responder a una pregunta acerca del huésped de Quíos y continuó hacia la puerta antes de que apareciera un segundo asunto.
Titus estaba hablando con uno de los hombres que cuidaban los animales. Al verla, terminó la conversación y se acercó sin apresurarse.
—El camino que lleva junto al taller del cordelero tiene menos tránsito a esta hora —dijo—. Podemos llegar por allí, si te conviene.
Sophia se ajustó el borde del manto. Recordaba aquella calle: siete años atrás, cuando podían pasar una tarde juntos sin que surgiera una urgencia en la casa, solían elegir el recorrido más largo, entre los puestos próximos al ágora.
Titus se lo había propuesto muchas veces porque le gustaba detenerse ante los vendedores de libros usados y discutir cuánto podía pedir un hombre por un rollo al que le faltaba el principio.
—Prefiero atravesar el ágora —contestó—. Tenemos que preguntar por una entrega y me ahorraré volver después.
—Creía que evitabas ese tramo por la mañana. Los comerciantes de pescado ocupaban media calle.
—Antes lo evitaba. Han movido los puestos hacia el otro lado de la entrada y, además, ya no me molesta pasar entre ellos. El vendedor que utiliza la esquina conoce a nuestros porteadores y suele enterarse antes que nosotros de cuándo llega una barca.
Titus miró en la dirección que ella había señalado.
—Entonces iremos por allí.
La sencillez de la respuesta la acompañó mientras salían.
Sophia habría podido hacer el mismo comentario a cualquiera de los agentes que trataban con su familia; solo Titus recordaba qué calle había evitado durante años y por qué.
La noche anterior habían hablado de asuntos que les costó mucho más nombrar.
En aquella pequeña elección de camino pudo apreciar un cambio práctico: él había recordado una preferencia, pero no había organizado la mañana como si continuara vigente.
La ciudad ya estaba despierta. Bajo los pórticos se reunían quienes esperaban a un socio o discutían una cuenta antes de acudir a sus talleres.
Un muchacho condujo dos asnos cargados de sacos entre las columnas, mientras un vendedor abría una cesta de aceitunas delante de una clienta que exigía probarlas antes de pagar.
Sophia se detuvo donde había prometido recoger noticias de una partida de cuerdas destinadas a la casa de Leontios.
El hombre con quien necesitaba hablar estaba ocupado pesando unos fardos; los invitó a esperar junto a un banco y siguió contando con los dedos las cantidades que le dictaba su ayudante.
—Antes no soportabas que llevara las tablillas en la mano —dijo Titus, mirando la bolsa que ella había dejado sobre el banco.
Sophia se echó a reír, sorprendida por el recuerdo.
—Porque las perdías.
—Perdí una. Encontré otras dos que alguien había dejado en una embarcación y me las atribuyeron por proximidad.
—Perdiste una que necesitábamos para comprobar el precio de un envío de aceite.
—Lo recuerdo bastante bien. Tu padre me hizo buscarla hasta que dieron aviso de que el cargador la había guardado bajo una estera.
Sophia aún podía ver a Titus, mucho más joven, arrodillado entre cestos y cuerdas mientras explicaba a un hombre que no pretendía acusarlo de robo.
Después de aquel día ella había insistido en que utilizara una funda, y él se había burlado de la cantidad de cierres que su familia consideraba indispensables para trasladar un poco de cera.
Titus señaló la bolsa.
—¿Todavía las separas por destino con aquellas rayas en el borde?
—Algunas sí. Pero ahora utilizamos también las letras que ha propuesto Menandros. Es más fácil saber qué persona tiene pendiente una respuesta.
—¿Y él ha conseguido convencerte?
—Con la desagradable costumbre de tener razón en el asunto concreto.
La sonrisa de Titus fue breve. No insistió en la broma cuando el comerciante se acercó para confirmar la entrega.
Sophia averiguó que las cuerdas llegarían al patio de Leontios después de la segunda hora de descarga y pidió que alguien avisara a Menandros en cuanto las depositaran.
No era necesario que ella recibiera al porteador.
Dio por concluida la gestión y retomaron la marcha.
En el paso lateral encontraron la puerta abierta y a dos hombres retirando una plataforma de tablas que se había usado para salvar el desnivel del suelo.
La piedra de debajo estaba gastada por las ruedas.
Sophia vio enseguida que un carro cargado podría superar la entrada, pero los ejes anchos golpearían la arista del muro si el conductor giraba demasiado pronto.
Titus se agachó para observar el ángulo; luego pidió a uno de los hombres que colocara la plataforma como había estado el día anterior.
—La propuesta de Leontios era introducir aquí los fardos pequeños —dijo Sophia—. Con el carro vacío podrán salir antes de que empiece la descarga de las ánforas.
—Siempre que no haya otro esperando en la calle —respondió Titus.
—Menandros ha reservado un intervalo. Quedará por decidir quién responde si un conductor se presenta fuera de hora.
Titus se incorporó y examinó la entrada desde el umbral.
—Antes habría ordenado que ensancharan este giro sin preguntar quién pagaría la piedra ni cuánto tiempo tendrían cerrada la puerta.
Sophia lo miró. La observación había llegado sin que ella preguntara por el pasado, y resultaba bastante precisa para recordarles una discusión de cuando él trabajaba ocasionalmente con su padre.
Había propuesto retirar un murete para facilitar el paso de dos animales.
El dueño de la propiedad contigua se negó y la conversación se alargó hasta que Herakleon ofreció utilizar un acceso menos cómodo pero ya disponible.
—Lo habría recordado yo —dijo Sophia—. Y tú me habrías explicado que pensaba demasiado en los inconvenientes de los demás.
—Era una explicación que utilizaba a menudo.
—Aún recuerdo algunas versiones.
—Preferiría no oírlas todas esta mañana.
Uno de los trabajadores dejó caer una tabla sobre otra y los obligó a hacerse a un lado.
Sophia esperó a que terminaran de retirarlas.
La facilidad con que habían vuelto a bromear no borraba la conversación del día anterior, aunque ya no necesitaba vigilar cada frase para impedir que el pasado apareciera por accidente.
—¿Qué te hizo cambiar? —preguntó cuando volvieron a estar solos junto al umbral.
Titus se apoyó contra la jamba, manteniendo despejada la entrada para los hombres.
—En Rodas discutí con el encargado de un depósito porque quería cerrar una puerta durante una reparación.
Yo había calculado que podíamos usar la contigua; él llevaba toda la mañana explicando que los animales no subirían la pendiente con la carga completa.
Me pareció una objeción exagerada. Preparé los turnos, pagué por los porteadores y conseguimos descargar el primer carro.
—¿Y el segundo?
—Se quedó en mitad de la subida. Tuvieron que vaciarlo y trasladar los fardos a mano.
Pagamos dos veces por la misma mercancía y el dueño del depósito perdió una mañana.
El encargado había vivido allí desde mucho antes de mi llegada.
Yo había mirado la pendiente; él sabía lo que ocurría cuando llovía y las ruedas se hundían entre las piedras.
Sophia volvió la vista hacia la entrada de Éfeso. Allí también había zonas que parecían suficientes hasta que aparecía una carga distinta de la prevista.
—Podría haber tenido una razón equivocada —señaló.
—Podría. Pero no llegué a conocerla. Le respondí antes de que terminara de hablar.
—¿Y desde entonces escuchas todas las objeciones?
—Desde entonces procuro saber qué se está objetando. No siempre me sale bien.
La respuesta la hizo pensar en las ocasiones en que Titus había esperado a que Leontios precisara una necesidad que ella misma estaba preparada para rechazar.
Había atribuido aquella paciencia a la experiencia adquirida en otros puertos, pero no había imaginado la mañana concreta que acababa de contarle.
Le agradó poder situar su conducta en una historia que él escogía compartir, sin necesidad de adivinar qué lo movía.