Capítulo 10. Siete años después #3
—Pero tampoco creo que hubiera sido una vergüenza marcharme. Durante mucho tiempo hablé de mi elección como si fuera la única forma digna de quererlos. Eso hacía imposible decirte que yo también tenía ganas de conocer otros lugares.
Titus la miró con atención.
—Nunca me lo dijiste así.
—Apenas me lo decía a mí misma.
Por debajo del banco, la luz reflejada en la calle dibujaba sombras móviles sobre sus sandalias.
Sophia recordaba la pregunta que Titus le había hecho unos días antes: qué tarea abandonaría si nadie la considerara menos útil.
Había pasado años midiendo sus decisiones según lo que permitían sostener.
Solo recientemente empezaba a preguntarse qué deseaba hacer cuando ya no necesitaba sostenerlo todo.
—Y yo necesitaba marcharme —dijo él—. No solo por aquella primera oferta.
En casa me conocían de antemano. En otros puertos debía presentar mi trabajo sin apoyarme en el nombre de mi padre.
Quería averiguar si podía hacerlo. Lo hice, aunque aprendí algunas cosas que habría preferido aprender de un modo menos costoso.
Sophia estuvo a punto de preguntarle cuáles. Se detuvo: la conversación todavía pertenecía a aquel año y a las consecuencias que podían reconocer juntos. Ya habría ocasión de preguntarle por los trabajos que lo habían cambiado.
—No quiero que me pidas perdón por haberte ido —dijo.
—Ni yo por haberte quedado.
—Hubo otras cosas, sin embargo.
Titus inclinó ligeramente la cabeza, invitándola a continuar.
—Cuando te hablé de mi familia, hice que pareciera que tu vida fuera de Éfeso importaba menos.
Fue injusto. Llevabas años esperando una oportunidad propia y lo sabías desde antes de que fuéramos amantes.
Me disgustó que llegara en el momento en que más quería tenerte cerca, y terminé hablando como si hubieras elegido ese momento para herirme.
Titus sostuvo su mirada.
—A mí me resultó más fácil marcharme creyendo que habías cerrado la puerta —dijo—. Te escuché decir que no podías irte y dejé de preguntarme qué necesitabas de mí mientras estabas aquí. No fue una buena manera de cuidarte.
Las palabras quedaron sin respuesta inmediata.
Sophia había imaginado en ocasiones una conversación sobre su despedida, pero en aquellas versiones del pasado siempre llegaban a un punto en que uno demostraba haber tenido razón.
Ahora Titus no le pedía que cambiara de parecer, y ella tampoco necesitaba convencerlo de que su familia merecía su permanencia.
Aquella ausencia de disputa le permitió notar cuánto la había cansado conservar una defensa preparada durante tantos años.
—Siento haberte hecho escuchar un reproche cuando intentaba hablarte de mi miedo —dijo.
—Y yo siento haber decidido que no querías volver a oír lo que deseaba —respondió él.
Sophia contempló las pequeñas grietas del suelo.
No habían arreglado lo que habían perdido.
Había ocasiones de viajar juntos, comidas a las que ninguno llegó, estaciones en las que no supieron qué había sido del otro.
Tampoco era necesario declarar que todo había ocurrido para conducirlos a esa tarde.
Lo vivido tenía su propio peso, igual que los siete años que siguieron.
—Si hubiéramos hablado de esto antes —preguntó—, ¿habríamos seguido escribiéndonos?
—Quizá un tiempo. No sé si habría bastado.
—Yo tampoco.
De la calle llegó el crujido largo de una rueda al comenzar a moverse.
El carro que había quedado de espaldas al puerto retrocedía con la ayuda de dos hombres, mientras su conductor se inclinaba para ver cuánto espacio quedaba entre el cubo y el borde de la calzada.
El otro esperaba con los animales detenidos.
Una vez apartada la madera, el atasco empezó a deshacerse con una lentitud más amable que la de su formación.
Titus se levantó para comprobar la salida.
Sophia permaneció sentada un instante, observándolo.
Él había envejecido sin perder la manera de prestar atención a quienes tenían una tarea difícil.
Aquella mañana lo había visto apartarse para dejar que los porteadores resolvieran lo que les correspondía; años atrás probablemente se habría acercado a dirigir la maniobra.
No podía saber qué lo había llevado a cambiar, pero empezaba a reconocer el valor de lo que hacía ahora.
—Ya casi pueden pasar —dijo él al regresar.
Sophia se incorporó. No tenía la sensación de haber dejado algo pendiente por falta de palabras.
Tampoco de haber alcanzado un acuerdo que exigiera consecuencias inmediatas.
Aún debían inspeccionar un acceso, enviar noticias a Menandros y averiguar si una parte de la mercancía de Leontios podía circular por aquel tramo sin bloquear las entradas vecinas.
El resto, si llegaba a existir, necesitaría conversaciones distintas.
Al recoger su tablilla, Titus vaciló apenas antes de tenderle la que ella había dejado sobre el banco. Sophia la aceptó. No se tocaron más que lo imprescindible y, sin embargo, le resultó agradable que ninguno buscara una familiaridad antigua para dar por terminada la conversación.
Bajaron los escalones del pórtico. Un hombre que había esperado con dos cestos de fruta cruzó delante de ellos y el conductor del carro descargado comenzó a reunir de nuevo los tablones junto a una pared.
Sophia comprobó que el paso hacia los depósitos quedaba libre y calculó el tiempo que necesitarían para llegar hasta el acceso que iban a inspeccionar.
Titus se detuvo junto a la primera columna, donde terminaba la sombra.
—¿Quieres continuar? —preguntó.
Sophia miró hacia la calle despejada. Sabía que se refería al trabajo que habían dejado a medias.
Tal vez aquella pregunta contenía también otra posibilidad, pero no podía exigirle a una frase lo que ninguno de los dos había expresado todavía.
Podía, al menos, responder sin buscar antes todas las consecuencias de su respuesta.
—Sí —dijo.
Salieron juntos del pórtico y tomaron el camino hacia los almacenes.