Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 10. Siete años después #2
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Capítulo 10. Siete años después #2

—Te dije que no podía construir una vida alrededor de una partida cuya duración nadie conocía —añadió—. Recuerdo las palabras. Todavía me parece que describían un problema verdadero. Lo que no me gusta es cómo las utilicé.

—Como una respuesta a algo que yo no había pedido.

—Como si fueras tú quien hubiera convertido mi vida en una espera. Como si el deseo de irte fuera una falta contra todos los que nos quedábamos.

Titus se inclinó hacia delante para dejar pasar a una mujer con una cesta que necesitaba utilizar el banco como apoyo.

La ayudó a acomodarla sobre la piedra y esperó a que recogiera el cordel suelto.

Cuando la mujer se marchó, Sophia agradeció aquella interrupción breve.

Le había permitido escuchar de nuevo el ruido común de la calle y comprobar que podía continuar sin transformar cada recuerdo en una herida abierta.

—Yo te respondí que tampoco podía organizar mi vida —dijo Titus cuando volvieron a estar solos— alrededor de la esperanza de que algún día pudieras marcharte.

Sophia asintió.

—Fue lo que dijiste.

—No lo dije para castigarte.

—No pensé que quisieras castigarme. Creí que estabas cerrando todas las posibilidades que aún no habíamos probado.

—Habíamos hablado de esperar. No sabíamos cuánto. También hablamos de que yo regresara cada cierto tiempo, aunque los viajes dependían de personas a las que todavía no había servido y de rutas que no conocía. Ninguno de aquellos planes tenía una fecha a la que pudiéramos aferrarnos.

—Lo sé.

Y era cierto. Sophia recordaba haber intentado poner orden en un futuro que no admitía la precisión con que organizaba las entradas de los almacenes.

Había propuesto que Titus partiera y volviese antes de que terminara el año; él había señalado que no podía prometer lo que el encargo no le permitía decidir.

Hablaron de que ella lo visitara, pero en casa faltaban personas capaces de recibir las obligaciones de aquel socio veterano.

Las soluciones que imaginaban exigían siempre que alguno abandonase algo importante sin saber durante cuánto tiempo.

—Si hoy volviéramos a encontrarnos en aquel momento —dijo Sophia—, no sé si encontraríamos otra salida.

—Yo tampoco.

Su respuesta careció de consuelo fácil. Sophia la prefirió a cualquiera de las frases que habría podido pronunciar para convertir el pasado en un error reparable.

Si Titus hubiera renunciado a marcharse, tal vez habría llegado a reprochárselo.

Si ella hubiese dejado la casa entonces, Menandros habría asumido compromisos para los que todavía necesitaba apoyo.

Habían tomado decisiones propias en un momento difícil, y ninguna justificación posterior podía deshacer el coste de haberlas tomado.

Desde la calle llegó un golpe seco. Los hombres habían conseguido bajar una parte de los tablones y estaban apilándolos junto a un muro.

El conductor del segundo carro comenzó a retroceder muy despacio, guiado por uno de los porteadores.

Aún tardarían en permitir el paso, pero la discusión inicial había perdido fuerza.

—Sin embargo, hay algo que sigo pensando —dijo Sophia—. Aquella mañana hablábamos como si solo hubiera dos opciones: irme contigo o pedirte que te quedaras. Después terminamos comportándonos como si haber elegido una nos impidiera siquiera preguntar por la otra.

Titus se volvió hacia ella.

—Cuando me dijiste que te quedabas, pensé que debía respetarlo.

—Debías hacerlo.

—Y lo hice de una manera que me permitió no volver a plantearte nada.

Sophia lo observó. La frase era más precisa de lo que esperaba, dicha sin elevar la voz y sin buscar en ella una absolución.

Había visto a Titus aceptar límites ajenos durante las negociaciones de aquellos días; solo ahora comprendía que esa forma de proceder podía parecerse demasiado a la distancia con que había acogido su decisión siete años antes.

—Podrías haberme preguntado si quería encontrar otra manera de seguir contigo —dijo—. No habría podido darte una respuesta prometedora.

—Lo suponía.

—Tal vez te habría dicho que no. Pero habría sido mi respuesta, no una conclusión a la que llegaras por mí.

Titus permaneció callado un momento.

—Tú también podrías haberme pedido que retrasara la partida —dijo al fin.

Sophia apretó los dedos contra la piedra tibia del banco.

Era una observación justa. Había deseado que él se quedara unos meses, quizá hasta que la casa encontrara una distribución estable de las tareas.

Nunca se lo había pedido sin rodeos; prefirió repetir cuánto lo necesitaba Herakleon, porque así podía esperar que Titus entendiese su deseo sin tener que enfrentarse a una negativa.

—No quería ser la persona que te quitara aquel trabajo —respondió.

—Y yo no quería convertirme en el hombre que te pidiera abandonar tu casa.

—De modo que ninguno pidió nada.

Titus miró hacia el extremo del pórtico, donde una franja de luz había avanzado varios palmos sobre el pavimento.

—Pedimos que el otro entendiera —dijo—. Y cuando comprendimos que no cambiaría su decisión, dejamos de preguntar.

Sophia habría podido reconocer aquellas palabras como una explicación suficiente y marcharse con ellas.

Pero seguían faltando los meses posteriores, el periodo en el que la distancia no era todavía una costumbre y las cartas llegaban con suficiente frecuencia para que una jornada de trabajo pudiera interrumpirse por el deseo de abrir una.

—Tus primeras cartas no eran frías —recordó.

—Las tuyas tampoco.

La primera llegó desde Esmirna y tenía una mancha de tinta junto al sello.

Titus se había quejado de la habitación donde dormía, de una mesa demasiado pequeña para extender sus cuentas y del vendedor que insistía en cobrarle por unos higos verdes.

Sophia todavía podía evocar su letra inclinada, los comentarios que parecían escritos para provocarle una réplica y la manera en que se despedía sin fingir que el silencio entre una carta y otra fuera fácil.

Ella le contestaba sobre la casa, pero también sobre alguna conversación que habría disfrutado contándole al oído.

A veces había esperado más de lo que pensaba razonable antes de enviar una respuesta: quería disponer de algo que mereciera el viaje del mensajero, y en realidad solo deseaba volver a escribirle.

—Me contabas qué comías y quién se había enfadado contigo —dijo—. Yo llegué a saber más de tu alojamiento que de algunos parientes a los que veo todos los meses.

—Tú me enviaste una descripción de un jardín después de que retiraran un árbol enfermo. Ocupaba media carta.

—Era un árbol grande.

—Lo recuerdo. Insististe en que nadie había apreciado su sombra hasta que ya no estaba.

Sophia sonrió, sorprendida de que conservase aquel detalle. Habían compartido días y noches de una cercanía que no desaparecía porque hubieran dejado de escribirse; aun así, le resultaba extraño que sobreviviera en ambos la memoria de asuntos tan domésticos.

—Después empezaste a hablarme de los contratos —dijo.

—Y tú me respondías con noticias sobre las entregas.

—Era más sencillo.

—Lo era. Si preguntaba cuándo podría verte, te obligaba a dar una respuesta que todavía no tenías. Si tú me decías que habías pasado una tarde difícil, me encontraba al otro lado del mar sin poder hacer nada útil.

Sophia recordó sus propias precauciones.

Cada vez que aparecía en una carta una frase demasiado cercana a su vida anterior, la respondía con menos palabras de las que deseaba.

No quería prometer una visita que quizá no pudiera hacer, ni pedirle un regreso que sabía incierto.

Los asuntos de comercio, en cambio, permitían continuar una relación de correspondencia sin discutir lo que ambos habían perdido.

—Llegó un momento en que te escribí sobre una llegada de aceite —dijo—. Solo eso. Ni siquiera recuerdo si la noticia podía interesarte.

—Recibía noticias semejantes de muchos corresponsales.

—Y dejé de escribirte como a alguien distinto de ellos.

Titus no respondió enseguida. Un porteador pasó frente al pórtico transportando una cuerda enrollada al hombro. El olor de la madera recién descubierta alcanzó a Sophia desde la calle.

—Yo hice lo mismo —dijo él—. Empecé a esperar a tener una razón suficiente para enviarte una carta. Y siempre había algún trabajo que merecía atención antes.

—Hasta que no escribimos más.

—Hasta entonces.

No había habido una última carta ofendida ni un mensaje sin respuesta cuyo contenido pudiera justificar todos aquellos años.

Sophia había sabido que se estaban alejando mientras ocurría.

Una mañana decidió no añadir un saludo personal a la relación de noticias que preparaban para Esmirna; más tarde comprendió que llevaba semanas sin escribirle nada que no pudiera leer otra persona de su casa.

La siguiente comunicación llegó dirigida a Herakleon y la atendió Menandros.

A partir de ese momento el silencio se volvió una costumbre que ninguno cuestionó.

—A veces pensé en escribirte de nuevo —admitió—. No tenía nada urgente que decir. Solo quería saber cómo estabas.

Titus apoyó una mano junto a las tablillas.

—Podrías haberlo hecho.

—También tú.

—Sí.

Sophia dejó que la palabra quedara entre ambos.

Había una honestidad incómoda en aceptar lo que pudieron hacer sin fingir que un gesto aislado habría resuelto el problema del lugar donde vivir.

No necesitaba imaginar siete años de cartas perfectas para reconocer que el silencio había sido también una decisión.

—No me arrepiento de haberme quedado —dijo después—.

Quiero a mi familia. Hubo asuntos que necesitaban mi trabajo y otros que no habrían salido adelante sin una presencia que conociera a las personas implicadas.

Aun ahora, cuando estoy aprendiendo a apartarme de ciertas obligaciones, sé que entonces hice lo que deseaba hacer.

—Nunca he pensado que debieras arrepentirte.