Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 10. Siete años después
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Capítulo 10. Siete años después

La noticia de que el paso quedaría libre antes del mediodía había sido cierta durante poco más de una hora.

Después, dos carros cargados con tablones se encontraron frente a frente en la calle estrecha que comunicaba los depósitos inferiores con uno de los caminos de subida, y cada conductor sostuvo que el otro había recibido instrucciones de esperar.

Alrededor de las ruedas comenzaron a acumularse porteadores, hombres con cestos y quienes necesitaban atravesar aquel tramo antes de que el calor hiciera más pesado el trabajo.

Sophia se detuvo donde podía ver el atasco sin contribuir a él.

Había salido para comprobar con Titus un acceso secundario que quizá sirviera a las casas interesadas en utilizar el espacio de Leontios.

Menandros había tomado a su cargo la conversación con los descargadores y prometido comunicarles el resultado antes de la cena.

Ella no necesitaba acompañarlo, aunque todavía sentía el impulso de saber cómo se desarrollaba cada una de aquellas gestiones.

—Si esperamos aquí, dentro de un rato tendremos que explicarle a alguien por qué no hemos dejado pasar su carro —dijo Titus.

Sophia miró a su alrededor. El primer vehículo ocupaba casi toda la anchura de la calle; uno de los animales había ladeado la cabeza para apartarse de un hombre que pasaba junto a su hocico.

Los tablones estaban atados en dos haces y sobresalían por detrás más de lo que sus propietarios debían de haber calculado.

—No parece posible avanzar hasta que uno retroceda. Y ninguno tiene espacio para girar.

—Hay un pórtico un poco más arriba. Desde allí veremos cuándo despejan el paso.

Sophia siguió la dirección de su mano. Reconoció la hilera de columnas y el banco de piedra junto al muro.

Durante años había atravesado aquel lugar sin concederle importancia, pero esa mañana se quedó mirando una esquina donde la cal se había desprendido y dejaba ver el color más oscuro de las reparaciones anteriores.

—Lo conozco —dijo.

—Sí.

Titus no añadió nada. Rodearon la fila de hombres que esperaban junto a una mula y subieron unos escalones desgastados hacia la sombra.

El pórtico pertenecía a un conjunto de tiendas y estancias que se abrían a la calle.

Algunas habían cambiado de ocupante desde la juventud de Sophia; otras conservaban los mismos bancos bajos donde sus clientes se sentaban a discutir el precio de una pieza de cuero o a esperar una reparación.

Una mujer recogía del suelo unas cáscaras de higo con una escoba de ramitas.

Al verlos pasar, apartó el polvo hacia el muro para dejarles sitio.

Allí corría algo de aire. Sophia agradeció que la piedra no devolviera el calor con la misma intensidad que la calle, pero no eligió asiento enseguida.

Desde el extremo del pórtico se alcanzaba a ver el arco por el que solían entrar quienes venían desde las casas comerciales.

Siete años antes lo había esperado allí más de una vez, algunas con una razón verdadera y otras con un recado que podría haber entregado cualquier servidor de la casa.

—Antes vendían aceite en esa esquina —comentó, señalando un hueco ocupado ahora por un zapatero.

—Y el hombre que lo vendía discutía con todos los que llevaban una lámpara para que la llenara. Siempre aseguraba que sus medidas eran mejores que las de las tiendas del ágora.

—Una vez le dijiste que, si tenía razón, debería cobrar por enseñar a medir en lugar de por el aceite.

Titus sonrió.

—Fue una observación poco útil.

—Se pasó una semana recordándotela.

Sophia se acordó también de cuánto se había divertido entonces.

Podía situarse en aquella época con una facilidad inesperada: ella tenía veintisiete años, Titus hablaba más deprisa y los dos encontraban pretextos para retrasar el momento de despedirse.

La familiaridad había crecido a lo largo de muchos meses, después de conocerse desde jóvenes en visitas familiares y reuniones a las que acudían sus padres.

No recordaba un instante preciso en que hubieran dejado de ser conocidos para convertirse en amantes.

Recordaba, en cambio, el cuidado con que una tarde él había esperado a que se separara de los demás antes de besarla, y la naturalidad que adquirió después ese gesto cuando pudieron verse sin compañía.

Titus dejó las tablillas sobre el banco y se acercó a la abertura desde la que se observaba la calle.

Los conductores continuaban discutiendo, aunque un hombre había empezado a desatar el haz de tablas que más sobresalía.

Si descargaban una parte, podrían mover el vehículo lo suficiente para que pasara el otro.

Sophia había oído esa solución desde el principio.

Ninguno de los propietarios parecía dispuesto todavía a aceptar el trabajo adicional.

—Tardarán —dijo ella.

—Eso parece.

Podía haber utilizado la espera para revisar las marcas del nuevo acceso o preguntar por las noticias de Philostratos.

Sin embargo, la calle continuaría bloqueada tanto si trabajaban como si permanecían allí sin hacer nada, y Sophia estaba cansada de buscar una tarea cada vez que una conversación amenazaba con llegar a un terreno menos seguro.

—Llevamos días hablando de cómo han cambiado nuestras familias, de las ciudades en las que has vivido y hasta de las aceitunas que preparaban tus vecinos —dijo—. Hemos evitado con bastante cuidado hablar de aquel año.

Titus volvió la cabeza hacia ella. La expresión divertida que había conservado al recordar al vendedor de aceite desapareció, aunque su postura apenas cambió.

—Del año ciento seis —precisó.

—No he pensado en otro.

Sophia se sentó al fin. Dejó suficiente espacio en el banco para que él pudiera hacerlo si quería, pero Titus permaneció de pie unos momentos, con el manto recogido sobre el antebrazo. En la calle, alguien gritó una instrucción que se perdió entre las protestas de los conductores.

—Creí que preferías no hablar de ello —dijo Titus.

—Y yo pensé que lo preferías tú.

—Nunca te lo pregunté.

—Yo tampoco.

Se miraron. Sophia reconoció en aquella respuesta algo más incómodo que una acusación.

Habían logrado negociar en una sola mañana los derechos de paso de tres casas comerciales que apenas confiaban unas en otras, pero durante siete años ninguno había comprobado una suposición tan sencilla acerca del otro.

—No quiero que tengamos que hablar de aquello cada vez que nos vemos —continuó—. Tampoco quiero seguir apartándolo como si aún estuviéramos esperando que alguna decisión se tome por nosotros.

Titus se sentó a una distancia prudente. El banco era bastante ancho para los dos; Sophia percibió la presencia de su cuerpo junto al suyo sin necesidad de tocarlo.

—La decisión se tomó —respondió él.

—Lo sé. Por eso podemos hablar.

No había olvidado las circunstancias. En aquella primavera, Herakleon había perdido el apoyo cotidiano de un socio veterano que atendía varias relaciones de confianza.

El hombre no los había traicionado; había decidido abandonar algunos compromisos y dedicar sus fuerzas a otras propiedades.

Pero las obligaciones que dejaba atrás no desaparecían con su retirada.

Había comerciantes acostumbrados a tratar exclusivamente con él, depósitos cuyos horarios dependían de su palabra y cuentas pendientes que exigían a alguien capaz de reconocer a las personas antes de discutir las cifras.

Menandros tenía veintitrés años. Sabía trabajar, disponía de una memoria excelente y deseaba que su padre le concediera más responsabilidades, pero aún confundía la firmeza con la rapidez.

Sophia había acompañado durante años a Damaris en la atención de los visitantes y a su padre en algunas conversaciones comerciales.

Conocía las familias, los acuerdos que no estaban escritos y los nombres de quienes solo aparecían cuando había una dificultad.

Su presencia había resultado necesaria durante aquella reorganización.

Al mismo tiempo, Titus había recibido la posibilidad de trabajar fuera de Éfeso para hombres que no lo conocían como el hijo de Philon.

La oportunidad tenía una fecha y unas condiciones.

Rechazarla habría significado continuar dentro de la red de su padre, quizá durante años, sin saber si volvería a encontrar un encargo semejante.

Nada de aquello era nuevo para Sophia. Lo que la había sorprendido con el paso del tiempo era descubrir cuántas explicaciones había construido después sobre unas circunstancias que los dos conocieron perfectamente.

—Mi padre necesitaba ayuda —dijo—. De verdad. A veces, cuando lo recuerdo, tengo la impresión de que he pasado años defendiendo eso ante alguien que nunca me lo discutió.

—Nunca pensé que lo inventaras.

—Lo sé ahora. Entonces actué como si tu marcha fuera una manera de decir que mi familia te importaba poco.

Titus bajó la vista hacia sus manos, apoyadas sobre las rodillas. Sophia esperó, sin intentar corregir de inmediato la severidad de sus palabras.

—Me importaban —dijo él—. Tu padre había sido generoso conmigo.

Y Damaris me trataba como a alguien de la casa mucho antes de que tú y yo empezáramos a vernos a solas.

Pero también necesitaba aceptar aquel trabajo.

Si me quedaba, seguirían pidiéndome que acudiera a mi padre cada vez que una negociación se complicara.

—En ese momento no quise comprender esa parte.

—La comprendiste. Me dijiste que podía marcharme.

Sophia se volvió hacia él.

—Te dije que eras libre de hacerlo. No fue exactamente lo mismo.

Titus la escuchó sin interrumpir. De algún patio próximo llegó el sonido de un jarro golpeando otro.

Sophia recordó lo mucho que le había molestado entonces una posibilidad que había celebrado por él cuando todavía parecía lejana.

Había hablado durante meses de sus planes con interés sincero y, cuando el viaje tuvo fecha, descubrió que no sabía dónde colocar el miedo a perder la vida que empezaban a imaginar juntos.