Capítulo 9. Aulus Vibius Longus #3
Titus rio suavemente. Sophia también sonrió, agradecida por la facilidad con que el visitante devolvía la conversación a sus límites.
No mostró desconfianza hacia una familia desconocida de Alejandría ni reclamó saber quién había preguntado.
Cogió de nuevo la bolsa y pasó a un asunto más próximo: necesitaba que le indicaran por cuál de los accesos podría llegar un hombre con dos fardos pequeños al día siguiente, si su comprador decidía retirarlos por separado.
Sophia le explicó los horarios que conocía y dejó claro qué parte podía cambiar.
Titus añadió el aviso recibido de Philostratos.
Aulus repitió la información para asegurarse de haberla entendido y prometió transmitirla a sus conductores.
Al despedirse, agradeció a Sophia la claridad de las condiciones y a Titus la ayuda para orientarse.
Se marchó con la misma preocupación con que había llegado: conseguir que su mercancía pasara de unas manos a otras sin gastos inútiles.
Apollonios llegó poco después, convocado por una cuestión de correspondencia que llevaba pendiente desde la víspera.
Sophia aprovechó que todavía tenía a mano la copia de la consulta y le contó el encuentro.
Titus permaneció junto a la mesa, ordenando las noticias sobre accesos que quería transmitir antes del anochecer.
—Entonces es él —dijo Apollonios cuando Sophia terminó de identificar al visitante.
—Se llama Aulus Vibius Longus. Comercia entre Mileto, Éfeso y otras rutas del Egeo. Ha venido a guardar unos fardos, no a responder nuestra carta.
—¿Y la pregunta sobre su familia?
—Su abuelo recordaba relaciones antiguas hacia Italia. Aulus no conoce detalles de esas operaciones ni sabe decirnos qué quedó allí. Eso es todo lo que hemos averiguado.
Apollonios pasó un dedo por el borde del escrito, atento a las palabras.
—Podría mencionarse que todavía hay una rama oriental activa.
—Sí. Sin decir que él sea la persona exacta que buscan. Ni que recuerde algo que no ha dicho. Si en Alejandría necesitan más, tendrán que explicar para qué.
—Escribiré una respuesta breve. La mandaré cuando tenga ocasión, junto a las demás noticias.
Sophia estuvo de acuerdo. No había ningún nuevo documento que custodiar, ni cuentas antiguas que cotejar, ni motivo para volver a buscar a Aulus.
Lo había conocido como a tantos comerciantes que cruzaban Éfeso por negocios propios.
Había hablado de su abuelo con el afecto distraído de quien recuerda una voz familiar y sabe que esa memoria no resuelve los problemas de hoy.
La consulta de Alejandría podía recibir una contestación honrada sin apropiarse de nada más.
Menandros entró mientras Apollonios guardaba el escrito. Llevaba la relación de los turnos del día siguiente y había marcado una discrepancia entre la hora solicitada por los hombres de Leontios y el periodo en que quizá se cerrara un acceso. Titus la examinó desde su lado de la mesa.
—Si les concedemos la primera entrada, el carro de las telas quedará esperando en la calle —dijo Menandros—. Y no sabemos todavía cuándo terminará la limitación.
—¿Qué te han pedido exactamente? —preguntó Sophia.
—Que sus dos carros entren seguidos. Dicen que no pueden separar a los hombres que los descargan.
—Podemos ofrecerles uno antes de que empiecen los trabajos —respondió Titus—. El segundo después de que se despeje la entrada, si Philostratos confirma el horario.
—Leontios dirá que no puede pagar a los descargadores dos veces —observó Menandros.
—Entonces tendrá que decirnos si prefiere esperar con ambos carros —replicó Sophia—. No vamos a dejar parado el paso común para ahorrarle una elección.
Su hermano señaló la cifra de hombres necesarios para retirar la carga.
Habían calculado las posibilidades por separado y quedaba una tercera: utilizar a los descargadores de la primera entrada durante una operación breve de la casa vecina, siempre que ambas partes aceptaran y nadie pretendiera cobrarles una jornada entera por unas horas de trabajo.
No era un acuerdo que pudieran imponer desde la mesa, pero sí una propuesta concreta para llevar a Leontios.
—Explícasela tú —dijo Sophia a Menandros—. Sabes mejor que yo quién estará disponible mañana.
Él recogió su relación y comenzó a precisar qué debía preguntar.
Titus aportó una observación sobre el paso lateral, pero dejó que Menandros terminara de organizar la visita.
Apollonios, que ya había guardado sus cartas, pidió que le comunicaran más tarde cualquier cambio que afectara a los transportistas que esperaban noticias de Oriente.
Sophia escuchó la discusión, interrumpiéndola solo cuando una hora quedó confundida con otra.
Había pasado la mañana resolviendo una entrada obstruida y la tarde hablando con un mercader cuyo apellido figuraba en una carta de Alejandría.
Ninguna de aquellas cosas le exigía convertir el puerto en un lugar sin imprevistos ni la vida de un desconocido en una explicación para una pregunta incompleta.
Mientras Menandros repetía el horario que propondría al día siguiente, Sophia volvió a mirar la tablilla y señaló el único tramo en que dos carros todavía podían cruzarse sin estorbo.
—Empezad por aquí —dijo—. Si esa hora funciona, tendremos resuelto lo que de verdad nos espera mañana.