Capítulo 9. Aulus Vibius Longus #2
—Es una costumbre que me inspira confianza.
Aulus volvió a mirar a Titus.
—¿Recuerdas la nave que cargamos junto al muelle de Mileto? El piloto juraba que podría zarpar antes de terminar la tarde.
—Se quedó allí dos días.
—Tres. El segundo dejó de contarlo cuando comprendió que tendría que pagar a los hombres igualmente.
—Yo ya había entregado mis cuentas.
—Por eso te tengo cierta envidia desde entonces.
Sophia intervino para preguntar si Aulus había venido directamente de Mileto.
Le contó que había hecho escala breve en otro punto de la costa y que llevaba meses alternando viajes cortos con encargos que le permitían permanecer varias semanas en una misma ciudad.
Tenía compradores conocidos en Éfeso, familiares con intereses en Mileto y tratantes que se ocupaban de ciertas rutas del Egeo cuando él no podía acompañar cada carga.
Ni pretendía vigilar todos los trayectos ni confiaba por ello menos en quienes trabajaban para él; se había acostumbrado, dijo, a reservar su presencia para aquello que requería una respuesta personal.
Sophia recordó la mañana en que había dejado a Menandros resolver una entrega sin vigilarlo desde el patio.
Aulus no podía saber por qué aquella observación le llamó la atención, y siguió hablando de los paños destinados a un comprador de la ciudad.
Uno de los hombres a los que esperaba llevaba varios días ocupado por asuntos familiares.
No le reprochaba la demora; necesitaba, eso sí, impedir que los fardos permanecieran a la intemperie hasta que terminara.
La conversación llegó a su fin cuando el encargado anunció que la parte del depósito podía quedar libre antes del anochecer.
Sophia ofreció que Aulus pasara por la casa de Herakleon en cuanto recibiera noticia de Menandros; allí tendrían preparada la relación exacta de lo que podía aceptar la familia.
Aulus miró hacia donde debía de encontrarse su conductor y dijo que acudiría después de la hora más calurosa, cuando hubiera organizado el resto de las entregas.
—Estaré allí —respondió Sophia.
—Yo tengo que ver a Philostratos antes —dijo Titus—. Si termino, pasaré también. De todos modos, Aulus ya sabe a quién preguntar.
El mercader inclinó la cabeza en señal de acuerdo.
No parecía esperar que Titus mediara para obtener una ventaja.
Sophia se despidió de ambos y tomó el camino de casa con dos anotaciones en las tablillas: el espacio que podía quedar libre y la necesidad de confirmar cuándo se retiraría la carga anterior.
El nombre de Vibius Longus aparecía entre los datos de la entrega, junto a una cantidad de fardos y una estancia máxima. Así le resultaba más fácil situarlo.
Menandros había revisado la relación antes de que Sophia regresara. La encontró sobre la mesa de la habitación donde recibían a los visitantes de negocios, con una cifra añadida en el margen y una indicación acerca de la puerta que debía mantenerse despejada.
—Podemos aceptar seis fardos —dijo su hermano—. Los otros dos solo si llegan después de que haya salido la partida de la casa vecina. No necesito que vayas a comprobarlo. He hablado con el responsable.
—Eso esperaba.
Menandros la observó con una expresión que mezclaba sorpresa y prevención.
—¿Lo esperabas de verdad?
—He venido a pedirte tu respuesta. Si hubiera querido decidirlo yo, habría tomado otra tablilla.
Su hermano dejó escapar una risa y le acercó la cuenta.
Había reservado el paso necesario para las personas que atendían la puerta, había calculado el pago sin cargar a Aulus el uso de un espacio que todavía no podía ocupar y había señalado la tercera jornada como posible, nunca segura.
Sophia encontró un detalle que convenía aclarar: la apertura de la puerta dependía de un hombre que salía a acompañar las recepciones durante parte de la mañana.
Menandros le mostró una nota al pie. Ya había dispuesto quién lo sustituiría.
—Entonces está bien —dijo ella, y devolvió el documento.
—Hay otra petición pendiente de Leontios. La de la galería.
—¿Ha indicado por fin cuántos carros enviará?
—Dos. Pero quiere que el segundo pueda entrar aunque el primero no haya salido. Le he dicho que volveremos a tratarlo cuando conozcamos el aviso de Philostratos.
Sophia asintió. Había ocasiones en que aceptar una petición demasiado pronto perjudicaba a todos; negarla por costumbre tampoco hacía el trabajo más sencillo.
Al dejar la segunda cuestión donde Menandros podía atenderla, sintió que disponía de más espacio para conversar con el visitante de aquella tarde sin tener que vigilar al mismo tiempo cada puerta de la casa.
Aulus llegó con menos equipaje que en el puerto y un pequeño envoltorio de pan que no había terminado de comer.
Se disculpó por presentarse así; Sophia le ofreció agua y lo hizo pasar a la habitación fresca donde Menandros había dejado el escrito.
El visitante examinó las condiciones y pidió que le explicaran qué ocurriría si sus compradores retiraban los paños durante la segunda jornada.
—Pagarías el tiempo de ocupación acordado —respondió Menandros—. Si necesitas entrar de nuevo después de entregar una parte, tendríamos que revisar el espacio que quede libre.
—Me parece justo. Prefiero saber ahora qué obligación acepto.
Aulus escuchó el resto de las condiciones sin intentar reducirlas a la mitad.
Preguntó por los hombres que responderían del depósito, acordó llevar la relación de sus fardos antes de admitir la carga y dejó claro que nadie debía abrir un paquete para comprobar su contenido sin avisarle.
Menandros le explicó cómo se cotejarían las marcas exteriores con la cuenta que trajera el conductor.
Sophia intervino solamente para precisar qué habitaciones de la casa podían utilizarse para recibir mensajes, si surgía alguna demora.
Cuando terminaron, Titus había llegado. Entró después de ser anunciado y saludó a Aulus con la misma cordialidad mesurada de la mañana.
Traía noticias de Philostratos: al día siguiente habría una limitación breve en uno de los accesos, aunque la hora todavía dependía de los trabajos.
Menandros recogió las tablillas del depósito y salió para transmitir el aviso a los encargados.
Sophia quedó junto a los dos hombres mientras el visitante guardaba su cuenta.
—¿Has encontrado ya salida para los fardos que siguen viaje? —preguntó Titus.
—Una posibilidad. El transportista tiene que saber primero si consigue el espacio que le han prometido en su embarcación. Hasta entonces no voy a discutir por una fecha imaginaria.
—Bien pensado —dijo Sophia—. Nos ahorrarás una disputa parecida a la que hemos tenido esta mañana.
Aulus sonrió y dejó la cuenta dentro de su bolsa.
Sophia recordó el mensaje de Alejandría.
Había llegado con una pregunta tan escueta que no justificaba importunar a un desconocido, pero el hombre estaba delante de ella y ya habían terminado su asunto.
Podía limitarse a comprobar una relación familiar, sin pedirle recuerdos que preferiría conservar para sí.
—Hay algo que quería preguntarte, si no te incomoda —dijo—. Hace unos días recibimos una consulta de comerciantes vinculados a Alejandría. Buscaban saber si aún había alguien de nombre Vibius Longus en nuestras rutas. Al presentarte esta mañana, me acordé de ella.
Aulus se enderezó ligeramente.
—En Mileto nos conocen bien. No somos tantos como para llenar un barrio, pero seguimos comerciando.
—Me bastaba confirmar eso. La pregunta venía sin explicación. Solo por precisar: ¿tu familia ha tenido también intereses hacia Italia? Quizá buscaban una rama distinta.
Él dejó la bolsa a un lado antes de contestar. Sophia no advirtió inquietud en su gesto; parecía ordenar recuerdos de los que hacía mucho que nadie le pedía noticia.
—Mi abuelo hablaba de relaciones antiguas hacia Italia —dijo—.
De personas que viajaban más lejos que nosotros y de negocios que acabaron por dejar de pertenecer a nuestra rama oriental.
Ocurrió mucho antes de que yo naciera. Mi padre solía decir que era mejor ocuparse de quienes todavía podían pagarte que contar los viajes de los antepasados.
—¿Sabes si se estableció alguien de vuestra familia allí? —preguntó Sophia.
—No lo sé. Ni siquiera sabría decirte qué negocios conservaban al terminar aquellos años. Mi abuelo era buen narrador, pero hablaba de varias generaciones como si hubiera conocido personalmente a todos los hombres que llevaban nuestro nombre.
Aulus hizo un gesto pequeño con la mano, casi de disculpa.
—Si en Alejandría buscan a una persona concreta, tendrán que daros algo más que un apellido. Yo puedo responder por mis paños y por los hombres que trabajan conmigo. Sobre aquellos viajes no tengo gran cosa que añadir.
—Eso es suficiente —respondió Sophia—. No pretendía pedirte que reconstruyeras la historia de tu casa.
—Me alegra, porque empezaría a cobrar por las horas perdidas y ni así conseguiría hacerlo.