Capítulo 9. Aulus Vibius Longus
El encargado del depósito arrendado había prometido que los carros podrían atravesar el paso lateral después de que retiraran una cubierta de madera.
Cuando Sophia llegó, la cubierta seguía allí, apoyada contra dos postes, y un conductor discutía con un muchacho que sostenía las riendas de una mula.
Ninguno de los dos tenía intención de apartarse primero.
—Si sacas el carro sin doblar la esquina —decía el conductor—, me llevas por delante la carga.
—Si no lo saco, no puedes entrar de todos modos.
Sophia dejó que terminaran. La razón del atasco se veía desde la calle: alguien había colocado una pila de cuerdas junto al muro, justo donde el carro necesitaba ganar espacio para girar.
Un hombre de la casa vecina estaba reuniéndolas con demasiada calma para el gusto de los conductores.
Sophia se dirigió a él y le preguntó cuánto tardaría en retirarlas.
—Lo que tarde en venir otro a ayudarme, señora.
—Entonces dile a tu compañero que deje por un momento lo que está haciendo. Los dos carros tienen hora de paso y no ganaremos nada si esperan hasta el mediodía.
El hombre miró hacia el interior del patio.
Antes de que se moviera, una voz procedente de la entrada propuso llevar las cuerdas al lado contrario, donde todavía quedaba espacio bajo el alero.
Sophia reconoció a Titus al volverse. Venía sin escolta y traía las tablillas protegidas por un pliegue del manto.
—Allí estorbarán al pesador —respondió el hombre.
—No si las dejáis después de la puerta. La necesita abierta, no despejada a veinte pasos.
El encargado consideró la indicación, llamó a su compañero y entre ambos comenzaron a recoger la pila.
Sophia se apartó para dejar pasar al primero de los carros.
Su conductor le dio las gracias con un movimiento de la cabeza, demasiado ocupado en calcular la distancia a la pared para detenerse a hablar.
—Menandros dijo que habías venido antes —comentó Titus cuando pudieron escucharse sin levantar la voz.
—Quería comprobar si habían quitado esa cubierta. Anoche aseguraron que estaría recogida al amanecer.
—Quizá su amanecer dura más que el nuestro.
—Voy a preguntar quién lo ha decidido así. La próxima vez podrían dejar las cuerdas debajo de los carros y ahorrarnos la sorpresa.
Titus miró hacia el pasadizo y la expresión que apareció brevemente en su rostro hizo que Sophia sonriera.
Estaban empezando la tercera semana de trabajo y las normas de paso aún exigían recordatorios diarios.
Algunas casas las cumplían hasta el último detalle; otras descubrían a cada momento una razón para considerarse una excepción.
Los hombres destinados a retirar el limo del canal y a conservar utilizables los accesos próximos a los muelles tampoco podían acomodarse siempre a las necesidades de los comerciantes.
Aquella mañana habían avisado de que quizá fuera necesario limitar una entrada durante unas horas más. Nadie había precisado todavía cuáles.
—¿Has sabido algo de Philostratos? —preguntó.
—Recibió dos quejas y las está llevando a la oficina. Vendrá cuando pueda. Dice que el primer aviso de hoy no modifica nuestros turnos.
—Eso debería tranquilizarme.
—Te lo transmito tal como lo dijo.
La segunda carreta pasó por fin, y Sophia se disponía a entrar con Titus cuando se acercó un hombre de unos cuarenta y tantos años, acompañado por un joven que cargaba una bolsa de cuero.
Llevaba una túnica de buena tela, aunque gastada en el borde, y una capa corta que había sufrido bastante en los caminos.
No parecía contrariado por la confusión de la calle.
Observó el paso que acababa de despejarse, esperó a que se apartara la mula y preguntó por el responsable de admitir cargas durante unos días.
—¿De qué casa vienes? —quiso saber Sophia.
—De ninguna de aquí. Traigo paños de lana desde Mileto y he de entregar una parte en Éfeso. El resto seguirá viaje en cuanto encuentre una salida conveniente. Me dijeron que la casa de Herakleon conocía los espacios disponibles y no prometía dos veces el mismo rincón.
—Eso último esperamos conseguirlo —respondió ella—. ¿Cuántos fardos son?
—Seis para guardar, quizá ocho si el comprador no recoge a tiempo los suyos. No pesan demasiado; el inconveniente es que no deben quedar donde los salpique el agua ni junto a recipientes que puedan manchar la tela.
Sophia iba a pedirle el nombre cuando Titus dejó de mirar hacia el carro y se adelantó medio paso.
—¿Aulus?
El recién llegado se volvió hacia él. Tardó un instante en reconocerlo, o al menos eso le pareció a Sophia por la manera en que entornó los ojos antes de sonreír.
—Naso. Creí que seguías por Rodas.
—Hace tiempo que salí de allí.
—Y yo llevo demasiado sin preguntar por nadie más allá de los hombres a los que debo cobrar. ¿Trabajas aquí?
—Durante unas semanas. Te presento a Flavia Sophia, hija de Gaius Flavius Herakleon. Es una de las personas con las que tendrás que hablar si buscas sitio para tus fardos.
—Aulus Vibius Longus —dijo el comerciante, inclinando ligeramente la cabeza—. Espero que mi mercancía no llegue en el peor momento.
Sophia respondió al saludo. Había pensado en aquella posibilidad desde que Titus mencionó el nombre ante Apollonios, pero oírlo en boca del propio hombre resultó menos extraordinario de lo que había imaginado.
Estaba allí con polvo en las sandalias, una bolsa de cuentas y seis u ocho fardos que necesitaban resguardo.
Lo primero que deseaba saber era si iba a encontrarlo.
—El momento es complicado para casi todos —contestó—. Podemos comprobar qué espacio queda. Si vienes, te enseñaré la relación de entradas, pero antes necesito saber cuánto tiempo pretendes dejar la carga.
—Dos días, si los vientos y los compradores cumplen su parte. Tal vez tres. No voy a pedirte que respondas por el mar.
—Ni por los compradores —añadió Titus.
—Por esos, mucho menos.
Aulus se rio, y Sophia reconoció en la breve conversación la familiaridad limitada de quienes habían hecho negocios alguna vez y conservaban una anécdota común.
Titus no le preguntó por su familia ni por los puertos que había visitado desde entonces.
Volvió a la cuestión del almacén, interesándose por si la parte destinada a continuar viaje iría en una sola partida.
—Depende de la embarcación —respondió Aulus—. Si tengo que dividirla, procuraré que no queden los fardos más difíciles en manos del último transportista. Ya me ocurrió una vez.
—En Mileto —dijo Titus.
—Veo que conservas buena memoria para las desgracias ajenas.
—Recuerdo que quisiste contar las piezas antes de firmar la recepción.
—Y encontré dos menos de las acordadas. Nunca he lamentado aquella molestia.
Sophia los escuchó mientras avanzaban hacia el recinto.
Aulus hablaba sin esfuerzo, pero examinó con atención los cierres y la distancia entre la entrada y el patio techado.
No era un visitante dispuesto a confiar en una buena recomendación.
Al llegar a la primera estancia pidió permiso para ver el suelo y comprobó con la punta de la sandalia que no hubiera humedad junto al muro.
—Aquí cabrían los seis —observó.
—Aquí ya hay una partida comprometida hasta mañana —respondió Sophia—. Y no puedo permitir que el siguiente depositante encuentre ocupado el espacio por una salida que se retrase. Te mostraré otro lugar.
La llevó hasta una zona del depósito compartido que se abría a un patio interior.
El responsable se encontraba allí contando recipientes vacíos.
Reconoció a Sophia, le mostró el tramo que había quedado libre al amanecer y explicó que una de las casas aún esperaba a dos conductores que debían recoger sus mercancías.
La noticia no bastaba para ofrecer aquel espacio; podía quedar vacío hasta la tarde o volver a ocuparse en cualquier momento.
—Si lo reservamos desde mañana —propuso Sophia—, ¿qué debe salir antes?
El encargado señaló una hilera de cestos que aguardaban junto a la pared.
Había que trasladarlos, limpiar el suelo y dejar accesible una puerta estrecha utilizada por los hombres del patio.
Titus preguntó cuánto espacio ocupaba el paso cuando dos personas llevaban una carga entre ambas.
El encargado lo mostró caminando desde la puerta hasta el centro.
Aulus permaneció al lado de sus fardos imaginarios, calculando con los ojos.
—Podría utilizar solo esa mitad —dijo al fin—. No necesito que mis hombres entren y salgan a todas horas. Si los paños quedan elevados del suelo, bastará con que el responsable pueda abrirme cuando venga a retirarlos.
—La retirada tendrá que avisarse con antelación —respondió Sophia—. No puedo poner a tu disposición un paso que también usan los demás.
—Eso puedo asegurarlo. Lo que no te aseguraré es el día exacto de salida mientras no lo conozca.
—Entonces fijaremos un máximo y hablaremos de nuevo si no basta.
Aulus aceptó sin tratar de obtener una promesa más amplia.
Sophia pidió al encargado que calculara el coste de ocupar aquella parte por dos días y las condiciones para un tercero.
Tendrían que contrastarlo con Menandros antes de comprometer la casa, porque él llevaba desde la semana anterior la relación de espacios y horarios del depósito compartido.
Al oír el nombre, Titus miró a Sophia, pero no intervino.
Ella agradeció poder decir con naturalidad que su hermano resolvería la disponibilidad y que su padre conservaría la última palabra sobre cualquier obligación que excediera lo habitual.
Salieron de nuevo al patio, donde Aulus encargó al muchacho que buscara al conductor que había quedado con los fardos. El joven se alejó calle abajo y el comerciante se quitó la capa, doblándola sobre un brazo.
—He visto peores semanas para encontrar sitio —dijo—. También he pagado más por almacenes donde el techo era una promesa y la lluvia una certeza.
—Aquí el techo existe —repuso Sophia—. Sobre las fechas prefiero que hablemos con cuidado.