Capítulo 8. Una consulta desde Alejandría #3
—¿Trabaja por cuenta propia? —preguntó Apollonios.
—Lo vi tratar con distintos transportistas.
No sé si tenía intereses en aquellas cargas o actuaba para otra casa.
Lo que recuerdo es que se ocupó de comprobar una entrega y no quiso reconocer la cuenta antes de ver los recipientes.
Podría reconocerlo si volviera a encontrarlo, pero no daría por seguro su domicilio.
—¿A qué ciudad lo asociarías? —preguntó Sophia.
—A Mileto, entonces. Después he oído su apellido en conversaciones sobre rutas del Egeo, pero no puedo asegurar que todas se refirieran a él.
Apollonios dobló el escrito y lo colocó junto a sus tablillas.
—Puedo enviar a Alejandría que existe un hombre con ese nombre conocido en Mileto.
—Todavía no sabemos si sigue allí —observó Sophia—. Ni siquiera si buscan a ese hombre y no a otra rama de la familia. Es mejor decir lo que Titus ha visto y hasta dónde llega su recuerdo.
El escriba asintió y cogió un fragmento limpio de papiro para preparar la respuesta.
Sophia le dictó una fórmula breve: un agente que había trabajado en puertos del Egeo recordaba a un comerciante llamado Aulus Vibius Longus, visto años antes en Mileto; no tenían confirmación reciente de su residencia ni de que perteneciera a la rama concreta por la que preguntaban.
Apollonios la hizo repetir la última parte y eliminó una palabra que podía convertir el recuerdo de Titus en una identificación segura.
Después leyó la frase en voz alta para comprobar que habían dicho exactamente aquello.
—Podemos preguntar a otros agentes cuando vengan —comentó—. Quizá alguien sepa más.
—Si se presenta la ocasión —respondió Sophia—. No hay razón para sacar a los hombres de sus obligaciones por una consulta que no exige respuesta inmediata. Y no quiero que se pregunte por la historia de una familia de la que no sabemos nada.
Apollonios dejó el cálamo sobre la mesa.
—Escribiremos esto. Si necesitan otra cosa, tendrán que explicarla.
Durante unos momentos la conversación regresó a Alejandría y a los caminos por los que viajaría la respuesta.
Apollonios no podía asegurar en qué nave saldría; dependía de quién aceptara transportar sus cartas y de qué escalas estuvieran previstas.
Sophia conocía aquella incertidumbre. A veces el aviso de una salida llegaba antes que el hombre encargado de llevarlo; otras, la noticia de que una carga había alcanzado su destino tardaba más que el propio viaje.
Nadie que trabajara con comerciantes alejados podía confundir una carta enviada con una respuesta recibida.
Menandros terminó entretanto la relación de los dos carros y pidió permiso para marcharse antes de que los encargados se dispersaran.
Sophia revisó la cifra final, le devolvió la tablilla y se despidió.
Su hermano salió con una decisión concreta que debía defender por sí mismo.
Titus lo siguió con la mirada hasta que cruzó el umbral y después volvió a la mesa donde Apollonios estaba atando sus cartas.
—Menandros ha preparado unas condiciones sensatas —dijo Titus.
—Ha pasado buena parte de la mañana comprobando el espacio —respondió ella—. Yo solo he intervenido en el límite de los turnos.
—Conocer ese límite es importante. También lo es que alguien pueda encargarse de explicarlo cuando tú estés en otro lugar.
Sophia levantó la vista hacia él. La frase no tenía un sentido oculto que necesitara descubrir.
Ese mismo día había dejado dos gestiones en manos de su hermano y había podido emplear unas horas en correspondencia que le interesaba atender.
Aun así, recordó la pregunta de Titus en la puerta del patio y la facilidad con que otras personas parecían aceptar una ausencia breve.
No estaba preparada para decirle qué tarea abandonaría primero; al menos empezaba a distinguir cuáles podían esperar a que ella regresara.
Apollonios anunció que tendría la respuesta escrita antes del anochecer. Sophia le dio las gracias y recogió las tablillas que debía llevar de vuelta a casa. Mientras cerraba su bolsa, Titus pareció recordar algo y volvió la cabeza hacia la carta apartada.
—Aulus solía pasar por Éfeso en esta época del año —dijo—. Al menos lo hizo las veces que coincidí con él en el Egeo. Puede aparecer por aquí sin que nadie tenga que salir a buscarlo.
—Entonces, si llega y tenemos ocasión de hablar con él, sabremos algo más —respondió Sophia.
No pidió que enviaran recados a los almacenes ni que anotaran el nombre en todas las tablillas.
Apollonios guardó la consulta entre la correspondencia de Alejandría, y Sophia salió con Titus hacia la calle, donde aún había carros esperando su turno.
Tenía que regresar a casa para conocer la respuesta que Menandros obtuviera sobre la galería y decidir si podían ofrecer una habitación al viajero de Quíos.
El nombre de Aulus Vibius Longus podía permanecer, de momento, donde estaba: en una carta cuya pregunta aún no exigía nada más de ellos.