Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 8. Una consulta desde Alejandría #2
23%

Capítulo 8. Una consulta desde Alejandría #2

—Un hombre de la casa que trabaja con Leontios. Trae una petición para colocar fardos durante dos días, hasta que puedan trasladarlos a su depósito habitual. Todavía no sabemos cuántos carros llegarán. Le he dicho que no podía comprometer nada solo con su palabra.

—Has hecho bien. ¿Dónde quiere dejarlos?

—En la galería que linda con la habitación de los pesadores. Dice que hay sombra suficiente y que sus hombres retirarán la mercancía antes del tercer día.

Sophia conocía aquella galería. Habían dejado libre una parte por si el paso lateral volvía a cerrarse durante los trabajos del puerto. No era un lugar que pudiera ofrecerse sin más, pero tampoco deseaba rechazar a otra casa por una posibilidad que quizá no llegara a producirse.

—Lleva la relación esta tarde —respondió—. Si sabemos qué ocupa cada tramo y cuánto espacio piden de verdad, podremos contestar. No prometas todavía la galería ni digas que está cerrada para todos.

Menandros asintió y salió para avisar a los encargados.

Sophia regresó a su habitación de trabajo a buscar una carta que debía entregar a Apollonios.

La consulta de los Vibii seguía apartada junto a las tablillas, tan breve que parecía extraño haberla recordado en medio de los nuevos problemas.

Se la guardó con el resto de la correspondencia sin atribuirle más importancia de la que tenía.

La estancia donde Apollonios recibía visitas se encontraba en una casa próxima a una calle comercial que conducía hacia las rutas del puerto.

Era una habitación estrecha pero bien iluminada, con una mesa sobre soportes, dos arcas bajas y estantes donde guardaba rollos y tablillas de los que respondía personalmente.

Había abierto la puerta para dejar salir el calor de la tarde y, cuando Sophia llegó, estaba comparando dos copias de una relación de embarque.

Uno de los hombres que lo ayudaban se retiró con una de ellas, después de recibir instrucciones de buscar una cifra en la copia del día anterior.

Titus ya estaba allí. Había dejado su manto doblado sobre el respaldo de un asiento y examinaba con Menandros la relación de espacios disponibles.

Sophia reconoció las marcas que su hermano había añadido durante la mañana.

No se habían limitado a copiar las cifras antiguas: junto a los tramos que podían ofrecer figuraban las salidas ya comprometidas y una anotación acerca de los días de prueba acordados con Leontios.

—Estamos hablando de la nueva petición —explicó Menandros—. Los fardos cabrían en la galería, si llegaran todos juntos. El problema es la puerta que queda detrás. Si hay que utilizarla antes de que se los lleven, no podremos sacar los recipientes de la habitación contigua.

Sophia tomó asiento y pidió ver las medidas. La casa que solicitaba la galería aseguraba que enviaría hombres para retirar los fardos, pero no había indicado a qué hora. Titus señaló la línea que Menandros había marcado en la cera.

—¿Sabemos si habrá dos carros o cuatro? —preguntó.

—Solo sabemos lo que nos han pedido que estemos dispuestos a recibir —respondió Menandros.

—Entonces no podemos prometer sitio para cuatro —dijo Sophia—. Si los dos primeros llegan como han anunciado, podrían ocupar el lado de la pared hasta que se abra el turno siguiente. Los otros tendrían que esperar fuera o dirigirse al depósito que ya utilizan.

—La mitad de la galería bastaría para esos dos —dijo su hermano—. Dejaríamos el paso abierto.

Titus no añadió enseguida otra propuesta.

Se levantó para comprobar las señales que Menandros había dejado en un croquis sencillo del patio y preguntó qué ocurriría si la segunda carga se retrasaba hasta la mañana posterior.

Sophia explicó que en ese caso las mercancías de su familia tendrían prioridad sobre el espacio reservado antes de los trabajos, siempre que su salida continuara fijada para el mismo turno.

Hablaron después de quién comprobaría el número de fardos y de qué manera se anotaría cualquier jornada de espera, para evitar que Leontios reclamara una compensación por un tiempo en el que sus hombres hubieran estado atendiendo una carga propia.

—Dales respuesta sobre los dos primeros carros —dijo Sophia a Menandros—. Con la condición de que el encargado retire los fardos cuando termine el segundo turno. Si necesitan más días, tendrán que pedirlos antes, no cuando la galería esté llena.

—Lo hablaré con ellos antes de que oscurezca.

—Y si discuten porque desean todo el espacio, no aceptes nada distinto por conseguir que se marchen contentos.

Menandros levantó la cabeza con una expresión que ella conocía bien.

—Si quieren discutirlo, podrán hacerlo conmigo. Después te diré qué han respondido.

Sophia estuvo a punto de corregir el tono; su hermano había hablado sin insolencia.

Guardó silencio y él regresó a la tablilla.

Era una forma de trato que aún les costaba a los dos, aunque empezaba a resultar más sencilla: Sophia podía señalar los límites de un acuerdo y dejar que Menandros fuera quien sostuviera la conversación posterior.

Apollonios había permanecido junto a su mesa mientras resolvían el asunto. Esperó a que Menandros terminara de anotar las condiciones y entonces preguntó si Sophia había encontrado algo sobre la correspondencia de la mañana. Ella sacó el breve escrito y lo extendió en la zona libre de la mesa.

—Poco. Recuerdo el apellido Vibius, pero no sabría indicar una casa. Menandros tampoco ha reconocido el nombre completo. Hemos pensado que quizá Titus conozca a alguien entre los agentes de Mileto o de los otros puertos donde ha trabajado.

Titus se acercó. Leyó la consulta sin tocarla y señaló la línea donde figuraba el nombre.

—Conocí a un Aulus Vibius Longus en Mileto —dijo—. Coincidimos en el traslado de unas mercancías que tenían varios destinatarios. Después volví a verlo, aunque apenas hablamos. No sé si es el hombre por quien preguntan.

Sophia estudió el rostro de Titus. Él hablaba como antes había hablado de los hombres que conoció en Quíos y Rodas: dando nombres y circunstancias, sin sugerir que el encuentro hubiera tenido más importancia de la que tuvo para él.

No hacía falta que la memoria compartida de aquellos años acompañara cada noticia de su vida fuera de Éfeso.

Le agradó poder preguntarle por un contacto que ella desconocía y recibir una respuesta sin que ninguno sintiera la necesidad de explicar siete años de distancia.