Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 8. Una consulta desde Alejandría
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Capítulo 8. Una consulta desde Alejandría

A primera hora de la mañana, Menandros había sacado del armario de las tablillas una relación que Sophia necesitaba para comprobar la llegada de dos cargamentos.

La encontró extendida sobre la mesa del despacho, junto a las notas que su hermano había preparado durante la tarde anterior.

Él estaba cotejando unas cantidades con un escriba y levantó la vista cuando la oyó entrar.

—Ya he hablado con los hombres del patio —dijo—. La carga más pequeña llegará antes de que abran el segundo acceso. Si se retrasa, la dejaremos en el cobertizo de entrada hasta que salga el carro de Teón.

Sophia se inclinó sobre la tablilla. Reconoció el sello del depositante y comprobó que los nombres de los destinatarios figuraban donde correspondía.

Estuvo a punto de preguntarle quién conservaría la llave del cobertizo, pero la respuesta estaba escrita en una nota al margen.

El responsable había aceptado el encargo la tarde anterior.

—Entonces no hace falta que vaya —dijo.

Menandros apartó el cálamo de la cera.

—Para esto, no. Aunque si te apetece venir a ver cómo colocan los fardos, los hombres estarán encantados de trabajar bajo dos miradas en lugar de una.

—No creo que les haga falta otra.

Su hermano regresó a la relación sin discutirle la decisión.

Sophia salió con las dos cuestiones que sí debía atender todavía en la cabeza: una respuesta pendiente para un comerciante de Quíos y la revisión de una habitación que habían ofrecido a un huésped de paso.

Eran asuntos que conocía bien y que prefería resolver personalmente.

Lo que Titus le había preguntado la tarde anterior continuaba sin respuesta, aunque aquella mañana había conseguido dejar un trabajo en manos de Menandros sin justificarlo ante nadie.

Eso, al menos, resultaba más sencillo de lo que había esperado.

Encontró a Apollonios en el patio interior de la casa, sentado en un banco desde el que podía ver la entrada sin estorbar a quienes cruzaban con cestas y recipientes.

Había llegado con un pequeño fardo de correspondencia atado con una cinta y un rollo corto protegido por una funda de cuero.

Lo conocía desde hacía años; unas veces se presentaba con noticias útiles de comerciantes de Oriente y otras con preguntas cuya respuesta parecía importar mucho a quien las enviaba y bastante menos a quien tenía que encontrarlas.

—Mi padre no esperaba verte hasta la semana próxima —le dijo Sophia.

Apollonios se levantó para saludarla.

—Yo tampoco esperaba estar aquí hoy. Una nave cambió sus planes y dejó en la costa varios mensajes que iban a salir más adelante.

Uno de nuestros conocidos encontró un viajero dispuesto a traerlos a Éfeso, y he preferido recogerlos antes de que acabaran repartidos entre hombres que no sabrían a quién buscaban.

—¿Has desayunado?

—Lo suficiente para distinguir los nombres. El resto puede esperar hasta que termine de entregarlos.

Sophia hizo que le llevaran agua y pan. Apollonios aceptó el pan después de protestar por cortesía y colocó el fardo sobre una mesa baja, procurando no manchar con las manos húmedas los dobleces de papiro.

Había cartas para varias casas, además de dos mensajes destinados a agentes que solían pasar por el puerto.

No todas las noticias traían decisiones inmediatas: un hombre de Alejandría advertía que un pago se demoraría hasta recibir una copia de la cuenta; otro solicitaba confirmar si un envío de tejidos había salido finalmente de Mileto; un tercero preguntaba por alojamiento para un pariente que viajaría con muestras y no quería ocupar una posada cerca de los muelles.

—Ese último cree que una recomendación suya puede abrir todas las puertas —observó Sophia, después de leer el nombre del remitente—.

La estancia pequeña está ocupada hasta dentro de cuatro días.

Puedo ofrecerle hospedaje después, si acepta venir cuando termine el encargo del hombre que tenemos ahora.

—Se lo escribiré así. No ha dicho que deba llegar una fecha precisa.

—La fecha será precisa cuando descubra que no puede alojarse antes.

Apollonios dejó escapar una risa breve. Había aprendido a tratar las protestas de los comerciantes como una parte habitual de las negociaciones y pocas veces convertía una exigencia ajena en una urgencia propia.

Sophia agradecía su manera de trabajar. Había pasado demasiadas mañanas recibiendo mensajes que pedían algo sin explicar quién se haría cargo de cumplirlo.

El escriba le tendió otro fragmento de correspondencia, más corto que los anteriores.

Estaba plegado con cuidado y había sido abierto antes de llegar a sus manos.

En lugar de una relación de mercancías contenía una sola pregunta, formulada con una cautela que sorprendió a Sophia: deseaban saber si en Éfeso o en las rutas que atravesaban la ciudad se conocía a algún comerciante, agente o rama familiar que utilizara el nombre de Vibius Longus.

Leyó la consulta una segunda vez. El remitente no explicaba para qué necesitaba el dato. Tampoco adjuntaba nombres de socios, deudores o propiedades que permitieran situar la pregunta en una operación concreta.

—¿Te han enviado solo esto? —preguntó.

—Solo esto. Venía junto a otras cartas, pero no forma parte de sus acuerdos. Quien me pidió que lo transmitiera quería saber si aquí se reconoce el nombre. Si no hay nadie, bastará con decirlo.

—No dice siquiera si busca a un hombre vivo.

—Precisamente por eso prefiero preguntar antes de contestar que no.

Sophia estudió los caracteres. Conocía algunos apellidos romanos por las marcas de ánforas, los sellos y los contratos que pasaban por la casa.

Había oído nombrar a los Vibii durante conversaciones entre agentes del litoral, aunque no habría podido recordar en qué ocasión.

El apellido Longus le resultaba menos seguro.

Quizá perteneciera a un comerciante de Mileto; quizá lo había leído unido a un nombre completamente distinto y ahora confundía dos referencias.

En Éfeso coincidían hombres procedentes de tantas ciudades que un nombre podía circular durante años sin que nadie conociera a su portador.

—Creo haber oído hablar de esa familia —dijo al fin—. No sé si puedo reconocer a una persona concreta. ¿Hay alguien que espere una respuesta antes de que salga tu próxima correspondencia?

—Nadie me ha fijado plazo. Haré llegar lo que sepamos cuando tenga ocasión.

—Entonces no conviene inventar uno.

Dejó la carta sobre la mesa, apartada de las otras, para que no terminara mezclada con los asuntos urgentes.

Le pidió a Apollonios que comiera mientras ella consultaba una antigua relación de depositantes.

No pensaba levantar las cajas de documentos familiares en busca de un apellido que tal vez hubiera visto en otro lugar, pero sí podía comprobar las relaciones que tenían a mano.

Un escriba fue a buscar dos tablillas recientes; Sophia las recorrió sin encontrar nada concluyente.

Había varios nombres latinos y dos referencias a socios de Mileto. Ninguno coincidía.

—No me preocupa decir que no lo sé —comentó mientras devolvía las tablillas—. Me preocupa escribir que no existe nadie solo porque nosotros no lo conocemos.

Apollonios asintió.

—En Alejandría saben de sobra que un hombre puede comerciar por medio de otros sin poner su nombre en cada relación. Les bastará una respuesta prudente. Más vale que llegue poco que enviarles un error y obligarlos después a corregirlo.

Sophia plegó de nuevo la consulta. Había ocasiones en las que recibir una pregunta parecía conceder a quien la escuchaba la obligación de resolverla.

Durante años ella misma había tratado así muchos encargos, sobre todo cuando procedían de personas que confiaban en el nombre de su padre.

Aquella vez no existía razón para correr por toda la ciudad buscando a un desconocido.

Le devolvería a Apollonios la carta con un dato preciso o con la admisión de que no podían ofrecerlo.

El resto de la mañana transcurrió entre tareas que no admitían tanta calma.

El hombre llegado de Quíos quería adelantar dos días su partida y llevarse unas muestras antes de que estuvieran reunidas.

Sophia tuvo que hacerle explicar qué podía transportar por separado y qué necesitaba conservar junto, pues no era igual enviar tres fardos de tejido que un conjunto cuyos colores debían compararse al recibirlo.

Acabaron acordando una primera entrega pequeña, con la condición de que el comprador no la considerara prueba de que el resto saldría antes del plazo fijado.

Cuando el hombre se marchó, ella aún tenía que ordenar un recibo y comprobar que el huésped anunciado para la semana siguiente aceptaría la estancia ofrecida.

Menandros apareció hacia el mediodía con noticias del cobertizo.

La primera carga había entrado sin dificultades y el carro de Teón estaba preparado para salir en su turno.

Sophia escuchó la explicación, hizo una pregunta sobre las marcas de los fardos y dejó que su hermano continuara con su propio recuento.

No le pidió que volviera a mostrarle cada tablilla.

—Apollonios ha traído correspondencia de Alejandría —le dijo cuando terminaron—. Además de los asuntos habituales, pregunta por una familia con nombre romano. ¿Recuerdas a alguien llamado Vibius Longus?

Menandros frunció el ceño.

—He visto el nombre Vibius en un par de cuentas antiguas, creo. Longus no sabría decirte. Si esperas hasta mañana, puedo preguntar a los hombres que llevan los depósitos cercanos al puerto.

—No hace falta preguntar a todos. Apollonios no tiene prisa y quizá Titus conozca el apellido por sus años fuera de Éfeso. Lo veremos con él esta tarde, cuando revisemos los cambios de acceso.

—Entonces mejor. Si encontramos a alguien, ya tendremos una dirección que comprobar. Por cierto, han venido a pedir otro espacio cubierto.

Sophia dejó sobre la mesa la tablilla que sostenía.

—¿Quién?