Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 7. La parte que todavía desea #3
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Capítulo 7. La parte que todavía desea #3

—No tanto como crees. En Quíos pasé una temporada en casa de un matrimonio que tenía un jardín con dos higueras.

La mujer me cobraba los higos que comía y regalaba el doble a los vecinos.

Nunca supe por qué, aunque una vez me dijo que sus vecinos podían acudir cuando ella necesitara algo y yo acabaría marchándome.

—Tenía razón.

—La tenía. Cuando se dañó parte del tejado, sus vecinos acudieron antes que el albañil. Yo me limité a sujetar una escalera y a procurar no estorbar.

Sophia imaginó la escena sin dificultad.

Hasta ese momento había pensado en los viajes de Titus como una sucesión de barcos, compromisos profesionales y despedidas.

Resultaba extraño descubrir en ellos una mujer que cobraba por los higos, una escalera junto a un tejado y un hombre que a veces era simplemente huésped de otros.

—¿Y Rodas?

—Rodas fue distinta. Durante varios meses compartí una casa con dos hombres que trabajaban para armadores.

Uno sabía preparar unas aceitunas que hacían olvidar cualquier otra cosa que te hubieran servido para cenar.

El otro pretendía cantar mientras preparaba las suyas.

Al final los vecinos consiguieron que dejara de cantar, pero nadie logró que aprendiera a cocinarlas.

—Tu vida parece haber estado llena de personas con opiniones muy firmes sobre la comida.

—Es lo que uno acaba recordando después de contar suficientes sacos de grano.

Sophia escuchó el eco de una risa breve que él no intentó prolongar.

Quiso preguntarle por los días de enfermedad, las ocasiones en que había echado de menos Éfeso o lo que había ocurrido después de la muerte de su padre.

Recordó entonces la visita a Claudia Eirene y la naturalidad con que madre e hijo habían hablado de una vida que continuaba fuera de la ciudad.

Ya habría tiempo, quizá, para otras preguntas.

De momento prefería aquellas escenas pequeñas, que nadie había preparado para convencerla de nada.

—Supongo que has tenido muchas oportunidades de aprender a no intervenir en asuntos ajenos —dijo.

—Las suficientes para descubrir que seguirán siendo ajenos aunque sepa cómo podrían resolverse.

—Eso debería enseñárselo a mi hermano.

—A Menandros no le falta decisión.

—Le sobra en ocasiones.

—A nosotros nos sobra experiencia en otras.

Sophia giró la cabeza, sorprendida por el plural.

Titus contemplaba la salida del pórtico, donde la luz de la tarde iluminaba las piedras desgastadas.

No parecía haber buscado una réplica ingeniosa.

Había incluido sus propias costumbres entre las que podían dificultar las cosas, y Sophia descubrió que prefería aquella respuesta a una defensa de su hermano o a una invitación a cambiar.

Habían terminado la inspección sin encontrar dificultades nuevas.

El patio seguía funcionando con las limitaciones convenidas, al menos hasta que llegara otra partida o las obras obligaran a modificar un acceso.

Sophia podía regresar a casa, preparar la llegada del huésped y ocuparse de los asuntos que sí deseaba atender.

Pensó en Thaleia camino de la casa de su hermana, dejando las lámparas y los cierres en manos de personas que podían responder por ellos.

Pensó también en Menandros, que había recibido aquella mañana los recipientes sin pedirle ayuda.

Al llegar a la puerta que comunicaba el patio con la calle, Titus se apartó para que pasara una pareja de hombres cargados con un arcón pequeño. Después permaneció a su lado, sin apresurar la despedida.

—Esta mañana me he ocupado de un asunto que llevaba años resolviendo —dijo Sophia—. Descubrí que me sigue gustando. Y he dejado otro en manos de alguien que podía hacerlo mejor que yo, al menos hoy.

—Parece una mañana provechosa.

—Mi madre diría que he tardado demasiado en distinguir una cosa de la otra.

—Tu madre conoce esta casa desde hace más tiempo que nosotros.

Sophia se volvió para despedirse. Titus había guardado ya sus tablillas y tenía el manto doblado sobre el brazo, dispuesto a marcharse hacia otra reunión. Sin embargo, antes de separarse, añadió con una sencillez que la desconcertó:

—Si supieras que nadie te consideraría menos útil por dejar una de tus tareas, ¿cuál abandonarías primero?

Sophia conocía demasiadas respuestas posibles.

Podría haber nombrado las cuentas menores, la vigilancia de las entregas o las visitas que hacía únicamente porque siempre las había hecho ella.

Pero todas aquellas obligaciones podían delegarse con un poco de cuidado; la pregunta se refería a lo que desearía hacer con esa libertad.

Miró hacia la calle, donde una mujer esperaba a que su acompañante terminara de atar un paquete, y buscó una respuesta que no sonara prestada de las conversaciones de aquella mañana.

No la encontró. Titus aguardó sin corregir la pregunta ni ofrecerle alguna de las soluciones que ella había pasado años ofreciendo a los demás. Sophia continuó junto a la puerta, incapaz todavía de decir qué dejaría atrás si pudiera hacerlo sin tener que justificarse.