Capítulo 7. La parte que todavía desea #2
—Lo suficiente. Si alguien viene a pedir un cierre especial mientras estoy fuera, perderemos una venta. También perdemos encargos cuando mi marido enferma o llueve sobre las obras y nadie puede transportar las piezas. No es agradable, pero ocurre.
Tomó uno de los higos y lo abrió entre los dedos con la facilidad de quien había crecido comiéndolos sin ceremonia.
—Además, mi hermana me ha pedido que vaya. Sería extraño que me quedara aquí para asegurarme de que ningún desconocido se marcha sin una lámpara.
La frase carecía de intención ejemplar. Thaleia había tomado una decisión, hecho lo necesario para cumplirla y aceptado las consecuencias que no podía evitar. Sophia no tenía razones para admirar aquel orden de cosas tanto como lo admiró.
—¿Nunca te preocupa que hagan algo de otra manera? —preguntó.
—Naturalmente. —Su prima señaló la hoja de hiedra que había dejado sobre el banco—. Mira lo que hacen cuando estoy delante. Pero no voy a volver de casa de mi hermana para discutir cuántos nervios debe tener una hoja. Ya lo discutiremos cuando regrese.
Sophia se echó a reír. Thaleia le alcanzó la otra mitad del higo, y durante un rato hablaron de cosas que no requerían ningún acuerdo: una vecina que había puesto a secar tejidos en el momento menos oportuno, el calor que empezaba a acumularse en las estancias interiores y un pariente empeñado en ofrecer a todo visitante el mismo vino que nadie parecía disfrutar.
Cuando Sophia se levantó para marcharse, su prima la acompañó hasta la tienda.
Nysa estaba atendiendo a otra compradora y pidió permiso para mostrar un cierre de un modelo distinto al que solían vender.
Thaleia se lo concedió sin abandonar la conversación con Sophia.
Mientras se despedían, la joven resolvió la venta por su cuenta y dejó las monedas en el recipiente destinado a la caja.
Thaleia ni siquiera se volvió para comprobar la cantidad.
Sophia regresó hacia el puerto después del mediodía.
Había quedado en encontrarse con Titus para revisar los pasos que seguirían utilizándose durante el siguiente turno.
El trabajo no exigía una reunión larga, pero convenía comprobar el espacio a pie antes de aceptar otro compromiso de Leontios.
Encontró a Titus junto a una hilera de soportes vacíos, conversando con un encargado sobre la salida de varios fardos.
Él se despidió del hombre cuando la vio acercarse.
—Menandros me ha dicho que habéis recibido los recipientes —comentó mientras echaban a andar.
—Dos se han quedado en el taller. Los traerán mañana.
—Entonces los demás están donde debían.
Sophia observó cómo un par de cargadores atravesaban el patio con un armazón de madera.
Si aquel tramo permanecía libre durante las primeras horas, los hombres de Leontios podrían sacar su mercancía sin estorbar la entrada de los carros de su familia.
Les bastó recorrerlo para confirmar que el turno fijado dos días antes seguía siendo posible.
—No esperaba que hubiera tan poco movimiento —dijo ella.
—Han adelantado una partida para dejar espacio esta mañana. Ayer se les comunicó a todos los que necesitaban pasar por aquí.
—Y esta vez alguien ha escuchado.
—A veces ocurre. Conviene recordarlo cuando llevamos varios días viendo lo contrario.
Se detuvieron junto a una puerta lateral que quedaba a la sombra.
Sophia preguntó por la anchura necesaria para que pudieran cruzarse los hombres con cargas más pequeñas.
Titus le enseñó las marcas que habían dejado en una tabla y propuso mover un soporte de madera a un extremo.
Ella aceptó después de comprobar que no estrecharía la salida hacia la calle.
Titus no dio por terminada la inspección. Esperó a que pasaran dos hombres con sacos y señaló un pequeño banco junto al muro donde los encargados descansaban cuando el calor apretaba.
—¿Esa estancia sigue utilizándose para alojar a los ayudantes de paso? —preguntó.
—Cuando la casa no tiene espacio. Últimamente viene demasiada gente con recomendaciones de conocidos.
—Recuerdo que te ocupabas de encontrar sitio a cada visitante hace años.
—No a cada visitante. Solo a los que mi padre tenía reparos en rechazar y mi madre no quería tener junto al comedor.
Titus sonrió.
—Debo de haber sido uno de ellos.
—Tú venías por otra puerta.
La respuesta le salió antes de que midiera el recuerdo que contenía.
En aquel tiempo, Titus había entrado en la casa por la puerta que daba acceso al patio familiar y era invitado frecuente de Herakleon.
Ahora acudía para revisar tablillas, medir necesidades y cumplir un encargo ajeno.
Sophia se preparó para una broma sobre aquellas visitas, pero Titus miró hacia la estancia que acababan de mencionar.
—¿Continúas ocupándote del alojamiento?
—Sí. Hay personas cuya llegada prefiero organizar yo. Una mala habitación o una comida ofrecida demasiado tarde pueden estropear una visita antes de que empiece.
—Eso parece que te gusta.
—Me gusta recibir bien a quien viene a nuestra casa. Y conocer de antemano lo que necesita.
—¿Qué otras cosas has elegido conservar?
Sophia se volvió hacia él. La pregunta había llegado sin solemnidad, con la misma atención que Titus prestaba a las explicaciones sobre un almacén.
—Supongo que la mayor parte de mis obligaciones.
—Te he preguntado cuáles has elegido. No cuáles cumples.
Sophia miró la entrada por la que acababa de cruzar un mozo con un fardo al hombro.
Su primera respuesta habría sido enumerar todo lo que hacía y justificar por qué correspondía a su experiencia.
Sin embargo, recordó el agradecimiento de otros huéspedes al encontrar una habitación preparada con atención a sus costumbres, el alivio de una familia cuando su mercancía encontraba lugar y la gratitud de un proveedor al que no obligaban a prometer algo imposible.
—Me gusta recibir a los visitantes a quienes conocemos desde hace tiempo —dijo—. Y negociar el uso de los espacios cuando las personas están dispuestas a respetar un acuerdo. Incluso cuando es difícil. Me gusta saber que una palabra dada hoy no causará una disputa dentro de un año.
—Eso explica bastantes cosas.
—¿Cuáles?
—Por qué recuerdas compromisos que otros consideran terminados en cuanto reciben lo que han pedido.
Sophia aceptó la observación sin saber si era un elogio. En boca de Titus sonó más como algo que había llegado a comprobar trabajando con ella.
—También me gusta decidir qué podemos ofrecer sin avergonzarnos después de no haberlo cumplido —añadió—. Es desagradable tener que negarse cuando alguien confía en que diremos que sí, pero peor sería aceptar para dejarle el problema a otro.
Titus se apoyó en la pared, dejando libre el paso.
—¿Y las cuentas pequeñas de cada semana? ¿Los pagos que ya están autorizados? ¿Los encargos que revisas aunque Menandros haya tratado directamente con el proveedor?
Sophia lo miró con más atención.
—Mi hermano habla demasiado.
—Tu hermano me ha dicho que recibió unos recipientes y que tú conocías al fabricante. Nada más. Los pagos los mencionaste durante nuestra primera reunión, cuando explicabas todo lo que debía tenerse en cuenta antes de mover una sola carga.
Ella recordó aquella conversación. Era cierto que había incluido cosas que apenas tenían relación con los cambios del puerto.
Había querido asegurarse de que Titus comprendiera cuánto dependía de una modificación pequeña, pero tal vez también había necesitado demostrarle que seguía conociendo cada obligación de la casa.
—Las cuentas pueden llevarlas otras personas —reconoció—. Lo hacen ya, casi siempre. Aunque algunas siguen llegando a mí por costumbre. Tampoco disfruto buscando a los mismos deudores para recordarles un plazo que han aceptado tres veces.
—¿Y sigues haciéndolo?
—Menos que antes.
Titus dejó que pasara un carretero y después retomó el paso a su lado.
La conversación podía haber terminado allí, pero Sophia llevaba un rato pensando en una pregunta propia.
Durante los días anteriores había oído hablar a Titus de entradas, salidas y acuerdos negociados fuera de Éfeso.
Conocía los nombres de algunas ciudades por sus viajes de juventud y por las mercancías que llegaban a casa.
Apenas sabía, en cambio, cómo había sido la vida cotidiana de él entre aquellas ciudades.
—Has trabajado en Esmirna, en Quíos y en Rodas —dijo—. Siempre te oigo hablar de sus almacenes. ¿Dónde vivías cuando no estabas en ellos?
Titus tardó un momento en responder. Pasaron bajo un pórtico donde el ruido del patio quedó atrás.
—En Esmirna alquilé una habitación cerca de un patio donde reparaban carros. El dueño aseguraba que los golpes terminaban al ponerse el sol. Solían empezar de nuevo cuando yo intentaba dormir. Después encontré un alojamiento más tranquilo, pero tenía que caminar el doble cada mañana.
—Y elegiste el silencio.
—Elegí llegar a las reuniones sin discutir primero con un carretero al que no conocía.
Sophia sonrió.
—Eso sí que ha cambiado.