Capítulo 7. La parte que todavía desea
Menandros ya había salido cuando Sophia llegó a la habitación donde se guardaban las cuentas de la casa.
Sobre la mesa encontró una tablilla nueva, sujeta bajo una pesa de piedra, con la relación de recipientes vacíos que debían llegar aquella mañana.
Su hermano había añadido, al final, una línea breve: el proveedor enviaría dos hombres para descargar, y Timon se encargaría de comprobar el número y el estado de las piezas.
Sophia leyó dos veces la anotación. Antes de que su hermano saliera, le había entregado las tablillas que la noche anterior aún conservaba para sí: el registro de las llaves de la sala interior y el aviso destinado al hombre que recibiría los tejidos.
Menandros comprobó una fecha, preguntó por la ubicación de una copia y se hizo cargo de ambas gestiones sin pedir que ella las supervisara.
Habían tardado menos de lo que Sophia había empleado la noche anterior buscando una razón para retenerlas.
Aun así, al encontrar aquel nuevo mensaje sintió la necesidad de ir al almacén y asegurarse de que el proveedor había cumplido.
Podía hacerlo antes de recibir a la mujer que venía a consultar el alojamiento de su cuñado.
Si se apresuraba, ni siquiera tendría que cambiar el orden de la mañana.
Dejó la tablilla en su sitio.
En el patio, Damaris estaba hablando con una servidora acerca de los panes que se llevarían a una familia vecina.
Sophia se acercó para preguntarle por el huésped cuya llegada estaba prevista al día siguiente y se encontró resolviendo, casi sin advertirlo, quién ocuparía la habitación próxima al jardín, dónde dormiría el acompañante y qué comida sería conveniente preparar después de un viaje por mar.
—A ese hombre le desagrada el pescado —observó Damaris.
—Se lo sirvieron tres días seguidos durante su última visita. Tal vez le desagrade que alguien crea que puede comerlo indefinidamente.
—Entonces le daremos algo distinto. ¿Has hablado con Menandros sobre la entrega?
Sophia miró hacia el corredor por el que acababa de pasar.
—Ha dejado instrucciones a Timon.
—Bien.
Su madre volvió a los panes sin pedir más explicaciones.
Sophia hubiera podido añadir que aún quedaba por comprobar el estado de algunas ánforas viejas y que el proveedor había entregado en otra ocasión un lote con asas mal cocidas.
Se contuvo. Menandros conocía aquel antecedente; había sido él quien discutió el precio de las piezas defectuosas.
—Esta tarde iré a ver a Thaleia —dijo.
—Llévale los higos que reservé. Y pregúntale por su hermana. Me dijeron que no se encontraba bien.
La facilidad con que Damaris había pasado de los recipientes a los higos le produjo una envidia leve, casi divertida.
En la casa, su madre también atendía obligaciones que no acababan nunca, pero parecía capaz de dejarlas donde correspondían sin volver a examinarlas cada vez que alguien pronunciaba un nombre.
Sophia aún estaba buscando una manera de hacerlo cuando llegaron a comunicarle que el huésped del día siguiente adelantaría su entrada en la ciudad.
La noticia exigió modificar la distribución que acababa de acordar.
Sophia se ocupó de ello con gusto. Conocía al visitante desde hacía varios años y sabía que agradecería poder asearse antes de saludar a Herakleon.
Preparó una habitación distinta, pidió que se dejara agua disponible y transmitió a la cocina la hora aproximada de la comida.
Cuando terminó, tenía la agradable sensación de haber evitado un inconveniente a alguien que aún no había llegado.
En cambio, ante la lista de pequeños pagos pendientes que le presentó uno de los hombres de la casa, se descubrió impaciente.
Había revisado esas mismas cantidades la semana anterior.
Nada requería su intervención: las cifras coincidían con las relaciones anteriores y su padre había autorizado los desembolsos.
Pidió que llevaran la tablilla al encargado de los pagos y solo entonces se preguntó por qué había terminado sobre su mesa.
—Siempre se ha hecho así, domina —respondió el hombre.
Sophia reconoció la respuesta. La había utilizado muchas veces, aunque solía acompañarla de una razón bastante convincente para que nadie siguiera preguntando.
Al salir hacia las calles comerciales encontró a Menandros junto a la entrada, sacudiéndose del calzado una capa de polvo gris. Llevaba una cuerda enrollada sobre el antebrazo y hablaba con el muchacho que había acudido por encargo de Timon.
—Los recipientes han llegado —le anunció en cuanto la vio—. Faltan dos de los tamaños pequeños. Se quedarán en el taller hasta mañana; el proveedor dice que no soportaron bien la cocción.
—¿Has comprobado los demás?
—Timon los ha comprobado delante de mí. He dejado constancia de los dos que faltan y no se pagarán hasta que lleguen.
Sophia abrió la boca para preguntar por las marcas de fabricación. Menandros se adelantó, sin impaciencia.
—También hemos mirado las asas. Estaban en el mismo estado que las muestras.
—No iba a preguntarte eso.
Su hermano sonrió mientras entregaba la cuerda al muchacho.
—Entonces llevo toda la mañana preparándome para una pregunta que no vas a hacer.
Sophia aceptó la broma, aunque el acierto le resultó un poco molesto.
—¿Has comido algo?
—Sí, Sophia. Y antes de que lo preguntes, nadie ha tenido que recordármelo.
—Me alegro de que haya terminado bien la entrega.
—A mí también. Mañana tendré otra ocasión de estropearla si aparecen esos dos recipientes.
Lo vio alejarse hacia el patio interior.
No había solicitado que ella comprobara las piezas, ni siquiera que interviniera cuando faltaron dos.
El asunto estaba resuelto hasta donde podía estarlo aquella mañana.
Sophia emprendió el camino hacia la tienda de Thaleia y se permitió llegar sin hacer una visita previa al almacén.
Las calles que conducían al barrio de los artesanos tenían otro ritmo que los accesos al puerto.
Los carros seguían apareciendo, pero avanzaban con cautela entre puestos abiertos y hombres que trasladaban piezas pequeñas envueltas en paja.
Un vendedor discutía el precio de unas mechas para lámparas; cerca de una fuente, dos mujeres se disputaban con buen humor el turno de llenar sus recipientes.
Había gente que venía de lejos para comerciar o visitar el santuario y gente que estaba demasiado ocupada en sus propios encargos para prestar atención a los forasteros.
Sophia compró un manojo de hojas frescas para Damaris, aunque antes había asegurado que no regresaría con más encargos de los que salía.
Después dejó pasar a una mujer que sostenía un cesto lleno de pequeñas figuras de arcilla.
La oyó explicar a otra que su marido se encargaría de venderlas al día siguiente porque ella debía visitar a una pariente.
Ninguna de las dos consideró necesario disculparse por aquella ausencia.
Se despidieron hablando del tiempo y de la calidad del barro.
La tienda de Thaleia ocupaba el frente de una casa con un pequeño patio interior.
Desde la calle podían verse candiles de bronce, cierres para arcas, asas y otros objetos dispuestos sobre soportes de madera.
En un rincón, una pieza recién pulida reflejaba la luz con un brillo cálido; al fondo, el ruido del trabajo llegaba amortiguado por el muro que separaba el patio de los talleres.
Thaleia la recibió con las manos manchadas de un polvo oscuro. Había estado examinando una partida de adornos destinados a un comedor y dejó sobre el banco una pieza en forma de hoja de hiedra.
—Si vienes a decirme que tengo que devolverla, ya lo sé —saludó—. A uno de los hombres se le ha ocurrido que la hoja quedaría mejor si tuviera el doble de nervaduras. Ahora parece una planta enferma.
—No he venido por la hoja. Mi madre te envía higos.
—Entonces te perdono que hayas tardado tanto en venir.
Thaleia le indicó un asiento bajo la galería.
Una joven que estaba ordenando los objetos de la tienda se llevó la cesta a la estancia interior, y ambas esperaron a que acabara una conversación pendiente con un comprador que quería seis lámparas iguales.
Thaleia no trató de convencerlo de llevarse las más caras.
Le mostró dos modelos que podían entregarse a tiempo y le explicó qué piezas aún necesitarían terminarse.
Cuando el hombre se marchó, tomó agua y se sentó frente a Sophia.
—Ahora sí puedo escucharte. ¿Cómo está tu madre?
Hablaron de Damaris, de la salud de la hermana de Thaleia y de los preparativos para una comida familiar a la que Sophia probablemente no podría acudir si seguían aumentando las peticiones de alojamiento.
Su prima le dijo que la hermana se recuperaba, pero que deseaba visitarla en la casa donde vivía, fuera de la ciudad.
Tendría que permanecer allí cuatro días, quizá cinco si los caminos estaban más transitados de lo habitual.
—¿Y la tienda? —preguntó Sophia.
—Seguirá aquí cuando vuelva.
—Me refiero a las entregas de esta semana.
—Nysa sabe cuáles están terminadas. Mi marido se encargará de las que salen del taller y yo dejaré anotado qué compradores deben esperar. Si llega alguien con una petición nueva, podrá regresar la semana siguiente.
—Hay un encargo de las lámparas pequeñas que no admite retraso, ¿verdad?
Thaleia dejó la copa sobre la mesa.
—Sí. Lo he hablado esta mañana con quien las está terminando. Las entregará a Nysa y ella comprobará que sean las doce antes de recibir el pago.
Sophia conocía a Nysa desde hacía años. La muchacha había empezado ayudando con la limpieza de las piezas y ya sabía distinguir una unión mal acabada o una superficie que tendría que volver a pulirse.
Si Thaleia confiaba en ella, no había motivo para suponer que una ausencia breve pondría en peligro la tienda.
—Lo tienes bien dispuesto —admitió.