Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 6. Acuerdos pequeños #4
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Capítulo 6. Acuerdos pequeños #4

Sophia se sentó. La conversación le producía un malestar que no procedía del tono de su madre, siempre sereno cuando discutían asuntos de la casa, sino de la dificultad para precisar en qué punto había hecho algo inconveniente.

Ninguna de sus órdenes era absurda, consideradas una por una.

Algunas incluso habrían facilitado el trabajo si no existieran otras disposiciones.

Pero no había comprobado cuáles estaban ya tomadas.

—Cuando alguien viene a buscarme —dijo—, no puedo contestarle que espere hasta que otro tenga tiempo.

—A veces puedes. Y otras puedes enviarlo a quien corresponde.

—Eso retrasa la respuesta.

Damaris la miró con una mezcla de paciencia y cansancio afectuoso.

—También permite que quien debe darla aprenda a darla. Si contestas tú siempre, los demás se acostumbran a buscarte incluso cuando tienen delante a la persona indicada.

Sophia dejó que las palabras permanecieran allí mientras una muchacha terminaba de servir el agua.

Recordó a Menandros en el patio, rechazando prometer a Leontios algo que no dependía de él.

Había sabido hacerlo sin que Sophia lo guiara.

Recordó también que esa misma tarde, después de cederle la comprobación de las horas, había ordenado que nadie tocara una entrega nueva sin avisarla.

Su hermano había estado allí para atenderla.

Ella ni siquiera había pensado en consultarlo.

—No quiero que pierda una oportunidad por falta de cuidado —dijo al fin.

—Si comete un error, lo corregirá. Como has hecho tú otras veces. No le ayudas mucho evitando que tenga ocasión de descubrir por sí mismo qué puede resolver.

—Hace siete años, cuando empezaron los problemas con el socio que se retiró, había asuntos que de verdad no podían dejarse en sus manos.

—Lo recuerdo mejor que nadie —respondió Damaris—. También recuerdo lo que nos costó organizar la casa aquellos meses. No te estoy diciendo que entonces hicieras mal en quedarte. Te digo que ahora han pasado siete años.

Sophia bajó la vista hacia la mesa, donde una pequeña astilla levantada en la madera había dejado una marca que ella conocía desde la infancia.

Su madre no había pronunciado el nombre de Titus.

No hacía falta para que Sophia recordara las razones de su decisión antigua, pero agradeció que Damaris no utilizara el regreso de aquel hombre para poner en duda todo lo que había hecho desde entonces.

La responsabilidad que asumió en 106 fue real.

Le había permitido sostener relaciones que su familia no podía perder.

También había dado a Menandros tiempo para aprender, aunque desde hacía mucho ella seguía actuando como si ese tiempo no hubiera transcurrido.

—Mañana hablaré con la encargada antes de mover nada —dijo.

—Eso será un alivio para quienes tengan que trasladar la cama por segunda vez.

La observación las hizo sonreír. Damaris pidió entonces que sirvieran la cena y cambió de asunto: una parienta había anunciado que acudiría a la próxima celebración y necesitaba saber si Sophia tendría ocasión de visitarla.

Hablaron un rato de esa visita, de un olivo que había dado menos fruto del esperado y de la dificultad para encontrar un tejador que cumpliera con su palabra.

La vida doméstica continuaba después de cualquier discusión, y a Sophia le gustó poder hablar con su madre sin convertir lo sucedido en un reproche interminable.

Más tarde, cuando la casa había quedado en calma, Sophia regresó a la habitación donde guardaba sus tablillas de trabajo.

Desde el patio subía el sonido del agua que alguien vertía en un recipiente; en una habitación cercana se cerró una puerta con cuidado.

Dejó sobre una mesa la relación de salidas y volvió a leer la anotación que había hecho poco antes de la cena.

Había reservado para sí la comprobación de las llaves de una sala interior y el aviso al hombre que debía recibir los tejidos al día siguiente.

Junto a ambas tareas figuraba el nombre de Menandros: sería él quien llevaría el recuento de entradas durante la prueba, él quien hablaría con los encargados cuando cambiara un turno y él quien respondería si una partida no encontraba lugar.

La sala y las llaves formaban parte de esa misma responsabilidad.

Sophia había separado aquellas dos gestiones sin que nadie se lo pidiera.

Buscó el motivo. Pensó en un comprador difícil, en un cambio de horarios que su hermano desconociera o en una llave que no pudiera confiarse a cualquiera.

Menandros conocía al comprador, había dispuesto los turnos y llevaba años recibiendo las llaves de otros depósitos.

No había una urgencia que justificara mantener aquella parte en sus manos; tampoco una reserva de Herakleon ni una indicación que debiera cumplir personalmente.

Podría entregársela a la mañana siguiente.

Bastaría tachar dos líneas y decir a su hermano dónde estaban las tablillas correspondientes.

Sophia apoyó el cálamo junto al borde de la mesa, sin hacerlo todavía.

Había pasado buena parte de su vida encontrando razones para ocuparse de lo que otros dejaban sin resolver.

Aquella noche repasó de nuevo las dos gestiones, una a una, y descubrió que no tenía ninguna razón concreta para haberlas apartado de Menandros.