Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 6. Acuerdos pequeños #3
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Capítulo 6. Acuerdos pequeños #3

—Parece razonable —dijo—. Si hay una discrepancia, hablaréis los dos antes de aceptar la cifra. No quiero enterarme de que hemos pagado una suma que nadie puede explicarme.

—No ocurrirá —respondió Menandros.

Sophia había estado a punto de justificar su propia intervención.

Se descubrió buscando una razón para conservar aquella comprobación y no encontró ninguna que no pudiera dar su hermano.

Conocía a Leontios desde hacía más tiempo; él también.

Tenía experiencia con cuentas; Menandros acababa de manejar sin dificultad otras semejantes.

Y si Herakleon deseaba una segunda comprobación, podía pedirla expresamente cuando llegara el momento.

—Deja la relación aquí —le dijo a Menandros—. Quiero comprobar solo una salida antigua que se ha quedado fuera de los turnos de prueba. Las horas de Leontios son tuyas.

Menandros asintió. No agradeció aquella concesión como si recibiera un favor personal y Sophia lo agradeció en silencio.

Herakleon les preguntó por otra carga, de procedencia interior, que aún no había alcanzado Éfeso.

Menandros explicó las noticias recibidas; Sophia añadió el nombre del depositante que había reclamado información.

Entre los tres terminaron de decidir a quién debía llegar la respuesta.

Cuando Sophia salió, vio a su hermano seguir hablando con su padre sobre los arreglos de la galería.

Herakleon le había hecho una pregunta que antes le habría dirigido a ella, y Menandros respondió señalando con precisión dónde habían cambiado un soporte.

Sophia continuó hacia el patio sin detenerse a oír el final.

Tenía un mensajero al que enviar y una comida que reorganizar por la llegada tardía de un huésped.

Pensó que, al menos con estos asuntos, todavía podía moverse sin interrumpir a nadie.

La tarde avanzó entre tareas que parecían multiplicarse en cuanto una se resolvía.

Un comerciante procedente de Sardes envió aviso de que llegaría al día siguiente, no esa misma noche; la habitación preparada para él podía utilizarse para un pariente que llevaba horas esperando alojamiento.

Sophia habló con la mujer encargada de la casa, cambió la distribución de los lechos y ordenó reservar una cena más sencilla para el viajero, que entraría cuando la familia ya hubiera comido.

Después dispuso que la partida de aceite retirada del patio fuera trasladada a un lugar más seco, porque la cubierta mostraba una gotera antigua que todavía no habían reparado.

Antes de terminar, uno de los hombres del almacén vino a consultarle sobre una entrega de tejidos.

Sophia conocía la señal del comprador y recordó que el transportista había pedido retirarlos dos días después, pero mandó buscar la relación por escrito.

Mientras aguardaba, otro agente llegó con noticias de un lote de recipientes que debía quedar bajo custodia hasta la semana siguiente.

Ella dio instrucciones para que nadie lo mezclara con el almacenaje que Menandros había dispuesto por la mañana.

Solo cuando el agente se hubo marchado recordó que su hermano todavía tenía que decidir quién conservaría las llaves de la sala interior durante el turno siguiente.

Fue a buscarlo, pero se encontró con Damaris antes de cruzar el jardín. Su madre estaba hablando con la encargada de la cocina acerca de unas provisiones que no habían llegado a la hora prevista. Al ver a Sophia, terminó de dar la instrucción y le preguntó si había comido algo desde el mediodía.

—Con los hombres del patio —respondió Sophia—. Pan, aceitunas y un poco de queso. No necesito que preparen otra cosa.

—No pensaba hacerlo. Te preguntaba si habías comido.

Sophia sonrió y la acompañó hacia la galería donde se reunían para cenar cuando no había visitas formales.

Damaris conocía la casa hasta en sus cambios menores.

Había dispuesto que una criada llevara agua a los huéspedes y que se conservaran algunas frutas para la mañana siguiente; al cruzar el corredor, preguntó quién había pedido trasladar una cama desde la habitación oriental.

—Yo —contestó Sophia—. El comerciante de Sardes llegará mañana. Esta noche puede dormir allí el pariente de Menandros.

—El pariente de Menandros saldrá temprano para visitar a su cuñado. Ya tenía preparado un lugar en el patio norte.

Sophia se detuvo.

—No me lo había dicho nadie.

—No preguntaste. Y la encargada de la casa tampoco sabía que habías decidido cambiarlo todo.

—Quería evitar que tuviéramos una habitación dispuesta para quien no venía.

—Eso no es un problema si sabemos quién dormirá en ella. —Damaris continuó caminando—. También has cambiado la comida de mañana. Me lo ha dicho la cocinera.

—Solo la hora. Si llegan tarde, no tiene sentido esperar con todo preparado.

—Pensábamos servirles después. Lo decidimos por la mañana.

Sophia repasó mentalmente las órdenes que había dado.

Había organizado una habitación para un huésped que ya tenía sitio y una comida que su madre había arreglado sin necesidad de intervenir.

No había provocado ningún daño irreparable; bastaría hablar con la cocinera y volver a trasladar una de las camas.

Pero varias personas emplearían parte de la noche en deshacer instrucciones dadas con toda seguridad.

—Hoy nadie parecía tener una respuesta completa —se defendió—. Preferí resolverlo antes de que empezaran las preguntas.

—Entiendo que quisieras hacerlo —dijo Damaris—. Lo que no entiendo es por qué das por supuesto que serás más rápida que quienes ya estaban ocupándose.

Entraron en el comedor. Había poca luz aún, porque los esclavos terminaban de colocar las lámparas, y de la cocina llegaba el olor de unas verduras cocidas con hierbas. Sophia esperó a que Damaris se acomodara, pero su madre permaneció de pie para retirar un recipiente que estorbaba el paso.

—No siempre se trata de ser más rápida —dijo Sophia—. Hay cosas que, si se dejan de mano en mano, acaban sin hacerse.

—Y hay otras que se hacen dos veces porque la primera persona no ha preguntado a la segunda.

—Damaris colocó el recipiente en una mesa auxiliar—.

Hoy has cambiado una comida, has buscado un alojamiento nuevo y has dado órdenes sobre dos entregas.

De ninguna me has hablado antes. ¿De verdad todas dependían de ti?

—Las entregas sí afectan a nuestros compromisos.

—Lo sé. También sé que Menandros estaba en los depósitos y que tu padre podía haberle preguntado por ellas.