Capítulo 6. Acuerdos pequeños #2
—La cuenta no incluirá el tiempo en que sus hombres están descargando la mercancía que él ha aceptado —dijo—.
Solo el que permanezcan después para atender cambios de paso acordados entre casas.
Y habrá un límite: si la segunda partida no llega antes del siguiente turno, la espera corre por cuenta de Leontios.
Leontios la contempló sin disimular que aquella condición le desagradaba.
—Quieres que responda por la tardanza de un transportista al que todavía no he visto.
—Quiero que no respondamos nosotros por ella —replicó Sophia—. El depositante paga por el espacio que le has prometido. Nosotros podemos aceptar compartir el coste de un paso utilizado por todos, pero no el de una entrega ajena que se retrasa.
—Podría traer el carro desde fuera y dejarlo junto a la entrada antes de que termine vuestro turno.
—Entonces volveríamos a tener el mismo problema —señaló Menandros.
Titus esperó a que Leontios dejara de mirar la calle. Luego preguntó:
—¿Qué ocurriría si hoy, en vez de dos entregas tuyas, solo llegara una?
—Tendría hombres dispuestos para recibir una carga que no existe.
—¿Y si mañana se anuncia otra y las dos coinciden?
—Necesitaría más espacio del que tengo.
—Entonces convendría reservar el trabajo de la segunda hasta saber que viene de camino.
Puedes mantener preparados los soportes y la galería sin mantener ocupada la entrada.
Si el carro llega a tiempo, tus hombres cobrarán por atenderlo; si no llega, no habrás bloqueado a los vecinos por una posibilidad.
Leontios pasó una mano por la cuerda que tenía más cerca.
Sophia supuso que estaba calculando cuántos hombres tendría que mandar a otras tareas si aceptaba aquella disposición.
En el extremo del patio, uno de sus encargados pidió permiso para retirar los primeros fardos y recibió una indicación breve.
La descarga continuaba aunque todavía no hubiera acuerdo para el segundo carro.
—Tres jornadas de prueba —dijo Leontios al fin—. Eso discutimos. No pienso seguir cambiando las condiciones cada vez que alguien tenga un inconveniente.
—En esas tres jornadas veremos precisamente cuáles son los inconvenientes —respondió Sophia—. Lo que quedó acordado sigue en pie: ninguna reserva nueva puede desplazar un compromiso anterior. Estamos decidiendo cómo utilizar una entrada que comparten varias casas.
Leontios se volvió hacia Menandros.
—¿Puedes asegurar que tus carros saldrán dentro del turno si retiro la cuerda después de la primera descarga?
—Puedo asegurar que estarán preparados cuando se abra el paso —dijo su hermano—. Lo que no puedo prometer es que los hombres del puerto no lo vuelvan a cerrar antes. Eso no depende de mí.
Sophia sintió una satisfacción discreta al escucharlo.
La respuesta renunciaba a una promesa cómoda sin convertirla en ofensa, y dejaba al descubierto el único límite que ninguno podía modificar.
Leontios hizo llamar a su encargado. Discutieron unos momentos entre ellos y acabó aceptando que se retirara la cuerda cuando saliera el último fardo del primer carro.
—Quiero que quede anotado que no he cedido el uso de la entrada para toda la mañana —advirtió—. Si cambia el orden mañana, volveremos a hablar.
—Anotaremos también que la compensación de hoy solo se calculará si tus hombres permanecen aquí para mover cargas de otras casas —dijo Sophia.
Titus le pasó la tablilla para que revisara el texto antes de que lo llevaran a Herakleon.
Ella comprobó los nombres y corrigió un detalle del recorrido: el carro de un depositante antiguo debía conservar la salida que había sido pactada antes de anunciarse las obras.
Titus escuchó la explicación y modificó la relación sin discutirla.
Después preguntó si Menandros estaba de acuerdo con el orden de los vehículos.
Sophia habría respondido por costumbre; se detuvo al ver que Titus aguardaba la respuesta de su hermano.
—Sí —dijo Menandros—. Pero pondría primero el más ligero. Si tenemos que detener la salida, podremos retirarlo sin bloquear la galería.
—Hazlo así —aceptó Sophia.
Los hombres comenzaron a retirar los soportes provisionales.
No hubo celebración ni un cambio visible en el puerto.
El segundo carro de Leontios seguía sin aparecer y en la calle continuaban pasando transportistas que preguntaban por órdenes distintas.
Sin embargo, cuando salió el primer vehículo de la casa de Herakleon, encontró el tramo despejado.
Tras él pasó el segundo y, antes de que el sol alcanzara el centro del patio, los trabajadores de Leontios pudieron volver a extender la cuerda para recibir una carga menor que había llegado sin aviso suficiente.
Sophia se quedó junto a la puerta hasta comprobar que la maniobra se efectuaba sin roces.
Desde la otra acera, un hombre protestó porque necesitaba entrar con sacos de grano y uno de los encargados le indicó el siguiente turno.
El hombre discutió, pero acabó llevando su carro hacia la sombra.
Aquello podía volver a fallar al día siguiente por una lluvia, una orden nueva o la llegada de una nave que nadie había previsto.
Por esa mañana, al menos, dos casas habían conservado sus compromisos.
—El de los sacos vendrá a quejarse —dijo Titus, que seguía cerca de ella.
—Vendrá a preguntar por qué no ocupa el lugar de otro. Es una conversación distinta.
—¿Me dirás cuál termina siendo?
—Si hace falta que la tengas en cuenta, sí.
Titus inclinó la cabeza y se apartó para dejar pasar a un hombre con un cesto de cuerdas.
Sophia notó que ambos habían trabajado con un entendimiento que no se parecía exactamente al de siete años atrás.
Antes habrían completado las frases del otro con una seguridad que a veces los conducía a cometer errores.
Aquella mañana Titus había pedido datos incluso cuando parecía conocer la respuesta, y ella había discutido condiciones sin dejar que su reserva se convirtiera en una prueba de desconfianza personal.
Al alejarse del patio caminaron juntos hasta donde empezaba la calle de las tiendas de tejidos.
Titus llevaba la relación que debía presentar a otros depositantes; Sophia conservaba la copia destinada a su padre.
No encontraron enseguida nada que añadir.
Entre ellos permaneció un silencio tranquilo, aunque a Sophia le resultó extraño sentirlo así.
Habían pasado varios días obligados a hablar por asuntos ajenos, y esa necesidad empezaba a perder la aspereza del primer encuentro.
—Menandros ha medido bien la puerta lateral —comentó Titus.
—Ha tenido años para aprender a no fiarse de un conductor que dice que un carro cabe en cualquier lugar.
—Eso suele aprenderse con una pared dañada.
—En nuestra casa bastó una. Herakleon la mandó reparar y Menandros tuvo que hablar con el dueño de los animales. Desde entonces pregunta por el ancho antes de prometer un paso.
Titus sonrió apenas.
—Me alegra que la lección no haya costado dos paredes.
Sophia habría podido contarle más cosas.
Le sorprendió descubrir cuánto de la vida de su hermano se había desarrollado desde la partida de Titus, y cuántas de aquellas experiencias habría querido compartir con él en otro tiempo.
En lugar de recurrir a una anécdota de la juventud, habló de la relación que habían acordado comprobar por la tarde.
—Herakleon debe conocer la compensación antes de que nadie la reclame. Voy a llevarle la copia.
—Yo hablaré con Leontios si la partida retrasada llega fuera de su turno. ¿Quieres que te haga llegar aviso?
—Solo si cambia nuestra salida o reclama un espacio que ya hemos reservado.
—Entonces te lo haré saber.
Se despidieron sin prolongar la conversación.
Sophia continuó hacia la casa familiar con la sensación de que, si hubiera tenido algún motivo para hacerlo, habría podido andar un poco más a su lado.
La idea la incomodó solo lo suficiente para que se concentrara en los nombres escritos en la tablilla.
Herakleon recibió las noticias en la estancia donde solía hablar con los agentes que venían de otros barrios de Éfeso.
Había dejado sobre una mesa varias muestras de cuerda, una de las cuales llevaba meses sin utilizar, y comparaba la calidad de dos sellos de cera traídos aquella mañana.
Al ver a Sophia, apartó las muestras y le pidió que se sentara.
Ella explicó el acuerdo sin ocultar las condiciones que podrían costar dinero a la casa.
Su padre escuchó, preguntó por el límite de las horas reconocidas a Leontios y quiso saber si había quedado claro que las restricciones dependían de los trabajos del puerto, no de una decisión de los comerciantes.
Sophia se lo confirmó. Aún no habían tenido ninguna noticia de que se suspendiera la retirada del limo ni de cuándo recuperarían la circulación habitual.
—No me gusta pagar por hombres que no trabajan para nosotros —dijo Herakleon.
—A mí tampoco. Pero si necesitamos que retiren un obstáculo para cumplir una salida, tendremos que compensar el tiempo que les hagamos perder. Lo hemos limitado a horas concretas. Leontios no podrá presentar una cuenta por mantener disponible toda su cuadrilla hasta la noche.
—¿Y quién comprobará esas horas?
—Menandros ha hablado con los encargados de ambos patios. Llevarán una relación separada de las horas de descarga y las de espera. Yo la revisaré antes de que se reconozca ninguna cantidad.
—¿Por qué tú? —preguntó Menandros desde el umbral.
Sophia se volvió. Su hermano acababa de entrar con una copia de las salidas efectuadas y tenía polvo en el borde de la túnica. Se acercó a Herakleon, le mostró la relación y continuó:
—He estado allí toda la mañana. Si algún encargado anota como espera lo que ha sido descarga, podré verlo mejor que Sophia. Ya he dicho que revisaré la cuenta con el hombre de Leontios cuando termine la tercera jornada.
Su padre examinó la tablilla que Menandros le ofrecía.