Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 6. Acuerdos pequeños
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Capítulo 6. Acuerdos pequeños

La primera mañana en que los carros debían entrar por turnos, Leontios quiso utilizar también la franja que separaba el patio de la casa de Herakleon de la entrada común.

Sophia lo supo por uno de los encargados antes de que terminara de comprobar la salida de una partida de aceite. El hombre había llegado con una tablilla en la que figuraban las horas acordadas el día anterior y una expresión de paciencia cuidadosamente administrada.

—Dice que necesitará el paso despejado hasta que retiren su segundo carro —explicó—. Si se hace como pide, los nuestros no podrán volver desde la sala interior antes de mediodía.

Sophia dejó que el encargado terminara de hablar mientras observaba la disposición de los bultos.

Habían trasladado dos hileras de ánforas contra la pared oriental para que quedara espacio suficiente a los hombres que las cargaban.

Sobre el umbral, una cuerda nueva impedía que los carros tomaran la curva demasiado cerca de un soporte deteriorado.

Aquellos cambios les habían llevado una mañana entera; un solo vehículo detenido en el lugar equivocado bastaría para deshacerlos.

—¿Ha dicho hasta qué hora exactamente?

—Hasta después de la descarga.

—Eso no es una hora.

—Se lo he señalado, domina.

—Y seguramente ha respondido que los hombres no pueden descargar más deprisa porque se lo pidamos.

El encargado pareció agradecido de no tener que repetir la respuesta de Leontios.

—Algo muy parecido.

Sophia le devolvió la tablilla. Había visto demasiadas disputas nacer de una indicación imprecisa para empezar aquella jornada discutiendo qué significaba «después».

Ordenó que se mantuvieran las salidas ya fijadas y se dirigió hacia el patio exterior, donde el sonido de las ruedas sobre la piedra se mezclaba con los golpes de los hombres que reforzaban un cierre de madera.

Philostratos había enviado aviso al amanecer de que debía atender una objeción junto al acceso del puerto y no se reuniría con ellos hasta después del mediodía. Su mensaje no modificaba los turnos previstos, pero confirmaba que los trabajos todavía podían alterar cualquier horario.

Las restricciones habían empezado a aplicarse con más rapidez de la que algunos esperaban.

Desde el acceso que daba hacia el puerto llegaban carros conducidos por un itinerario distinto al habitual; otros debían detenerse fuera hasta que terminara la retirada de limo en el tramo próximo al agua.

Quienes transportaban mercancía no siempre habían recibido las instrucciones a tiempo.

Un carretero discutía con un joven porque le habían dicho que pasara por una calle que ahora estaba ocupada.

Otro descansaba junto a sus animales, resignado a perder la mañana aunque todavía no supiera a quién pedir el dinero de aquella espera.

Sophia encontró a Leontios bajo el alero, hablando con Menandros. Su hermano sostenía una cuerda anudada a una tablilla de marcas, y en lugar de recibirla con la mirada con que solía pedir ayuda cuando era más joven, continuó explicando lo que habían comprobado.

—El primer carro puede salir antes de que lleguen los nuestros —decía—. Para el segundo necesitas apartar la carga a la galería mientras dejas pasar a los que ya esperan. Si todos se quedan aquí hasta terminar, la calle tampoco tendrá sitio para los siguientes.

—Mi encargado asegura que cambiar los fardos de lugar supondrá descargarlos dos veces —replicó Leontios—. Pagaré por ese trabajo y después tendré que explicar al comprador por qué la mercancía sigue dentro.

—Si bloqueas el paso, tendrás que explicárselo también a quienes esperan fuera —dijo Sophia al acercarse.

Leontios volvió la cabeza.

—Esperaba que vinieras. Así podré repetir mis razones sin que tu hermano deba llevarlas de una puerta a otra.

—Menandros ya las ha oído. Yo he venido a comprobar cuánta parte del paso pretendes reservar.

Leontios señaló el suelo. Habían extendido dos cuerdas formando un corredor ancho desde la entrada hasta la zona donde se depositaba la carga. Dejaban paso para un hombre con un cesto, pero no para que un carro girase sin rozar los fardos.

—Con esto mis hombres pueden trabajar sin que los interrumpan.

—También pueden trabajar sin permitir que los demás entren —observó Sophia.

—Solo durante la descarga.

—Hace un momento te han pedido una hora y no has dado ninguna.

Leontios juntó las manos a la espalda. Había defendido con energía la posibilidad de aceptar nuevas mercancías cuando otros almacenes debían limitarse, pero Sophia conocía sus cuentas lo suficiente para comprender su obstinación.

Se había comprometido a emplear hombres y madera en preparar un espacio que, si no llegaban los depositantes, le dejaría gastos y poca cosa más.

Era natural que quisiera aprovechar la primera mañana; también era natural que no deseara pagar por dos movimientos de una misma carga.

—Si la salida se retrasa —dijo él—, la segunda partida perderá su turno y el trabajo de ayer no habrá servido para nada.

—No quiero hacerte perder el turno. Quiero que mantengamos el nuestro.

Menandros intervino antes de que la conversación regresara al principio.

—Puedo hacer que nuestros dos carros salgan por la puerta lateral, pero necesitan el espacio que está junto al banco de piedra para girar. Eso no afecta al lugar donde dejas los fardos. Solo a la cuerda que has tendido.

Leontios miró en aquella dirección. La puerta lateral comunicaba con una calle estrecha y no admitiría el paso de vehículos grandes, pero los carros de la casa de Herakleon podían utilizarla sin llevar la carga completa.

Sophia conocía las dificultades de aquel trayecto.

Su hermano también; antes de proponerlo había mandado medir el ancho útil con un vehículo vacío.

—¿Quién ha comprobado que no golpearán la pared? —preguntó ella.

—Yo, con Diodoros —respondió Menandros—. Hay que retirar un banco y hacerles salir de uno en uno. Si no funciona, no lo utilizaremos con carga.

Sophia observó la puerta. Habría querido comprobarla por sí misma, pero el encargado ya esperaba a la entrada con un vehículo sin mercancía. Había sido una precaución de Menandros, no una respuesta improvisada a su pregunta.

—Probemos primero —dijo.

La rueda delantera pasó dejando poco margen.

La trasera necesitó un breve movimiento en sentido contrario y dos hombres levantaron el extremo del banco para apartarlo.

El carro llegó a la calle sin tocar la pared.

Sophia miró a su hermano. Menandros pidió que repitieran la maniobra con el segundo vehículo antes de hablar de cargar ninguno.

—Eso resuelve parte de la salida —concedió Leontios—. No me da sitio para terminar la descarga si empiezan a entrar otros.

—Tampoco podemos mantener la calle inmóvil mientras terminas —repuso Sophia.

Titus apareció entonces desde el acceso exterior, donde había estado comprobando con un transportista qué aviso había recibido.

Llevaba una tablilla plegada bajo el brazo y se detuvo para escuchar la última parte del desacuerdo.

Saludó a los tres sin interrumpir; después preguntó qué tramo del turno necesitaban conservar y cuál se había vuelto problemático.

Sophia le mostró las cuerdas. Al hacerlo tuvo conciencia de la facilidad con que ordenaba la explicación cuando él estaba presente.

No necesitó empezar por la historia de las restricciones ni justificar por qué el patio debía mantenerse libre.

Titus conocía los acuerdos de los días anteriores y esperó a que ella precisara dónde estaba el obstáculo.

—Dos carros pueden salir por el lateral si Menandros confirma la maniobra cargados —concluyó Sophia—. Leontios quiere mantener despejado todo este paso mientras recibe una segunda partida, pero no sabemos cuánto tardará en llegar.

—Está anunciada para esta mañana —puntualizó Leontios.

—También estaba anunciada para primera hora —dijo Menandros—. Ya hemos pasado de esa hora.

Titus estudió las marcas trazadas en la tablilla.

Preguntó a Leontios cuánto tiempo tardarían sus hombres en trasladar la primera carga desde la entrada hasta la galería.

Después pidió a Menandros que explicara cuántos carros aguardaban salida.

Sophia vio que había comenzado a formarse un pequeño círculo de trabajadores atentos.

Algunos mantenían las manos ocupadas en las cuerdas para poder fingir que no escuchaban.

Cada minuto que pasaba sin decisión les obligaba a elegir entre esperar o comenzar una tarea que quizá tendrían que deshacer.

—Si retiramos la cuerda exterior cuando termine el primer carro —dijo Titus—, los de Herakleon podrán salir por el paso común. El segundo de Leontios entrará cuando la calle vuelva a estar libre. Si llega antes, esperará fuera, donde le indiquen los encargados, sin ocupar esta entrada.

Leontios abrió la boca, pero Titus continuó solo lo necesario.

—Para que no pierdas el trabajo de haber dispuesto los hombres desde el amanecer, podemos acordar una compensación por las horas adicionales que te obliguen a mantenerlos aquí.

No por reservar un paso que también necesitan otros.

El coste de esa espera se repartirá entre las casas que utilicen la misma franja durante la prueba, según el tiempo que realmente necesiten mover las cargas.

Habría que llevar la cuenta a la vista de todos.

—Eso puede acabar saliéndome más caro que descargar dos veces —objetó Sophia.

—Puede —admitió Titus—. ¿Cuánto trabajo os ahorraréis si los carros no tienen que entrar de nuevo en el patio? No quiero decidir la cantidad sin saberlo.

Sophia miró los vehículos que aguardaban junto a la puerta lateral.

El coste de un movimiento adicional de animales y hombres era real.

También lo era el peligro de aceptar una cuenta que Leontios pudiera aumentar a voluntad.

Había ocasiones en que una solución aparentemente generosa creaba dos motivos nuevos de disputa.