Capítulo 5. La casa de Claudia Eirene #3
Recordaba a Philon sentado con una tablilla sobre las rodillas, explicando a Titus por qué un acuerdo debía escribirse de una manera y no de otra. Su hijo solía escuchar hasta que encontraba alguna objeción, y entonces la conversación podía alargarse más de lo previsto.
Había sido testigo de varias discusiones semejantes.
Sabía también que Titus había deseado construir una carrera propia lejos de la red comercial de su padre. No necesitaba imaginar un desacuerdo secreto para explicar aquella decisión.
—A veces me pregunto si le habría gustado ver cuánto ha aprendido Titus —dijo.
—Seguro que encontraría algún asunto en el que corregirlo. Y mi hijo tendría que elegir entre discutirle o cambiar de conversación.
Claudia dejó pasar unos instantes.
—Eran más parecidos de lo que ambos estaban dispuestos a admitir.
Sophia recordó a Philon levantando una tablilla para defender una anotación que consideraba imprescindible, mientras Titus sostenía otra para demostrar que podía escribirse de manera más sencilla.
Sonrió.
No había pensado en aquella escena desde hacía años.
Claudia tomó agua y preguntó por una tía de Sophia a la que no veía desde una festividad de Artemisa.
La conversación cambió de rumbo.
Hablaron de unos parientes que llegarían próximamente, del precio que estaban pidiendo por reparar las tejas de aquella zona y de la habitación que Claudia deseaba preparar para Athenais si finalmente viajaba en verano.
Sophia le recomendó a un hombre que había trabajado para Herakleon sin incumplir los plazos.
Claudia anotó el nombre, pero dijo que preguntaría también a su vecino antes de contratarlo.
—No pienso encargar una reparación por una sola recomendación, aunque proceda de ti.
—Haces bien.
—Tu padre diría lo mismo.
—Mi padre exigiría además que le mostraran las tejas.
Claudia soltó una carcajada breve.
La conversación continuó hasta que las sombras se alargaron bajo la galería.
Sophia empezaba a pensar que debía despedirse cuando oyeron la puerta de entrada.
La muchacha que la había recibido apareció en el corredor.
—Titus ha llegado, domina.
Claudia asintió.
—Hazlo pasar.
Sophia permaneció sentada.
Había ocupado muchas veces aquel lugar cuando era joven. Entonces no le habría sorprendido escuchar que Titus regresaba ni que entrara en el patio mientras ella conversaba con su madre.
Ahora sintió la diferencia entre recordar una costumbre y volver a presenciarla.
Titus apareció bajo la galería con una tablilla estrecha en la mano.
Llevaba el manto plegado sobre un brazo y polvo en el borde de las sandalias. Al encontrarla allí, se detuvo un instante. Después se acercó con la misma corrección que había mantenido durante los días transcurridos desde su regreso.
—No sabía que estarías aquí.
—He venido a visitar a tu madre.
—Y a traer cosas que todavía no me han permitido probar —añadió Claudia, señalando hacia el interior—. Si eres paciente, quizá quede algo para ti después de la comida.
—En ese caso procuraré no prolongar mi visita.
Titus se acercó a la mesa.
Antes de sentarse apartó ligeramente uno de los bancos para que su madre pudiera levantarse sin tropezar con él. Sophia observó el movimiento. Había sido rápido y discreto, y Claudia ni siquiera interrumpió lo que estaba diciendo.
Titus dejó la tablilla junto a la pieza de tela.
—Athenais enviará a uno de sus hombres dentro de tres días. Ha encontrado quien pueda llevarle la caja que preparaste, siempre que no pese más de lo convenido. Quería darte el nombre antes de salir de nuevo.
—No pesa tanto —replicó Claudia—. Son ellos quienes creen que cada paquete contiene una piedra.
—La última vez enviaste también dos recipientes de miel.
—Porque tus sobrinas se quejaron de que aquí la encontramos mejor.
—No volveré a impedir que mejoren su opinión de Éfeso. Pero el transportista ha pedido saber exactamente cuánto llevará.
Claudia tomó la tablilla y empezó a leer.
Sophia escuchó aquella conversación familiar sin intervenir. Había presenciado muchas semejantes años atrás. La diferencia era que ahora hablaban de una vida compartida con personas que Sophia apenas conocía y de asuntos ocurridos durante su ausencia.
Nada de aquello requería explicaciones.
Titus preguntó a su madre por la pierna.
Claudia repitió, con una ironía que Sophia empezaba a reconocer, que se encontraba mejor desde que había dejado de escuchar a quienes le recomendaban remedios.
Él le indicó que podía enviarle un mensaje si necesitaba comprar algo antes de su próxima visita.
—No pienso convertirme en prisionera de mi patio por haber cumplido sesenta años —respondió Claudia.
—Sesenta y uno —corrigió Titus.
—Precisamente por eso deberías recordar que llevo más tiempo que tú decidiendo cuándo puedo caminar.
Sophia no pudo evitar sonreír.
Titus volvió hacia ella la cabeza. Una sonrisa breve apareció en su rostro antes de responder a su madre que había venido a entregarle un nombre, no a discutir su derecho a recorrer las calles de Éfeso.
Claudia se levantó para ordenar que prepararan la comida.
Sophia también se incorporó.
—Puedes quedarte —le ofreció su anfitriona—. Ya sabes que siempre encontramos sitio para una persona más.
—Gracias, pero en casa esperan una confirmación sobre las salidas de mañana.
—¿No puede ocuparse Menandros?
—De una parte, sí. Hay otra que quiero comprobar personalmente.
Claudia aceptó la respuesta.
Titus dejó el manto sobre el banco y acompañó a Sophia hasta el corredor de entrada mientras su madre hablaba con la muchacha acerca de la cesta.
Caminaron juntos un trecho corto.
Sophia recordó haber recorrido aquel mismo pasillo muchas veces cuando él todavía vivía en casa de sus padres. Entonces solían detenerse cerca de la puerta para prolongar conversaciones que ya podrían haber terminado en el patio.
Ahora Titus mantuvo una distancia cortés.
—¿Quieres que te acompañe parte del camino? —preguntó—. Tengo que ir hacia el ágora dentro de poco.
Sophia pensó en aceptar.
No habría nada extraño en caminar juntos por unas calles concurridas. Podían hablar de los turnos previstos, de Leontios o de las noticias que Philostratos todavía debía confirmar.
Pero aquella visita había comenzado por una razón propia. Había acudido para ver a Claudia, no para buscar un encuentro con Titus.
Tampoco sabía todavía qué conversación deseaba mantener con él fuera de los asuntos del puerto.
—Prefiero volver sola. He quedado en comprobar una entrega antes de que cierren el patio interior.
—De acuerdo. Nos veremos mañana con Philostratos, entonces.
—Si nos confirma la hora antes de que empiece a moverse todo el mundo.
—Le pediré que envíe aviso. No tiene sentido hacerte cruzar la ciudad para decirte que todavía no sabe nada.
Sophia asintió.
Titus no preguntó si su negativa tenía alguna otra causa. Tampoco intentó recurrir a la antigua familiaridad para prolongar el encuentro.
La mujer que abrió la puerta los encontró hablando de horarios y nombres de conductores.
Titus la dejó salir y se despidió con una breve inclinación de cabeza.
Sophia respondió del mismo modo.
En la calle, avanzó primero por la zona de sombra.
Dos niños discutían sobre quién debía llevar una jarra vacía a la fuente. Un hombre colocaba haces de leña contra la pared de un horno, mientras los olores del mediodía comenzaban a mezclarse con el polvo levantado por los carros.
Sophia pasó junto a la puerta rojiza y continuó hacia los espacios de su familia.
A mitad de la calle vio a una vecina de Claudia cruzar con una cesta y saludar por encima del hombro. La mujer no se detuvo a comprobar si alguien le respondía desde el interior.
Sophia volvió a pensar en el patio.
En Claudia doblando la tela que le había llevado. En las cartas recibidas desde los puertos del Egeo. En Athenais y sus hijas, en los pequeños encargos que continuaban uniéndolos y en las visitas breves que Titus había hecho a Éfeso sin que ella llegara a enterarse.
También recordó la conversación sobre Philon.
Había muerto cuatro años atrás. Titus acudió cuando pudo y, después, siguió enviando noticias a su madre. La familia había continuado celebrando nacimientos, preparando paquetes y discutiendo sobre el peso de una caja que debía viajar hasta Esmirna.
Durante aquellos años, Sophia también había trabajado, recibido visitantes y compartido comidas con personas a las que apreciaba. Había vivido días difíciles y otros felices que no dependían de la ausencia de Titus.
El descubrimiento no la entristeció.
Le resultó extraño, simplemente, comprobar lo distintas que habían sido sus vidas y cuánto de ambas desconocían todavía.
Al llegar a una esquina, tuvo que detenerse para dejar pasar un carro. Reconoció la marca de un proveedor que trabajaba con su padre y calculó que la mercancía debía dirigirse al depósito interior.
Tal vez Menandros ya hubiera resuelto la entrada.
Sophia no necesitaba apresurarse para comprobarlo.
Siguió caminando mientras recordaba la breve aparición de Titus bajo la galería.
Había preguntado por la rodilla de su madre, discutido sobre una caja destinada a su hermana y apartado un banco para facilitar el paso de Claudia. Ninguno de aquellos gestos estaba dirigido a Sophia. Formaban parte de una vida que había continuado sin ella.
En otro tiempo habría conocido esas pequeñas costumbres de primera mano.
Ahora tendría que descubrirlas si deseaba comprender al hombre que había regresado.
El nombre de Titus nunca había desaparecido de aquella casa. Lo habían pronunciado durante años al recibir una carta, preparar una visita o decidir si habría sitio para él en una comida.
De la vida cotidiana de Sophia, en cambio, había salido hasta convertirse en una noticia ocasional, un recuerdo sin fecha.
Al alejarse de la puerta rojiza, comprendió que ambas cosas podían ser ciertas sin que ninguna corrigiera a la otra.