Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 5. La casa de Claudia Eirene #2
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Capítulo 5. La casa de Claudia Eirene #2

—¿Vendrá Athenais este verano? —preguntó Sophia.

—Eso dice. Aunque cuando una persona tiene hijos y casa propia, las promesas de viaje dependen de muchas cosas. Prefiero preparar su habitación cuando me avise de que ya está en camino.

—Es lo más prudente.

—Tú habrías preparado también las cuentas del alojamiento de sus acompañantes.

—Solo si pensara cobrarles.

Claudia soltó una risa.

Sophia recordaba a Athenais como una mujer mayor que ella, de palabras rápidas, capaz de corregir a Philon con una sonrisa antes de que él encontrara motivos para iniciar una discusión.

La había visto muchas veces en aquel mismo patio, sentada junto a Titus.

Durante un instante pudo recordar una de aquellas comidas.

Philon había discutido con su hijo sobre cómo debía organizarse la correspondencia de un armador, mientras Athenais intervenía para recordarles que nadie conseguiría enviar una carta si pasaban toda la tarde cambiando el orden de las tablillas.

Sophia había reído entonces.

Ahora aquel recuerdo le pareció propio de una edad que ambos habían dejado atrás.

Claudia pidió que trajeran agua fresca y una fuente de fruta. Cuando la muchacha se retiró, recogió la pieza de tela y la guardó a su lado.

—Me alegró saber que Titus iba a trabajar aquí unas semanas —comentó—. Últimamente sus visitas habían sido demasiado breves para reunir a todos los que querían verlo.

Sophia sostuvo la copa entre las manos.

Había sabido que el nombre aparecería tarde o temprano. Agradeció que Claudia lo pronunciara sin bajar la voz ni buscar una reacción.

—Nos dijeron que regresaría un agente con experiencia en los puertos del Egeo. No supimos quién era hasta que llegó a casa.

—Me lo contó. También me dijo que había encontrado a Menandros ocupándose de una parte importante de los acuerdos.

—Mi hermano se ha ganado ese lugar.

—Me alegro. Lo recuerdo tan ocupado en demostrar que podía trabajar por su cuenta que se enfadaba cuando alguien iba a ayudarlo.

Sophia reconoció al muchacho que Claudia describía, aunque durante los últimos días había tenido que admitir que aquella imagen ya no bastaba para comprender al hombre en que se había convertido.

Su anfitriona no insistió.

Le contó que Titus había anunciado su llegada con suficiente antelación para que pudiera prepararle una habitación.

—¿Se aloja aquí? —preguntó Sophia.

—Pasó aquí su primera noche. Después prefirió buscar alojamiento por su cuenta mientras atiende los asuntos del puerto. —Claudia hizo una pequeña mueca—. Le preparé una estancia cómoda, pero asegura que necesita espacio para sus escritos y que no siempre regresará a horas razonables.

—Creí que trabajaría desde alguna de las casas que lo contrataron.

—Se lo ofrecieron, por lo que me ha contado. Pero ha preferido disponer de un lugar propio. Todavía deja aquí algunas cosas y viene cuando puede. Una cosa es tener un hijo de vuelta en Éfeso y otra conseguir que se siente a comer antes de que todos hayamos terminado.

Sophia miró hacia la galería de las habitaciones interiores.

La última vez que había visto a Titus allí, años atrás, había sido durante una comida familiar.

Recordaba una discusión absurda entre él y Philon sobre la manera de conservar las cuentas de un armador.

En aquel momento le pareció que ninguno estaba dispuesto a conceder al otro siquiera el derecho a elegir el cordel con que sujetaría sus propios rollos.

Ahora Titus tenía un alojamiento independiente y una carrera construida lejos de la casa paterna.

Sin embargo, había pasado allí su primera noche al regresar.

Sophia encontró algo significativo en aquella combinación, aunque no podía decir exactamente qué.

—Pensaba que apenas había vuelto desde que se marchó —admitió.

Claudia ladeó la cabeza.

—No muchas veces. En ocasiones por asuntos de Esmirna o para ver a su padre; después, para visitarme a mí. Nunca pudo quedarse demasiado. A veces dos o tres días; otras, una semana. Suele avisar cuándo puede pasar, no cuándo le gustaría hacerlo.

Sophia recordó las noticias que había recibido de comerciantes conocidos.

Alguien mencionó una vez que Titus se encontraba en Quíos. En otra ocasión supo que había pasado por Esmirna durante el invierno. También había visto su nombre como testigo en una carta profesional relacionada con un acuerdo marítimo.

Nada de aquello le había indicado que, en algún momento, hubiera dormido bajo aquel techo mientras ella atendía las entregas de su familia a unas calles de distancia.

—¿Cuándo vino por última vez antes de ahora?

—El otoño pasado. Llegó para acompañarme a casa de unos parientes que celebraban el nacimiento de un niño. Yo creí que no conseguiría quedarse hasta el banquete, pero cambió una visita de trabajo. Un año antes pasó por aquí en primavera.

Claudia tomó una aceituna.

—Quizá no te lo contaran porque apenas estuvo en la ciudad.

—No tenían por qué contármelo.

—No, desde luego.

Claudia no intentó suavizar aquella respuesta ni añadir una insinuación.

Sophia agradeció su discreción, aunque le resultó extraño descubrir que Titus había regresado a Éfeso varias veces sin que ella lo supiera.

Durante años había imaginado su ausencia como una línea que partía de la ciudad y se prolongaba hacia lugares cada vez más lejanos. En realidad, él había vuelto por aquella puerta, había comido con sus parientes y participado en celebraciones de las que Sophia no tenía noticia.

Su propia vida había estado llena de sucesos pequeños e importantes.

La de Titus también.

—¿Continúa escribiéndote desde cada lugar? —preguntó.

—Desde todos, no. No sé cuántas veces cambia de alojamiento cuando viaja, y prefiero que se ocupe de llegar sin problemas antes que de enviarme el nombre de cada posada.

Pero recibo noticias con regularidad. A veces una carta larga; otras, un mensaje con alguien conocido.

Durante una temporada escribía desde Rodas casi siempre por medio del mismo comerciante.

Claudia le contó que una vez había llegado primero un paquete de higos de Quíos y bastante después la carta que explicaba quién lo enviaba.

En otra ocasión, un pariente creyó que Titus se encontraba enfermo porque había transcurrido más tiempo del habitual sin noticias. Finalmente descubrieron que el hombre encargado de llevar el mensaje había permanecido varios días en una isla esperando viento favorable.

Claudia relató ambas anécdotas sin dramatismo, como circunstancias habituales de quienes tenían familiares repartidos por distintas ciudades.

—Cuando era joven —añadió—, pensaba que una carta debía contener muchas cosas para justificar el viaje de quien la llevaba. Ahora me basta con saber que mi hijo ha llegado a donde decía que iba y cuándo calcula volver a escribir.

Sophia recordó las cartas que había recibido de Titus después de la separación.

Las primeras contenían noticias que solo podían importarles a ellos. Más tarde empezaron a parecerse a las que enviaba un comerciante a un conocido: la llegada a una ciudad, el resultado de una gestión, alguna noticia familiar.

Ninguno había dejado de escribir por accidente.

La correspondencia terminó cuando ambos comprendieron que estaban prolongando una conversación a la que no sabían dar otro destino.

Con Claudia había sido diferente. Madre e hijo no necesitaban sostener una promesa para conservar su relación. Bastaban aquellas cartas, los avisos y las visitas breves cuando las circunstancias lo permitían.

—Lamento no haber vuelto antes —dijo Sophia.

Al pronunciarlo comprendió que no era una fórmula de cortesía.

Claudia la miró con tranquilidad.

—No tienes ninguna deuda conmigo, hija. Nos hemos encontrado alguna vez durante estos años, y tu madre ha seguido enviándome noticias. Una casa no puede reclamar visitas como si fueran pagos atrasados.

—Aun así, debería haber preguntado por ti después del invierno.

—Pues ya lo has hecho. Y ahora sabes que puedo caminar sin ayuda siempre que nadie me obligue a subir demasiadas escaleras.

Sophia sonrió.

Había temido que aquella visita despertara antiguas obligaciones. En cambio, Claudia le estaba recordando que el afecto podía continuar sin convertirse en una reclamación.

La conversación pasó después a Philon.

Había muerto a finales de 109, cuatro años antes. Sophia recordaba la noticia, recibida cuando los asuntos de la casa de Herakleon todavía absorbían casi todas sus jornadas.

Damaris había enviado condolencias y acudido a visitar a Claudia. Sophia conservaba la impresión borrosa de un hombre enfermo durante algún tiempo, pero nunca había sabido cuánto se prolongó aquella última etapa.

—A veces pienso en él cuando paso cerca de los puestos de escribas —comentó—. Siempre decía que nadie que dejara una tablilla sin fecha debía esperar que otro recordase lo que significaba.

Claudia rio suavemente.

—Y después entregaba tres mensajes distintos a la misma persona, confiando en que supiera cuál debía llevar primero.

—También hacía eso.

—En sus últimos meses tuvo menos paciencia con quienes venían por asuntos que podían esperar. Estaba cansado. Todavía intentaba recibir a todo el mundo y, cuando no podía, se enfadaba conmigo por pedirles que regresaran otro día.

Sophia permaneció callada.

Claudia volvió la mirada hacia la galería.

—Murió a finales de aquel año. No fue repentino. Tuvimos tiempo de arreglar algunas cosas y de dejar otras para quienes seguíamos aquí. Titus vino cuando pudo y Athenais pasó después una temporada conmigo. Cada uno ayudó de una manera distinta.

—Mi madre me dijo que Athenais se había quedado varias semanas.

—Lo hizo. Sus hijos encontraron todo aquello muy entretenido hasta que descubrieron que aquí también había tareas.

Claudia acarició con el pulgar un pliegue de la tela que conservaba junto a ella.

—Philon echaba mucho de menos a los dos cuando estaban fuera. Pero nunca le habría gustado que renunciaran a sus vidas para evitarle esa añoranza. Lo decía poco, que era una de sus costumbres menos útiles.

Sophia escuchó sin interrumpir.