Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 5. La casa de Claudia Eirene
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Capítulo 5. La casa de Claudia Eirene

La cesta llevaba varios días preparada para una visita que Sophia había pospuesto sin encontrar una razón que pudiera explicarle a su madre.

Contenía un tarro pequeño de aceitunas en salmuera, higos secos y una pieza de tela fina que había sobrado de un encargo familiar.

Eran presentes modestos, adecuados para una mujer a la que conocía desde hacía muchos años y cuya casa llevaba demasiado tiempo sin visitar.

—Puedes enviarlos con una de las muchachas —dijo Damaris al verla detenerse junto al umbral—. Claudia lo agradecerá igualmente.

—Prefiero llevárselos yo.

Su madre ajustó el paño que cubría la cesta.

—Hace tiempo que no os veis.

—Lo sé.

Damaris no insistió. Comprobó que el recipiente de salmuera estuviera bien cerrado y apartó una esquina de la tela para proteger el pequeño paquete de higos.

—Pregúntale por la pierna. Tuvo molestias durante el invierno, aunque su hermana aseguró que estaba mejor cuando vino a vernos.

—Le preguntaré.

—Y no la obligues a decir que todo está bien si quiere quejarse. Bastante tiene con escuchar a sus parientes recomendarle remedios.

Sophia sonrió.

—Puedo interesarme por su salud sin convertir la visita en una consulta.

—Eso espero. Ya sé cómo te pones cuando alguien asegura que puede arreglárselas solo.

La observación le recordó las conversaciones que había mantenido últimamente con Menandros.

Aquella misma mañana le había confiado las entregas previstas antes del mediodía, aunque todavía le quedaba tiempo para comprobar personalmente que los hombres del patio no mezclaran dos partidas de tejidos destinadas a compradores distintos.

Había decidido no hacerlo.

Su hermano conocía las marcas y el orden de retirada. El día anterior había resuelto una dificultad mayor sin solicitar su ayuda.

Sophia tomó la cesta.

Al atravesar el patio oyó a Menandros discutir con un encargado sobre el recorrido de un carro.

Reconoció el nombre de un depositante y redujo el paso.

La respuesta de su hermano llegó antes de que pudiera volverse: había señalado una hora de entrada distinta para evitar que la carga coincidiera con otra retirada.

Era exactamente lo que ella habría indicado.

Continuó hacia la calle.

La casa de Claudia Eirene se encontraba en una zona de Éfeso donde las viviendas compartían calles estrechas con talleres pequeños y establecimientos familiares.

Quedaba suficientemente cerca del centro comercial para recibir con facilidad las noticias que circulaban por la ciudad, pero apartada de los accesos utilizados por los carros más pesados.

Sophia recorrió una calle en la que dos hombres reparaban un canalillo de desagüe. Una mujer les pedía que retiraran la tierra acumulada frente a su puerta, mientras uno de los trabajadores trataba de explicarle que necesitarían dejarla allí hasta terminar.

Más adelante, un vendedor de aceite se detuvo para saludar a una anciana sentada junto a la entrada de una tienda.

Sophia conocía aquel camino.

A los veintitantos años lo había recorrido con frecuencia, algunas veces acompañada por Damaris y otras porque Claudia la invitaba a comer con su familia. Entonces le había parecido que los asuntos tratados en aquella casa eran menos importantes que los de Herakleon.

Philon, el marido de Claudia, mantenía relaciones comerciales y contactos entre distintas ciudades, pero no disponía de grandes depósitos. Sus obligaciones consistían principalmente en preparar correspondencia, recibir representantes y asegurar que los acuerdos llegaran a quienes debían cumplirlos.

Sophia había aprendido después cuánto podía depender una operación de aquellas gestiones aparentemente pequeñas. De poco servía disponer de un almacén entero si el hombre encargado de trasladar una orden recibía instrucciones equivocadas.

Al llegar a la casa, reparó en que habían pintado la puerta.

Recordaba una superficie oscura, gastada alrededor de la cerradura. Ahora tenía un tono rojizo que dejaba visibles las vetas de la madera. Junto al umbral había dos macetas con plantas aromáticas. Una necesitaba agua; la tierra estaba seca y algunas hojas comenzaban a inclinarse sobre el borde.

Llamó.

Abrió una mujer algo más joven que ella, vestida con una túnica sencilla y las mangas recogidas. Sophia no la reconoció. Habían pasado demasiados años desde sus visitas habituales para esperar que todas las personas que trabajaban en aquella casa continuaran siendo las mismas.

La mujer la condujo hasta la estancia de entrada y fue a anunciar su llegada.

Claudia apareció poco después, apartando una cortina que comunicaba con el patio.

Llevaba el cabello gris cuidadosamente sujeto y una túnica de lino claro. Caminaba con sandalias de suela blanda y apoyó una mano en la pared al franquear el umbral, aunque avanzó sin ayuda cuando vio a su visitante.

—Tu madre me ha escrito tres veces desde que terminó el invierno —dijo a modo de saludo—. Empiezo a sospechar que te ha enviado para comprobar que sigo viva.

Sophia dejó la cesta en un banco y aceptó el abrazo que Claudia le ofrecía.

—Me ha encargado que pregunte por tu pierna.

—Ahí tienes la prueba. Entra antes de que empiece a enumerar todas las maneras en que me duele.

Sophia rio.

Claudia conservaba aquella voz baja que obligaba a escucharla con atención y una manera de recibir visitas que nunca había confundido la cortesía con las ceremonias interminables.

La condujo hasta el patio.

Una franja de sol alcanzaba las losas irregulares. Bajo una galería estrecha habían dispuesto dos asientos y una mesa. Una parra trepaba junto a una columna y proyectaba sombra sobre una vasija de agua.

Sophia reconoció varios detalles de sus visitas antiguas, aunque otros habían cambiado.

Una de las vigas de la cubierta parecía nueva. Había desaparecido el arcón grande donde Philon guardaba tablillas y rollos con nombres de sus corresponsales. En su lugar había un banco bajo y una caja de madera cerrada.

La casa seguía siendo familiar, pero no estaba detenida en el recuerdo que Sophia conservaba.

—Te he traído unas cosas de casa —dijo, señalando la cesta.

—Entonces será mejor examinarlas antes de que las sirvan a todos mis parientes. Han descubierto que, si vienen a la hora de comer, siempre encuentro algo que ofrecerles.

Claudia llamó a la muchacha y le pidió que llevara los alimentos a una estancia fresca. Conservó la pieza de tela y la extendió sobre la mesa.

Pasó dos dedos por el tejido y levantó uno de los extremos contra la luz.

—Tu madre sabe que ya no distingo una costura tan fina como antes.

—Dice que es para que dejes de arreglar los mantos de todos tus sobrinos.

—Tu madre lleva mucho tiempo intentando que abandone costumbres que ella misma practica.

—No pienso discutirle eso.

Claudia dobló la tela con cuidado.

Sophia había imaginado una recepción más difícil. Tal vez alguna pregunta sobre Titus, una referencia a los años anteriores o una muestra de incomodidad que las obligara a hablar de asuntos que ninguna había acudido a resolver.

En cambio, Claudia la había recibido como a la hija adulta de unos conocidos a quienes apreciaba desde hacía décadas.

Aquella familiaridad le permitió sentarse sin sentir que debía explicar su presencia.

Claudia preguntó primero por Herakleon.

Quiso saber si continuaba atendiendo personalmente algunos acuerdos antiguos y cómo llevaba Menandros el aumento de responsabilidades. También se interesó por la reparación de una cubierta en uno de los espacios que los Flavii utilizaban cerca del puerto.

Sophia le explicó las restricciones recientes y la necesidad de organizar determinadas entradas de carros por turnos.

—Mi hermana ha tenido que cambiar dos veces la llegada de un cargamento de aceite —comentó Claudia—. Si los conductores no saben cuándo podrán entrar, terminan pidiendo alojamiento para ellos y para los animales. A algunos les cuesta más esperar que dar un rodeo.

—Estamos intentando que las casas que comparten entrada no hagan acudir a todos los carros a la misma hora.

—¿Y lo habéis conseguido?

—Hemos conseguido que reconozcan que no pueden pasar todos al mismo tiempo. Ya es algo.

—En esta ciudad, bastante.

Claudia apartó una hoja seca que el aire había dejado sobre la mesa. Sophia advirtió el cuidado con que doblaba una pierna al acomodarse.

—¿Todavía te molesta la rodilla?

—Menos que durante el invierno.

—Mi madre me dijo que apenas podías salir.

—Hubo unos días húmedos en los que preferí quedarme dentro. Después descubrí que pasar tanto tiempo sentada tampoco me convenía.

Claudia le explicó que había vuelto a caminar diariamente por las calles próximas cuando el tiempo se lo permitía. La rigidez había empezado a ceder, aunque ciertos movimientos todavía le resultaban incómodos.

—Un pariente me recomendó un ungüento carísimo. Otro me mandó unas hierbas cuyo olor era peor que la molestia. Al final he vuelto a hacer lo que hacía antes: caminar cuanto puedo y dejar de escuchar a quien promete que nunca volveré a notar los años.

—Mi madre aprobaría esa solución.

—Tu madre aprobaría cualquier solución que incluyera caminar, siempre que fuera yo quien caminase. A ella le diría que descansara.

Sophia sonrió.

Desde una casa próxima llegaba el sonido de un mortero. Más allá de los tejados se oyó la llamada de un vendedor que anunciaba pescado conservado. Unos niños pasaron corriendo por la calle y sus voces se alejaron poco después.

En el patio, la conversación encontró el ritmo que Sophia recordaba: noticias familiares, pequeñas diferencias sobre la manera de llevar una casa y nombres de personas a quienes ambas conocían.

Claudia le habló de Athenais, su hija mayor, instalada en Esmirna con su marido desde hacía años.

Una de sus nietas estaba aprendiendo a llevar determinadas cuentas domésticas. Otra insistía en acompañar a su padre cuando visitaba a sus clientes, para disgusto de unos parientes que consideraban impropio que una muchacha mostrara tanto interés por asuntos comerciales.

Claudia contó la historia sin ocultar su satisfacción.