Capítulo 4. La ciudad que empuja #3
La visita a la casa vecina fue breve. El propietario confirmó que durante algunas tardes el paso podía ocuparse con un carro pequeño, siempre que no coincidiese con la llegada de material para el taller contiguo.
Sophia anotó la condición y ofreció trasladarla a Philostratos.
Cuando terminó, Titus le preguntó si todavía necesitaba que él comprobara algo más.
Ella no encontró motivo para prolongar la jornada.
—Tengo que ver a mi prima —respondió—. Vive no muy lejos de aquí.
—Entonces te dejaré seguir. Mañana hablaremos de las horas que ofrezca Leontios.
Se despidió con la misma corrección de los días anteriores y tomó la calle que llevaba hacia el puerto.
Sophia lo observó un momento antes de continuar.
Durante la reunión había esperado que él defendiera una solución por orgullo, y en la conversación posterior había descubierto que ya no necesitaba hacerlo.
Le irritaba haber llegado con una respuesta preparada para un hombre que llevaba siete años sin ver.
La casa de Thaleia se encontraba en una calle donde alternaban las viviendas con talleres de artesanos.
Sophia reconoció el olor de la cera utilizada para preparar moldes antes de llegar a la puerta.
Dos hombres descargaban barras de metal en un almacén próximo y el sonido de sus voces se mezclaba con los golpes que salían del taller del marido de su prima.
Una muchacha de la casa condujo a Sophia a un patio pequeño en el que habían extendido paños recién lavados.
Thaleia estaba inclinada sobre una mesa, separando piezas de bronce acabadas de otras que todavía necesitaban pulirse.
Llevaba un cordel de cuentas enrollado en la muñeca y tenía cerca una cesta de pequeños cierres destinados a un pedido.
Al ver a Sophia dejó la pieza que sostenía y se limpió las manos con un paño.
—Has llegado antes de lo que esperaba. Eso significa que el puerto no se ha venido abajo.
—Todavía funciona.
—Bien. Necesito que siga haciéndolo al menos hasta que nos entreguen el estaño que han prometido.
Thaleia besó a su prima en la mejilla y señaló un banco a la sombra.
Antes de sentarse pidió a la muchacha que comprobara si los cierres terminados eran los destinados a la casa de un cliente de Trales.
Sophia conocía aquella costumbre: su prima podía recibir una visita con verdadero afecto y seguir pendiente al mismo tiempo de lo que ocurría en el taller.
De niñas habían reído porque las mujeres mayores de ambas familias hablaban de tareas incluso en las celebraciones; ahora encontraban extraño que alguien pudiera separar completamente una conversación de las obligaciones que la rodeaban.
—Tu marido ha recibido bastante trabajo —observó Sophia al mirar las piezas.
—Más encargos de los que puede terminar antes de la próxima luna, según él. Aunque los compradores parecen convencidos de que a fuerza de insistir conseguirán que sus martillos trabajen solos.
—En nuestra casa ocurre algo parecido con las habitaciones y los depósitos.
Thaleia le ofreció agua fresca y una porción de torta con miel.
Hablaron primero de una pariente que llegaría de Esmirna, de un pedido que se había adelantado y de la dificultad de encontrar un artesano dispuesto a revisar unas bisagras antiguas sin prometer que durarían otros veinte años.
Sophia agradeció aquella conversación. Thaleia tenía sus propias preocupaciones, que exigían atención sin necesidad de guardar relación con la llegada de Titus.
Cuando la muchacha volvió para preguntar por un paquete, Thaleia se levantó y revisó el sello que lo cerraba.
Sophia la vio dar dos instrucciones distintas y devolverlo a la cesta sin resolver una decisión que pertenecía a su marido.
Había una soltura en aquella manera de compartir el trabajo que le recordó la conversación con Menandros.
Thaleia confiaba en que ciertas cosas pudieran quedar pendientes sin apresurarse a recogerlas todas.
—Me han dicho que hay un agente nuevo ocupándose de los acuerdos del puerto —comentó su prima cuando se sentó de nuevo—. El marido de una clienta ha tenido que cambiar la salida de unos carros por ese motivo.
—No es nuevo en Éfeso. Es Titus Claudius Naso.
Thaleia dejó la copa sobre la mesa. No mostró sorpresa exagerada; Sophia supuso que, de haberlo sabido antes, habría esperado a encontrar un momento adecuado para mencionarlo.
—Así que ha vuelto.
—Por unas semanas. Trabaja para varias casas que necesitan acordar los recorridos y el uso de algunos depósitos.
—Siempre se le dio bien convencer a la gente de que escuchara una propuesta.
—Ahora escucha antes de formularla.
Sophia advirtió demasiado tarde la precisión con que había respondido. Su prima la miró un instante, sin sonreír.
—Han pasado bastantes años.
—Siete.
—Lo recuerdo.
Thaleia tomó una pieza pequeña del montón que tenía junto a ella y empezó a comprobar el cierre. Sophia observó el movimiento de sus dedos, agradecida de que no utilizara el nombre de Titus para convertir la visita en un interrogatorio.
—Cuando os separasteis —dijo al cabo—, me contaste que ninguno podía aceptar la vida que el otro necesitaba entonces. Siempre pensé que los dos habíais hablado con claridad.
—Lo hicimos.
—Y eso no evitó que fuera doloroso.
Sophia miró hacia el patio. Una corriente de aire movía los paños extendidos y traía desde el taller el olor de madera calentada.
—A veces he pensado que deberíamos haber buscado otra solución.
—Puede que la hubiera. Pero los dos elegisteis lo que considerabais necesario y los dos pagasteis un precio. No creo que haya mucho provecho en fingir ahora que uno de vosotros se equivocó para que el otro pudiera tener razón.
Sophia agradeció que lo dijera sin compasión ni reproche.
Había oído demasiadas historias sobre amantes separados que terminaban reunidos por una casualidad y descubrían que todo el tiempo perdido procedía de una mentira o de una decisión ajena.
Lo suyo no ofrecía aquel consuelo. Titus se había marchado porque deseaba la carrera que le habían propuesto; ella se había quedado porque su familia la necesitaba y porque quería sostener la vida que conocía.
En los años siguientes había habido trabajo, celebraciones, dificultades superadas y días felices.
Ninguno de esos días desaparecía porque él hubiera regresado.
—Hoy esperaba que discutiera con Leontios —confesó—. Estaba tan segura de cómo iba a responder que había preparado lo que le diría antes de que hablase.
—¿Y discutió?
—Escuchó. Preguntó cuánto espacio podían utilizar, cuántos carros entrarían y qué ocurriría si se retrasaba una carga. Después nos hizo aceptar una propuesta que tampoco me deja completamente satisfecha a mí.
Thaleia se rio mientras colocaba la pieza entre las terminadas.
—Por lo que cuentas, quizá haya aprendido a negociar.
—Ya sabía hacerlo.
—Entonces habrá aprendido a dejar que los demás lo hagan también.
Sophia se sirvió un poco más de agua. La facilidad con que su prima había resumido la jornada la hizo sonreír, pero no estaba dispuesta a concederle tanta autoridad sobre una situación que apenas conocía.
—Es un encargo de pocas semanas —dijo—. No necesito descubrir todo lo que ha hecho desde que se marchó.
—Claro que no. Bastante tendrás con los almacenes.
Thaleia volvió a hablar de la llegada de su pariente de Esmirna y pidió ayuda para decidir qué habitación prepararía sin interrumpir el trabajo de quienes utilizaban el patio.
Sophia encontró la respuesta de inmediato y luego escuchó cómo su prima prefería otra distribución por un motivo doméstico que a ella no se le había ocurrido.
Siguieron conversando hasta que la luz comenzó a retirarse del centro de la mesa y el ruido del taller se hizo menos frecuente.
Cuando Sophia se levantó para marcharse, Thaleia dejó su trabajo y la acompañó a la entrada. Un aprendiz cruzaba con una cesta de piezas acabadas, y tuvieron que hacerse a un lado para dejarle paso.
—¿Será difícil lo del puerto? —preguntó Thaleia mientras esperaba a que el muchacho desapareciera en el almacén.
—Más de lo que parecía al principio —respondió Sophia—. Tendré que aprender cómo trabaja ahora antes de dar por hecho lo que va a hacer.
Su prima levantó ligeramente las cejas. Sophia oyó su propia respuesta y comprendió que había pensado en Titus, no en las restricciones ni en la custodia de los depósitos.
Quiso corregirse, explicar que hablaba de las condiciones del acuerdo, pero Thaleia se limitó a abrirle la puerta y recordarle que volviera antes de que su pariente de Esmirna se marchara.
Sophia salió a la calle algo molesta consigo misma.
Había pasado la jornada tratando de que nadie confundiera una capacidad disponible con una promesa segura y acababa de hacer, sin advertirlo, exactamente lo contrario con un hombre al que creía conocer.