Capítulo 4. La ciudad que empuja #2
—No he dicho que no hagas bien tu trabajo, Sophia. Solo que tu padre dispone de espacio en el que otros podrían guardar mercancía.
—Mi padre dispone de ese espacio porque hemos renunciado a alquilarlo cuando no podíamos garantizar la retirada.
Leontios recorrió con la vista el patio. Lejos de indignarse, señaló a los hombres que trabajaban bajo la galería.
—Yo también tengo trabajadores a quienes pagar y cubiertas que reparar. Si espero siempre a que nada pueda salir mal, acabaré manteniendo depósitos vacíos y hombres desocupados. No sería más responsable por ello.
Sophia dejó que aquella observación permaneciera entre ellos.
Había algo cierto en ella, aunque no resolvía qué parte del riesgo debía aceptar cada casa.
Dos años atrás, una racha de transportes irregulares había dejado a Leontios con espacio sin utilizar durante semanas; la familia de Sophia había podido ayudarle entonces con una partida de manufacturas, y él les había ofrecido a cambio un lugar seco durante unas lluvias tempranas.
Recordó aquel intercambio mientras contemplaba las cubiertas que estaban reparando.
Leontios conocía los inconvenientes de una capacidad inútil tanto como ella los de una obligación incumplida.
Titus pidió a Philostratos que mostrara de nuevo el recorrido alternativo y dejó un momento las tablillas sobre una mesa baja.
Los cuatro se inclinaron para examinar el trazado.
El acceso que Leontios consideraba una ventaja no quedaría cerrado, pero sí recibiría parte de los carros desviados de la calle próxima al muelle.
Podría llenarse antes de que la mercancía llegase a su patio.
—¿Cuántos vehículos entran aquí en una mañana normal? —preguntó Titus.
—Depende de la época —respondió Leontios—. Seis, ocho. Algunos descargan en muy poco tiempo.
—¿Y cuántos pueden esperar en la calle sin impedir el paso hacia el taller vecino?
—Dos. Tal vez tres, si llegan pequeños.
Philostratos negó con la cabeza.
—El tercero quedaría delante de la entrada del taller. Su dueño ya se ha quejado por el paso de los carros de otros depósitos.
Leontios frunció el ceño, aunque no discutió la observación.
Sophia comprendió entonces que la capacidad que él ofrecía dentro del patio no equivalía a la capacidad para hacer llegar hasta él todas las cargas.
Era una distinción elemental, pero el atractivo de los depósitos disponibles había conseguido que ninguno la formulara hasta aquel momento.
—Podrías aceptar nuevas partidas solo en jornadas en que tengas un turno de llegada asegurado —propuso ella—. Si el acceso está ocupado por los carros desviados, no tendrás que prometer nada que dependa de hacerlos esperar.
—Eso nos dejaría pocas mañanas.
—Quizá suficientes para dos partidas. Las demás tendrían que entrar por la tarde.
Leontios volvió a mirar el trazado.
—Mis encargados dirán que es incómodo.
—Los míos también —respondió Sophia—. Siguen prefiriendo que el sol se ponga después de haber terminado su trabajo.
Él sonrió, pero no concedió todavía.
Titus separó una tablilla limpia y trazó dos columnas.
Propuso que durante tres días se ensayara la entrada de nuevas cargas únicamente en turnos anunciados con antelación; las casas que cedieran espacio no quedarían obligadas a reservarlo indefinidamente, y los depositantes deberían aceptar por escrito un límite de custodia y un modo de retirar sus bienes si la circulación empeoraba.
Si el recorrido resultaba impracticable, las partidas todavía no recibidas quedarían suspendidas sin convertir la oferta inicial en una promesa incumplida.
Philostratos llevaría al responsable de los trabajos las horas que necesitaban mantener despejadas, aunque dejó claro que nadie podía garantizarles prioridad sobre la retirada del limo.
—Quieres que utilicemos solo una parte de lo que tenemos —dijo Leontios.
—Quiero que sepamos qué parte podemos utilizar sin impedir que el resto continúe funcionando.
—Y las tres jornadas de prueba no me compensan el trabajo de preparar los depósitos.
Titus observó las cubiertas a medio reparar.
—Entonces habrá que separar el coste de la preparación del alquiler que cobres a los depositantes. Si la operación se interrumpe por una restricción que todos conocen, no deberías soportar tú solo el trabajo hecho. Tampoco pueden pagar por diez días quienes solo han usado tres.
Leontios pidió que aquello se pusiera por escrito antes de hablar con los clientes.
Sophia añadió una condición: ninguna partida nueva ocuparía los espacios que las casas hubieran reservado expresamente para obligaciones antiguas, salvo consentimiento del depositante afectado.
Aquello limitaba también lo que ella misma podría ofrecer.
Lo sabía, y por eso esperó la respuesta de Titus.
—Es razonable —dijo él—. Pero necesitaremos que cada casa señale cuáles son esas reservas y hasta cuándo existen. De lo contrario, cualquiera podrá llamar antiguo a un compromiso hecho ayer.
Leontios soltó una carcajada.
—Eso último sucede con frecuencia.
Philostratos tomó nota de las condiciones, sin prometer que pudieran convertirse en un acuerdo general para el puerto.
Las llevaría a los responsables correspondientes y volverían a reunirse cuando dispusieran de más respuestas.
Leontios aceptó mostrar a sus encargados el reparto de turnos; Sophia se comprometió a comprobar qué sala de su casa podía ponerse a disposición de una operación limitada sin perjudicar a los clientes a quienes ya habían dado su palabra.
Ninguno consiguió todo lo que había pedido al principio.
Al salir del patio, Leontios los acompañó hasta la puerta.
—¿Habrías aceptado una propuesta semejante hace algunos años? —preguntó a Titus—. Me han dicho que entonces eras más partidario de resolver las cosas deprisa.
Sophia sintió la tentación de mirar a Titus antes de que respondiera. Permaneció junto a Philostratos, que revisaba las notas con los ojos entornados a causa de la luz.
—Habría calculado cuántas cargas cabían en el patio —dijo Titus—. Y posiblemente habría olvidado contar los carros que debían llegar hasta él.
Leontios le dio una palmada ligera en el brazo.
—Bueno, hoy hemos contado los dos. Eso ya es un comienzo.
Cuando se despidieron, Sophia guardó la copia de las condiciones que acababan de discutir.
Había conocido al Titus que hablaba de su propio error como de un hecho que podía mencionarse delante de otra persona sin perder por ello autoridad.
No estaba segura de que el hombre que recordaba hubiera sido capaz de hacerlo con aquella facilidad, aunque tampoco le parecía justo atribuir al joven de entonces todos los defectos que ahora le convenía encontrar.
Philostratos debía volver a la oficina del grammateus con las respuestas recogidas.
Se separó de ellos cerca de una plaza pequeña, prometiendo avisar cuando supiera cuánto tiempo duraría la restricción de la calle exterior.
Sophia quiso regresar al almacén, pero Titus le indicó un punto del acuerdo que merecía comprobar antes con una casa vecina.
El recorrido no los desviaría demasiado.
Caminaron juntos entre los puestos que se extendían hacia el ágora.
Un hombre cargaba rollos de cuerda sobre los hombros; detrás de él avanzaba un muchacho con una cesta de bisagras de bronce.
Cerca de una fuente, una mujer discutía con un vendedor el precio de las aceitunas.
La multitud se abría en torno a los cargadores y volvía a cerrarse cuando pasaban.
Sophia tuvo que sujetar el extremo de su manto para no rozar una pila de vasijas recién pintadas.
—Leontios tiene razón en una cosa —dijo.
—En varias, creo.
La respuesta la hizo volver la cabeza.
—Hace siete años habrías defendido su propuesta antes de saber cuánto podía ofrecerle el paso.
Titus tardó un momento en responder. Miró hacia la calle por la que acababan de llegar y esperó a que dos hombres terminaran de pasar junto a ellos.
—Es posible. En aquella época me resultaba fácil pensar que un acuerdo bien calculado acabaría imponiéndose a las dificultades.
—Y ahora no.
—He visto un acuerdo conveniente fracasar porque los conductores no podían dar la vuelta sin entrar en una propiedad ajena. El dueño terminó aceptando el paso, pero ya era tarde para la primera carga.
—¿Dónde ocurrió?
—En una ruta vinculada a Rodas. El problema parecía menor cuando lo discutíamos alrededor de una mesa.
Sophia imaginó por un instante al Titus de treinta y un años, inclinado sobre las tablillas de su padre, dispuesto a demostrar que todo podía organizarse con un poco más de decisión.
Aquella imagen había acompañado durante años la memoria de su partida.
Ahora caminaba junto a un hombre que hablaba de los errores sin convertirlos en una derrota, y lo que resultaba difícil era hacer sitio a ambos dentro del mismo recuerdo.
—También hoy podría salir mal —dijo ella—. Tres jornadas no bastan para saber cómo responderá todo el mundo.
—No. Nos servirán para descubrir lo que hemos contado mal antes de obligar a otros a pagar las consecuencias. Leontios puede decidir después que le conviene aceptar más riesgo.
Sophia se detuvo junto al establecimiento de una mujer que ofrecía cintas de colores.
La dueña les pidió que dejaran libre la entrada para un grupo que se acercaba desde el otro lado.
Titus retrocedió sin discusión y esperó a que ella hubiera pasado.
Sophia advirtió que ambos habían ido buscando lugar en la misma dirección, con esa antigua facilidad para acomodarse al movimiento del otro que había sobrevivido sin que ninguno se lo propusiera.
La coincidencia le produjo una extraña mezcla de cercanía y reserva.