Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 4. La ciudad que empuja
9%

Capítulo 4. La ciudad que empuja

La primera dificultad del día apareció a dos calles del ágora, cuando un carro cargado de recipientes de barro se detuvo atravesado en una esquina y obligó a los peatones a buscar paso por ambos lados.

El conductor discutía con un hombre que llevaba una cesta de panes sobre la cabeza.

Ninguno parecía dispuesto a conceder al otro el espacio necesario para continuar, aunque el animal, inmóvil entre los dos, daba muestras de una paciencia muy superior a la de su dueño.

Sophia se apartó bajo el alero de un taller para dejar pasar a dos mujeres y comprobó que Titus había hecho lo mismo unos pasos más atrás. Philostratos, que los precedía con una tablilla protegida bajo el manto, se volvió para asegurarse de que continuaban juntos.

—El camino de los almacenes estaba despejado hace un rato —dijo.

—Eso fue antes de que todos decidieran utilizarlo —respondió Sophia.

Una vendedora de telas, obligada a esperar con su cesta mientras los hombres discutían, se echó a reír.

Finalmente, el conductor consiguió mover el carro lo suficiente para dejar paso a quien venía en sentido contrario.

El ruido de las ruedas contra las piedras acompañó al grupo hasta la calle siguiente.

Aquella mañana había comenzado con dos visitas que Sophia habría preferido resolver sin abandonar la casa.

Un depositante quería confirmar que sus tejidos seguirían bajo la misma custodia aunque se modificara el recorrido de entrada; otro solicitaba saber si podría retirar sus cajas al amanecer dentro de cuatro días.

Ninguno se había mostrado especialmente alarmado al recibir las explicaciones.

Lo que ambos deseaban, y con razón, era una respuesta que pudieran repetir a sus propios clientes.

Menandros se había ocupado de preparar una de ellas.

Sophia lo había encontrado antes de salir comparando dos relaciones de entrega con Timon y dando instrucciones para que conservaran el paso interior libre hasta recibir una confirmación.

No había pedido que ella revisara sus cuentas.

El acuerdo con la casa de Eudemos, cerrado el día anterior, continuaba siendo pequeño y condicionado, pero Herakleon había aceptado las condiciones sin añadir nada sustancial.

Sophia llevaba consigo una copia de los límites que afectaban a los tres espacios; la original había quedado en manos de su hermano.

—¿Habrá alguna modificación en el paso del muelle oriental? —preguntó a Philostratos cuando alcanzaron la calle de los vendedores de aceite.

—En una parte del acceso, sí. Nos lo han comunicado esta mañana. Los hombres que retiran el limo necesitan dejar allí los carros vacíos antes de volver a cargar. Durante varios días no podrá mantenerse la circulación en ambos sentidos a la misma hora.

—¿Varios días cuántos?

—Todavía están calculándolo.

Sophia le dedicó una mirada que él soportó con resignación.

—Lo sé —añadió Philostratos—. También he pedido una fecha. Por ahora podemos fijar cuáles serán las horas de paso; el final de la restricción dependerá de cuánto material tengan que sacar.

Titus se inclinó para leer el aviso que el otro le ofrecía. En lugar de comentar la duración, preguntó quién decidiría cuándo se abría el acceso después de cada turno.

—Un encargado de los trabajos lo señalará sobre el terreno. Yo llevaré las instrucciones a las casas afectadas y recogeré las objeciones —explicó Philostratos—. Si hay un impedimento serio, habrá que tratarlo con quienes organizan el trabajo, no discutir con los hombres de los carros.

—Entonces conviene que no prometamos una hora exacta de salida antes de saber dónde se formará la espera —dijo Titus.

Sophia había pensado lo mismo. Agradeció, sin embargo, que él no se adelantara a ofrecer una solución general.

Al principio del recorrido Titus había pedido escuchar a tres casas cuyas entradas coincidían parcialmente con la circulación hacia el puerto, y ella había aceptado porque necesitaba conocer qué compromisos podrían mover realmente.

La falta de espacio en un callejón se convertía en un problema muy distinto según quién esperara al final del camino.

Cruzaron junto a un establecimiento donde un hombre golpeaba una lámina de bronce con un martillo ligero.

Desde el interior llegaba el olor metálico de una pieza calentada hacía poco y el sonido más agudo de los golpes de un muchacho que trabajaba en otra mesa.

Más adelante, unos peregrinos se detenían ante un vendedor de pequeñas ofrendas destinadas a Artemisa.

Una mujer elegía una figurilla de arcilla mientras el hombre que la acompañaba preguntaba por el camino más directo hacia el santuario.

El grupo terminó por ocupar toda la entrada de una tienda de perfumes y su dueño salió para reclamar que dejaran pasar a los compradores.

Sophia conocía aquella parte de Éfeso desde niña y, aun así, había mañanas en las que le sorprendía el número de personas que necesitaban de la ciudad algo diferente al mismo tiempo.

Para los recién llegados, una habitación y un lugar donde dejar el equipaje; para los vendedores, un tramo de calle que no se quedara vacío; para los talleres, materiales que llegasen sin retraso; para las casas mercantiles, espacio donde custodiar mercancía y compradores dispuestos a pagar.

La noticia de un mayor movimiento hacia las rutas orientales había hecho que todos intentaran asegurarse una ventaja antes de que los demás la encontraran.

Leontios los recibió delante de un patio amplio que pertenecía a la casa que representaba.

Tenía una túnica clara sujeta por un cinturón sencillo y hablaba con dos hombres que estudiaban el lugar donde podrían instalar una cubierta provisional.

Al ver a Philostratos, terminó de dar una indicación y salió al encuentro del grupo con una cordialidad que Sophia no confundió con disposición a ceder.

—Llegáis a tiempo para comprobar que todavía tenemos lugar —dijo—. Ayer algunos aseguraban que todo Éfeso estaba lleno.

—Eso depende de qué se quiera guardar y durante cuánto tiempo —replicó Sophia.

—Precisamente. Entrad y lo veremos.

Una parte del patio permanecía despejada, aunque se distinguían en el suelo las marcas recientes de un cargamento retirado.

Había fardos apilados bajo la galería y varios hombres encargados de cambiar cuerdas deterioradas.

Leontios explicó que dos depósitos interiores estaban ocupados hasta finales de la semana, mientras que un tercero podría recibir mercancía seca en cuanto salieran unas piezas enviadas desde el interior de Asia.

Disponían, además, de una entrada que no dependía del paso que acababa de quedar limitado.

—Si unas casas pierden capacidad durante los trabajos —dijo Leontios—, alguien tendrá que recibir sus cargas. Nosotros podemos hacerlo. Y vosotros tenéis dos salas que durante buena parte del día no utilizáis.

Sophia apoyó sobre una caja la relación que había llevado.

—Una de esas salas debe permanecer libre para las entregas que tenemos comprometidas. No está vacía por descuido.

—No pretendo que rompas acuerdos. Pretendo que aproveches las horas en que no entra nadie. Cuanto más se mueva ahora, más clientes conservarán su interés por esta ruta cuando terminen las reparaciones.

Philostratos indicó que, según los avisos recibidos, algunos transportistas estaban solicitando turnos antes de conocer sus fechas de llegada.

Leontios consideró esa conducta una razón adicional para abrir espacios; Sophia, en cambio, recordó a los dos depositantes que la habían visitado aquella mañana.

Si prometía un hueco para una carga nueva y el primer transportista se retrasaba, el compromiso antiguo dejaría de tener la prioridad que su familia le había garantizado.

Esperó que Titus interviniera. Recordaba bien cómo habría respondido a una propuesta semejante siete años antes: habría calculado el uso posible de cada estancia y defendido con entusiasmo que un espacio libre debía producir alguna ganancia.

A Sophia le había gustado entonces aquella facilidad suya para imaginar caminos donde otros solo veían obstáculos, aunque más de una vez había tenido que recordarle los nombres concretos de quienes soportarían las consecuencias de un retraso.

Titus, sin embargo, se dirigió primero a Leontios.

—¿Cuántas cargas podrías recibir sin depender de la salida de las piezas que esperas esta semana?

—Tres partidas medianas, quizá cuatro si vienen bien embaladas.

—¿En qué lugar las guardarías?

Leontios señaló la galería y explicó que las cajas podrían distribuirse en dos zonas.

Titus pidió entonces saber quién respondería de comprobar las marcas, quién conservaría las llaves y qué ocurriría si una partida anunciada para cinco días tardaba diez en retirarse.

Leontios contestó las dos primeras cuestiones con facilidad.

En la tercera se tomó algo más de tiempo.

—Cobraríamos los días adicionales, naturalmente.

—¿Aunque eso impidiera recibir una entrega que ya habías aceptado?

—Si llega a producirse ese caso, tendríamos que decidirlo.

—Eso es precisamente lo que Sophia teme —dijo Titus—. Que el caso llegue cuando ya no quede sitio para decidir nada.

Sophia lo miró. El tono no llevaba una censura contra Leontios, sino la misma atención que había prestado a su explicación.

Hasta aquel momento ella había preparado una respuesta para una disputa que todavía no se había producido.

Titus había situado ante todos la parte de la propuesta que requería una decisión.

—Puedo rechazar cargas que no vengan con una fecha de salida —dijo Leontios—. Perderé algunas operaciones, pero no comprometeré mis depósitos.

—No todas las fechas podrán cumplirse —observó Sophia—. Con los trabajos en marcha habrá esperas que nadie puede prever.

—Lo sé. Llevo aquí muchos años.

—Y yo llevo bastantes ocupándome de quienes vuelven a reclamar cuando un plazo se incumple.

Leontios alzó una mano en señal de paz.