Capítulo 3. Menandros responde #3
—Por eso el nombre del conductor irá en la relación de entrada y el de quien recoja los fardos en la de salida. Si cambian, necesitaré que lo comuniquen antes de traer el siguiente envío.
Sophia vio que el hombre estudiaba la disposición del patio.
No estaba convencido por una fórmula amable; quería asegurarse de que sus propios clientes podrían seguir circulando sin depender de una promesa ajena.
Menandros le mostró el lugar donde terminarían los fardos y calculó con él el ancho disponible para el paso.
Cuando comprobaron que los bultos podían entrar sin invadirlo, el representante dejó de objetar a la primera entrega.
—No doy permiso para la segunda hasta ver cómo sale la primera —advirtió.
—Es lo que propongo —respondió Menandros.
El agente de Eudemos protestó por la falta de seguridad para las doce piezas.
Había venido con la idea de cerrar una sola negociación, y al escuchar que debía esperar quiso obtener al menos una reducción del precio por la partida inicial.
Menandros no se apresuró a negar. Preguntó si su patrón aceptaría trasladar la primera carga por la mañana y retirarla en el día acordado, sin reservar más tiempo del necesario.
Cuando el otro admitió que podía ser, propuso una cantidad proporcionada a los días de uso, sin incluir los que todavía nadie podía prometer.
Sophia conocía el límite por debajo del cual el alquiler apenas compensaría el trabajo de recepción.
Menandros no llegó a él. El agente intentó disminuir un poco más la cifra, alegando la incertidumbre del tránsito; Menandros respondió que esa misma incertidumbre impedía regalar días de custodia.
La conversación avanzó entre objeciones pequeñas y concesiones igualmente precisas, hasta que los dos hombres estuvieron de acuerdo en lo que aceptarían sus respectivas casas.
—Mi padre confirmará las condiciones —dijo Menandros—. En cuanto Eudemos nombre a quien retirará los fardos, podremos fijar la llegada. Si no llega esa confirmación, el espacio seguirá libre.
El representante de la otra casa asintió y ordenó al encargado que anotara el turno provisional.
El hombre de Eudemos prometió enviar el nombre antes de terminar el día.
Menandros repitió una última vez las condiciones para que ninguno pudiera confundir el acuerdo con una reserva de todos los espacios disponibles.
Sophia permaneció a su lado mientras se despedían.
Había tenido ocasiones de intervenir: cuando se discutió el ancho del paso, cuando el agente quiso rebajar el precio, cuando la fecha de recogida pareció demasiado optimista.
En cada una había encontrado un argumento que ofrecer, pero Menandros se le adelantó con una respuesta propia o formuló una pregunta más adecuada.
Ella terminó por ocuparse de la partida antigua que justificaba su visita; comprobó con el encargado una relación pendiente y dejó resuelta una diferencia menor de marcas.
Cuando volvió, su hermano ya estaba guardando las tablillas del acuerdo.
—No has necesitado que te corrigiera —dijo mientras salían.
Menandros la miró con una mezcla de sorpresa y diversión.
—He cometido errores otras veces sin que estuvieras delante.
—Eso no es muy tranquilizador.
—Y he conseguido resolver algunos. Deberías contar también esos.
La respuesta no tenía el tono desafiante de quien reclamaba una victoria.
Menandros se detuvo un instante para dejar salir un carro por la puerta y después caminó junto a ella hacia la calle.
Le explicó que pensaba entregar personalmente a Herakleon las condiciones y esperar a que Eudemos confirmara por escrito el nombre del responsable de la retirada.
Sophia escuchó sin añadir instrucciones.
El plan incluía todo cuanto ella habría exigido, aunque quizá habría preferido otro momento del día para hablar con su padre.
Al llegar a la bifurcación donde se separaban el camino de la casa y el que llevaba al depósito interior, Menandros le preguntó si quería acompañarlo.
Sophia tenía trabajo allí y no necesitaba volver con él.
Durante un momento estuvo tentada de hacerlo de todos modos, simplemente porque conocía las preguntas que Herakleon podía plantear.
Luego recordó la conversación con Damaris y la facilidad con que su hermano había sostenido el acuerdo delante de dos hombres que tampoco estaban dispuestos a ceder sin una razón.
—Ve tú —respondió—. Tengo que ocuparme de aquella entrega. Nos veremos en la cena.
—Le explicaré las condiciones tal como han quedado.
—Lo sé.
Menandros se marchó calle arriba. Sophia siguió hacia el depósito, donde todavía tendría que decidir qué hacer con un envío de tejidos que debía salir antes de terminar la semana.
Mientras avanzaba entre los carros que buscaban paso, recordó a su hermano a los veintitrés años, esperando que ella terminara las cuentas para preguntar si podía hacerse cargo de alguna parte.
Ahora acababa de cerrar una negociación pequeña, pero verdadera, sin pedirle que respondiera en su lugar.
Sophia conocía bien el valor de un acuerdo semejante.
Le costó algo más reconocer que una de las razones por las que durante tanto tiempo había creído necesario quedarse al frente de todo pertenecía a aquellos años y no a la mañana que acababa de vivir.