Capítulo 3. Menandros responde #2
—Esa distinción ayuda. Podéis ofrecer una condición sobre aquello que controláis y reservar la otra hasta conocer el acceso. Si Eudemos necesita las doce piezas juntas, tendrá que buscar otro arreglo.
Herakleon se dirigió a Sophia.
—¿Qué te parece?
Ella habría preferido una respuesta que no dependiera de más preguntas. Revisó de nuevo las fechas y recordó la salida de una partida antigua prevista para el día siguiente. Si la carga de Eudemos entraba antes de que se despejara el patio, incluso seis fardos serían demasiados.
—El primer envío debe llegar después de la retirada de Menekrates. Quiero que quien haga esa entrega se comprometa a no dejar el carro aguardando en la entrada. Y necesitamos que los hombres de la otra casa conozcan el reparto, no solo que su encargado nos dé una conformidad apresurada.
—Hablaré con ellos —respondió Menandros—. Si objetan algo, traeré la respuesta antes de prometer el espacio.
Herakleon tomó la tablilla que su hijo había preparado. La sostuvo un momento mientras comparaba las cifras y después se la devolvió.
—Puedes negociar esas condiciones. El acuerdo definitivo pasará por mí cuando estén claras. No aceptes más de lo que acabáis de explicar.
Menandros recogió las notas. Sophia advirtió que su padre no había buscado en ella una señal de consentimiento después de hablar, aunque sabía que escucharía cualquier objeción seria.
Por lo visto, los argumentos de su hijo le habían bastado para autorizar una gestión limitada.
A Sophia le pareció razonable y, al mismo tiempo, extraño.
Cuando Herakleon se marchó a atender a un proveedor que aguardaba, Menandros salió detrás de él para enviar recado al encargado del espacio compartido. Sophia recogió las tablillas que quedaban sobre la mesa. Titus se ofreció a llevarse una copia de las fechas que podían afectar a las otras casas.
—Mi hermano ha trabajado bastante en esto —dijo ella.
—Se nota.
Sophia esperó un comentario sobre los años en que Menandros todavía necesitaba que le explicaran cada condición de un arrendamiento. Titus se limitó a indicar dónde faltaba confirmar el paso de los carros.
—En otro tiempo habrías querido resolver tú mismo esa parte —comentó.
Él levantó los ojos hacia ella.
—Ahora tampoco podría resolverla sin hablar con quienes utilizan el acceso.
—No me refería al puerto.
Titus dejó la tablilla junto a la suya antes de responder.
—Menandros me ha explicado lo que necesita. Si debo preguntar algo más, prefiero hacerlo a él.
Había una sencillez desconcertante en aquella elección.
Sophia recordó a su hermano siete años atrás, impaciente por participar en conversaciones que todavía no sabía sostener, y recordó también las tardes que había pasado mostrándole por qué un precio ventajoso podía arruinar otro acuerdo.
Había dado por hecho que Titus seguiría viendo a aquel muchacho cada vez que lo encontrara.
La mañana acababa de ofrecerle motivos para abandonar esa suposición.
—Es más cuidadoso de lo que parece —dijo.
—Hoy ha sido cuidadoso.
No añadió que Sophia debía concederle más confianza. De haberlo hecho, ella habría encontrado una objeción inmediata. Así, en cambio, quedó ante una afirmación que podía comprobar por sí misma.
Titus tomó la copia destinada a sus gestiones y la guardó con las demás. Antes de marcharse preguntó si deseaba que acudiera cuando Menandros hablara con el otro ocupante del almacén.
—Será mejor que trate directamente con ellos —respondió Sophia—. Conocen a mi hermano.
—Entonces, cuando tengáis el resultado, revisaré si cambia los turnos que estamos proponiendo.
Se despidieron sin hablar de nada más. Sophia lo acompañó hasta el patio y volvió al interior pensando que la proximidad de Titus estaba haciéndose familiar de una forma distinta de la que había temido.
Seguía reconociendo la voz con la que había compartido tantas conversaciones, pero empezaban a importarle respuestas que él no habría dado entonces.
Le disgustó descubrir que aguardaba algunas de ellas.
* * *
A media tarde, Damaris encontró a Sophia en el corredor que comunicaba las habitaciones familiares con el patio de servicio.
Dos mujeres preparaban recipientes para la comida del día siguiente y discutían si debían apartar unas aceitunas para los huéspedes.
Sophia resolvió la cuestión casi sin detenerse; Damaris la siguió hasta que estuvieron fuera del alcance de la conversación.
—Tu hermano ha enviado a buscar al encargado de la otra casa —dijo.
—Lo sé. Debe volver antes del anochecer con su respuesta.
—Y tú has mandado a Timon que compruebe una vez más el espacio.
Sophia miró a su madre.
—Quería asegurarme de que la salida de Menekrates no se ha retrasado.
—Menandros se ha ocupado de esa partida desde el principio.
—Eso no impide que pueda cambiar algo.
Damaris se detuvo junto a un banco de piedra que conservaba la sombra.
Había pasado la mañana recibiendo a dos parientas y arreglando con la encargada de la casa el alojamiento de un viajero, sin acudir a Sophia para cada pequeña decisión.
A menudo su madre parecía conocer el lugar exacto donde terminaba una obligación y comenzaba el deseo de intervenir.
Sophia no recordaba haber aprendido ese límite de ella.
—¿Te ha pedido Menandros que revises sus entregas? —preguntó.
—No.
—¿Herakleon?
—Tampoco.
—Entonces déjale esa parte. Si surge un problema que necesite tu ayuda, sabrá dónde encontrarte.
Sophia apoyó la mano en el respaldo del banco. Una criada cruzó el patio con una cesta de paños limpios y Damaris le indicó que los dejara en la habitación de los huéspedes. El intercambio se resolvió sin que ninguna de las dos mujeres tuviera que explicarse más.
—No quiero que se confíe —dijo Sophia.
—No se ha confiado. Ha hecho preguntas, ha puesto condiciones y ha dicho que no ofrecerá nada sin respuesta de los demás.
—Queda por ver si sabrá mantenerlas cuando Eudemos ofrezca pagar más.
—Si no las mantiene, tendrás un motivo para intervenir. Todavía no lo tienes.
Sophia aceptó sentarse. Desde allí alcanzaba a ver una parte del jardín interior y el paso por el que los hombres llevaban agua hacia las dependencias más alejadas.
Había sido en aquella casa donde, en el año de la partida de Titus, su padre le pidió que se quedara para ayudar con unos compromisos que se habían vuelto inseguros.
Menandros tenía entonces veintitrés años y un entusiasmo que no suplía la experiencia.
Ella recordaba de manera muy clara las razones que le hicieron responder que sí.
Las había repetido tantas veces, incluso cuando nadie se las preguntaba, que a veces le parecía que seguían ocurriendo.
—Hace siete años no habríamos podido dejarle una negociación semejante —dijo.
Damaris acomodó el borde de su manto antes de responder.
—Hace siete años no se la habríamos dejado. Eso no nos dice mucho sobre hoy.
—Yo le enseñé buena parte de lo que sabe.
—Y ahora puedes descubrir si ha aprendido.
La observación no llevaba reproche, pero Sophia sintió el impulso de defender horas de trabajo que nadie estaba cuestionando.
Recordó cómo había acompañado a Menandros a sus primeras reuniones y cuánto le costó explicarle que los acuerdos continuaban después de recibir el dinero.
Si había aprendido a distinguir un plazo fiable de una promesa generosa era, en parte, porque ella había insistido en ello.
Su madre lo sabía. Precisamente por eso podía pedirle que dejara de verificar cada paso.
—Timon ya estará camino del almacén —dijo Sophia.
—Entonces no le envíes otra instrucción. Y deja que vuelva con lo que haya encontrado.
Damaris se levantó poco después para atender a sus huéspedes.
Sophia permaneció allí el tiempo suficiente para escuchar cómo cambiaban las voces en el patio, a medida que las tareas del día daban paso a las preparaciones de la cena.
No tenía ninguna necesidad de permanecer sentada; había cartas a las que responder, una entrega de tejidos que revisar y una visita que preparar para la mañana siguiente.
Sin embargo, antes de levantarse repasó las condiciones que Menandros había expuesto a Herakleon.
Descubrió que podía repetirlas todas, incluso las que no había anotado ella.
* * *
Al día siguiente acompañó a Menandros al espacio comercial compartido.
Él no le había pedido que fuese, pero aceptó su presencia con naturalidad cuando Sophia explicó que debía hablar con uno de los encargados sobre una partida antigua.
A ella le convenía tener un motivo propio para el desplazamiento.
Desde la calle, el patio parecía casi vacío; dentro, dos hombres discutían por el lugar donde dejar un carro cargado con recipientes de barro.
La discusión se resolvió en cuanto el encargado hizo retirar unas cuerdas que habían quedado sobre el paso.
El representante de la otra casa los esperaba bajo el alero, junto a un hombre de Eudemos.
Menandros los saludó por sus nombres y explicó la propuesta sin recurrir a Sophia.
Pidió que comprobaran juntos la franja que podía utilizarse y repitió las condiciones de llegada: seis fardos una vez retirada la partida de Menekrates, custodia separada y ninguna autorización para ocupar la zona de paso después de que terminara la descarga.
Si el segundo grupo no podía salir dentro del plazo, Eudemos tendría que retirarlo o solicitar otro acuerdo, sin dar por supuesta una prórroga.
El representante del otro ocupante quiso saber quién mantendría libre la puerta lateral durante las horas de mayor tránsito.
—Nuestros hombres, mientras recibamos la carga —respondió Menandros—. Después la vigilancia será la habitual del recinto. No os pido que respondáis por mercancía ajena.
—El último comerciante que dijo eso dejó aquí dos carros al anochecer.