Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 3. Menandros responde
7%

Capítulo 3. Menandros responde

La petición llegó mientras todavía estaban retirando de la mesa los restos del desayuno.

El hombre que la traía no quiso pasar al comedor; aguardó en el patio, junto a un pilar, con el manto recogido sobre un hombro y la expresión paciente de quien había visitado ya demasiadas casas aquella mañana.

Sophia reconoció la marca del comerciante que figuraba en el cierre de su tablilla y pidió que lo hicieran entrar antes de que el sol alcanzara de lleno las losas.

La casa de Eudemos utilizaba dos depósitos próximos al acceso del puerto.

Uno había quedado temporalmente limitado por los recorridos reservados a los trabajos y el otro empezaba a llenarse de mercancías cuya salida se demoraba.

No se trataba, según explicó el mensajero, de una pérdida ni de una orden de retirar todo cuanto guardaban, sino de una acumulación que podía causarles problemas si esperaban a resolverla cuando llegasen los siguientes carros.

Buscaban un lugar seguro para doce fardos de tejidos durante un plazo breve, con posibilidad de recogerlos por partidas y sin necesidad de llevarlos otra vez hasta los muelles.

—¿Por cuánto tiempo? —preguntó Sophia.

—Seis días, si los conductores encuentran paso. Eudemos ofrece pagar por ocho.

La diferencia bastaba para comprender que el comerciante no confiaba demasiado en su primera previsión.

Sophia pidió la relación de bultos y la leyó allí mismo.

Eran telas secas, embaladas para no abrirse antes de la entrega, y los doce fardos venían divididos en dos partidas de seis.

La primera debía salir hacia una casa de la ciudad; la segunda aguardaría a compradores llegados de fuera.

—¿Quién responderá si esos compradores se retrasan?

El mensajero había preparado una respuesta para los precios y otra para el estado de las mercancías. Aquella pregunta pareció llevarlo a un terreno menos cómodo.

—Mi patrón seguirá siendo responsable de sus entregas.

—Me refiero a quién retirará los fardos cuando venza el plazo. No podemos guardar lo que nadie venga a buscar por el hecho de que alguien prometiera hacerlo.

—Puedo volver con un nombre.

—Hazlo. Y con las fechas que Eudemos esté dispuesto a reconocer por escrito.

El hombre guardó la tablilla. Antes de despedirse, miró hacia el corredor donde se oían pasos y preguntó si Herakleon podría recibirlo más tarde.

Sophia le aseguró que transmitiría la propuesta, aunque todavía no sabía si su padre desearía aceptarla.

Cuando el visitante se marchó, volvió a examinar la relación: doce fardos no eran muchos, si se los contaba aislados.

Se volvían numerosos en cuanto había que sumarles el espacio de paso, las manos para moverlos y los compromisos que ya ocupaban cada rincón.

—He visto los nombres —dijo Menandros a su espalda—. Son las piezas de lana ligera que Eudemos esperaba hace cuatro días.

Sophia se volvió. Su hermano llevaba una cesta pequeña con dos panes y una tablilla apoyada en el antebrazo. Se había enterado de la visita sin que ella lo llamara, algo que ya no debería sorprenderla.

—Los esperaba hace cuatro días —repitió—. ¿Cómo sabes que no han encontrado otros compradores entretanto?

—Porque ayer hablé con el hombre que debía transportarlos. Los compradores siguen siendo los mismos; lo que ha cambiado es por dónde pueden circular los carros.

—Entonces conoces la situación mejor que quien ha venido a explicárnosla.

—Conozco una parte. Me gustaría conocer también la nuestra antes de responder que no.

Dejó los panes en el banco y extendió su tablilla al lado de la que acababan de entregar.

Sophia esperaba una relación de espacios desocupados, como las que él había mostrado otras veces cuando deseaba aceptar cargas suplementarias.

Encontró, en cambio, tres columnas cortas con días, nombres de encargados y fechas de retirada.

Algunas anotaciones estaban atravesadas por marcas que indicaban que había vuelto a comprobarlas.

—Podríamos aceptar seis fardos primero y los otros seis cuando salga la partida de Menekrates —explicó—. No ocuparían la sala de Nikias ni la entrada del almacén interior. He hablado con Timon sobre las jornadas en que tenemos libre la parte occidental del espacio compartido.

—Ese patio es compartido, Menandros. Timon puede decirte cuándo pasan nuestros carros, pero no responder por los de la otra casa.

—No he dicho que pueda. Necesito hablar con su encargado antes de ofrecer nada.

Sophia alzó la vista. Él no había esperado a que lo corrigiera para reconocer el límite. Aun así, seguía habiendo otro problema.

—La semana pasada aceptamos conservar libres dos accesos para cuando llegue la carga de Nikias. Y todavía no sabemos qué turnos podrán mantenerse cerca del puerto.

—Lo de Nikias continúa igual. He separado los accesos que necesita. Si el traslado se hace en los días señalados, no cruzaremos su mercancía con la de Eudemos.

Sophia recorrió la tablilla con el dedo, sin tocar las marcas.

Menandros había previsto dos llegadas y tres retiradas posibles, la última con margen suficiente para que no coincidiera con el turno reservado al cliente antiguo.

Donde faltaban datos, había escrito el nombre de la persona a la que debía preguntar, sin fingir una certeza que todavía no tenía.

—Esto no demuestra que podamos aceptar los doce —dijo.

—Todavía no. Demuestra que merece la pena averiguarlo.

La respuesta la habría complacido si hubiera sido suya. Procedente de Menandros le resultó irritante durante un instante, y esa reacción la sorprendió más que su propuesta. Volvió a la tablilla antes de que se le notara.

—Hablaré con padre después de que revise las cuentas de ayer.

—Prefiero hacerlo yo. He preparado los plazos y sé qué debo explicar.

Sophia estuvo a punto de recordarle que Herakleon había confiado a ella el cuidado de aquellos acuerdos. Se detuvo porque su hermano no le estaba pidiendo que desapareciera de la conversación, sino que le permitiera presentar una gestión que había comenzado por su cuenta.

—Entonces iremos los dos —decidió—. Tendremos que distinguir lo que sabemos de lo que todavía depende de otros.

Menandros asintió. Cogió uno de los panes y se marchó hacia los almacenes sin esperar a que ella comprobara por segunda vez las fechas.

Cuando Herakleon pudo recibirlos, Titus ya estaba con él.

Había llegado para revisar el reparto provisional que habían preparado durante la visita del día anterior y estaba inclinado sobre una mesa baja donde se distinguían las tres zonas de almacenamiento.

Sophia notó que las marcas trazadas por él coincidían con las que había imaginado de camino al despacho.

Seguían conservando separados los interiores cuya custodia podía provocar disputas; el patio, en cambio, admitía nuevos turnos si todas las partes aceptaban el orden.

Herakleon levantó la cabeza al ver entrar a sus hijos.

—Menandros dice que tenemos una petición de Eudemos.

—Una posibilidad —precisó Sophia.

—Y una propuesta para estudiarla —añadió su hermano.

Su padre señaló los asientos disponibles, aunque Menandros prefirió permanecer de pie junto a la mesa.

Empezó por explicar qué carga debían apartar los hombres de Eudemos, por qué sus depósitos habituales tenían dificultades y qué parte de la mercancía podría llegar sin interrumpir obligaciones anteriores.

Habló sin alargar el relato ni disimular los puntos pendientes.

Sophia escuchó una descripción que habría podido hacer ella misma, aunque no en aquel orden: Menandros comenzaba por las personas encargadas de retirar las piezas y dejaba para después el precio.

Era una manera eficaz de impedir que una cantidad atractiva ocultase las consecuencias.

—¿Qué gana nuestra casa? —preguntó Herakleon cuando terminó.

—El pago por un uso breve y una relación más estable con Eudemos, si el acuerdo se cumple —respondió Menandros—. Pero no quiero aceptarlo si nos obliga a desplazar a Nikias o a prometer horas que Philostratos aún no ha confirmado.

—¿Y qué arriesgamos?

—Que la segunda partida tarde más en retirarse. Por eso propongo recibirla solo después de que Eudemos designe quién la recogerá y acuerde el coste de los días adicionales. Si no lo acepta, nos quedamos con la primera.

Sophia intervino entonces. Necesitaba saber qué ocurriría si coincidían dos carros en el patio compartido y qué parte de las salas quedaría bajo responsabilidad de cada casa.

Menandros respondió sobre los recorridos que había comprobado, pero admitió que todavía debía obtener permiso de los otros ocupantes.

Herakleon no mostró disgusto al oír una respuesta incompleta.

Pidió a su hijo que no se comprometiera antes de hablar con ellos.

Titus había guardado silencio hasta entonces.

Sophia veía su perfil al otro lado de la mesa, algo inclinado hacia los nombres inscritos en cera.

Años atrás lo había conocido en reuniones parecidas, cuando los hombres más jóvenes trataban de intervenir antes de que la conversación alcanzara su parte interesante.

Ella había aprendido a reconocer el momento en que Titus iba a adelantarse con una solución.

Ahora no había dicho nada pese a disponer de varias ocasiones.

—Naso —lo llamó Herakleon—, ¿esa distribución perjudicaría los acuerdos que estáis preparando con las demás casas?

Titus examinó las fechas de Menandros y pidió que le repitiera la prevista para la segunda retirada.

—Si los conductores entran por el acceso que vimos ayer, puede coincidir con el paso de los carros que necesitan los trabajos —contestó—. No tengo autoridad para garantizar ese tramo. Philostratos tendrá que confirmarlo cuando se sepa qué parte estará libre.

—Eso retrasaría el acuerdo —observó Sophia.

—O lo limitaría al primer envío —dijo Menandros.

Titus hizo una pequeña marca junto al día correspondiente.