Capítulo 2. Tres espacios #3
Cuando salieron, el sol caía de lleno sobre la calle y las piedras habían perdido la frescura de la mañana. Menandros avanzó junto a Philostratos para mostrarle por dónde solían llegar los carros del edificio compartido. Sophia se quedó unos pasos atrás con Titus, que todavía miraba sus notas.
—Has preguntado por las llaves antes que por la capacidad —observó ella.
—No sabía que hubiese una disputa entre esos comerciantes.
—No había motivo para que la supieras.
—Y habría sido un error dar por hecho que, porque dos partidas caben en una habitación, pueden guardarse juntas.
Sophia distinguió la cautela de aquellas palabras.
Siete años atrás, en una conversación semejante, él habría buscado una excepción para salvar su primera propuesta o habría preguntado por qué nadie le había advertido antes.
Ahora había dejado que el dato cambiase el acuerdo.
Tampoco parecía especialmente interesado en que ella lo advirtiera.
—No siempre lo he explicado antes de que me preguntaran —admitió—. A veces doy por supuesto que todo el mundo conoce las razones.
—Las conoces tú porque has vivido con ellas.
La frase tenía un sentido práctico y Sophia procuró recibirla así.
Pero mientras retomaban el paso hacia el tercer almacén recordó cuánto había deseado, en otro tiempo, que Titus entendiera sin explicaciones lo que su familia le pedía.
Había terminado por creer que, si se lo explicaba de nuevo, solo conseguiría repetir la misma despedida con palabras distintas.
Él, por su parte, había hablado de oportunidades que no podían esperar indefinidamente.
Los dos habían tenido razón sobre algunas cosas; aquello tampoco los había mantenido juntos.
El edificio compartido estaba más lejos de los muelles y tenía un patio suficiente para descargar un carro cada vez, siempre que nadie dejara las piezas en mitad del paso.
Ocupaban una de sus dependencias por acuerdo con otra casa y utilizaban las restantes según permisos y turnos establecidos entre los interesados.
Al entrar encontraron dos hombres transportando fardos desde una sala hacia otra.
Un encargado, con la tablilla sujeta a una correa, discutía con uno de ellos porque las piezas llevaban marcas diferentes a las de la relación recibida.
Menandros se acercó sin esperar a que Sophia interviniera.
Pidió la tablilla, comparó los nombres con los trazos pintados sobre las telas y descubrió que una marca pertenecía al envío anterior.
Los fardos podían dejarse donde estaban; el error estaba en la copia que había llegado al encargado.
Mientras lo resolvía, Sophia examinó el patio con Titus y Philostratos.
Desde una de las aberturas se veía el suelo levantado por ruedas que giraban demasiado cerca del muro.
Había luz suficiente para las comprobaciones, pero no demasiada sombra para quienes tendrían que aguardar allí durante las horas de más calor.
—Si las entradas se reparten, el paso puede funcionar —dijo Sophia—. Si intentamos recibir aquí todo lo que no consiga entrar en el almacén próximo al puerto, dejará de servir antes de que termine la semana.
—Eso también necesitarán entenderlo los demás —observó Philostratos—. Cada casa supone que su carga es la que no puede esperar.
—Para alguna de ellas será verdad.
—Y para otras, cómodo —añadió Menandros al reunirse con ellos—. Acabo de pedir que no acepten nuevas piezas sin comprobar primero su salida prevista. Nos han enviado otra relación del envío anterior.
Sophia le preguntó qué había resuelto sobre los fardos.
Él explicó el error, entregó al encargado una copia corregida y le pidió que conservara ambas tablillas hasta que el depositante pudiera reconocer la suya.
Nada de aquello necesitaba una decisión de Herakleon.
Sophia lo sabía. Lo que le resultaba más difícil era actuar como si lo supiera.
Antes de marcharse, Titus hizo repetir al encargado las horas en que el patio quedaba libre, y Menandros señaló qué salas tenían cerraduras separadas.
Philostratos se negó a confirmar todavía los turnos que dependían de los recorridos exteriores.
Quedaron en trasladar una propuesta limitada a las casas afectadas y modificarla únicamente después de escuchar sus objeciones.
No habría traslado de mercancías hasta que las condiciones fueran claras para todos.
Regresaron hacia la casa de Herakleon por una calle menos concurrida.
A medida que se alejaban del puerto, la humedad cedía al olor del pan que salía de los hornos y al humo de pequeños talleres.
Sophia tenía la sensación de haber pasado la mañana entera haciendo preguntas sobre lugares que conocía muy bien, como si la visita de un hombre que había vivido en otras ciudades hubiera vuelto inciertas cosas que hasta el día anterior le parecían evidentes.
En realidad, la mayor parte de las respuestas continuaba siendo suya; lo nuevo estaba en la forma de distribuirlas entre quienes podían sostenerlas con ella.
En el patio familiar encontraron a Herakleon recibiendo a un comerciante.
Sophia dejó que Menandros le explicase primero los cambios posibles.
Su hermano habló de dos salas separadas, de un patio compartido, de turnos que tendrían que acordarse y de los límites que Philostratos no podía garantizar todavía.
Herakleon escuchó sin interrumpir, formuló una pregunta sobre el coste de la custodia y dejó claro que no quería ofrecer una condición a Nikias sin haber hablado también con los demás interesados.
—Traedme una relación cuando la tengáis completa —dijo—. Y no prometáis el espacio antes de asegurar el acceso.
El comerciante que esperaba junto a él reclamó entonces su atención. Menandros salió para buscar al encargado con el que debía hablar. Philostratos se despidió poco después: aún tenía que atender otras dos casas. Sophia quedó en la mesa con Titus y las tablillas utilizadas durante el recorrido.
—Podemos volver a estudiar tu primera idea —dijo ella, señalando el traslado de mercancía desde el puerto—. Tal vez, si separamos las cargas por depositantes, encontremos alguna manera de conservar casi todo lo que proponías.
Había preparado varios argumentos para justificar por qué prefería esa solución.
El espacio interior seguía siendo el más seguro para las mercancías secas y el ahorro de trayectos resultaba evidente.
Si conseguían que las dos casas aceptaran condiciones diferentes, el acuerdo podía parecerse bastante al que Titus había formulado junto al puerto.
Sophia esperaba que recuperase entonces la propuesta inicial y la defendiese con los nuevos datos.
Pero él ya estaba escribiendo otro reparto.
Había tachado la concentración de partidas en el almacén familiar y distinguido debajo el uso del patio, las salas bajo custodia separada y los turnos de comprobación. Levantó la vista solo cuando terminó la última línea.
—Prefiero empezar por esto —dijo—. Si funciona, habremos quitado una parte del movimiento sin pedir a nadie que entregue la mercancía a quienes no quiere dejar acercarse a ella. Después veremos qué puede trasladarse con seguridad.
Sophia contempló las correcciones de la cera. Había pasado buena parte de la mañana esperando reconocer en él la obstinación de los años en que se amaron. Mientras ella preparaba la respuesta que habría necesitado entonces, Titus ya estaba anotando el acuerdo que acababan de construir entre todos.