Capítulo 2. Tres espacios #2
Una franja del terreno estaba más oscura que el resto.
Habían pasado por ella vehículos pesados cuando el suelo todavía conservaba humedad; dos surcos marcaban el punto donde las ruedas buscaban siempre el mismo camino.
Cerca del margen había montones de material extraído de los accesos al agua.
La humedad le daba un olor desagradable, mezclado con el de las sogas y la madera mojada.
Los trabajadores continuaban sus tareas unos pasos más allá.
Nada indicaba que el puerto estuviera detenido: se oían voces desde los muelles y todavía llegaban carros cargados por un trayecto alternativo.
—¿Esas acumulaciones estarán aquí durante semanas? —preguntó Menandros.
—Las retirarán conforme avance el trabajo. Pero no tengo una fecha que pueda garantizar —contestó Philostratos—. Si la necesitáis para una obligación concreta, habrá que pedir confirmación del tramo, no de toda la obra.
—Y mientras tanto alguien seguirá diciéndonos que terminan al día siguiente —murmuró Sophia.
Philostratos la oyó.
—Si te lo dice alguien de mi parte, pregúntale qué día ha visto escrito.
Titus examinó desde el borde de la calle la explanada y las entradas próximas.
—Si todos intentan pasar por la otra vía, la demora será allí. No bastará con prohibir que esperen aquí.
—Lo sabemos —respondió Philostratos—. He pedido que se escuche a las casas antes de fijar las horas de mayor circulación. De otro modo cambiaríamos el problema de lugar y luego descubriríamos que todo el mundo tenía una razón para usarlo.
Sophia reconoció en aquella explicación una dificultad que conocía bien. La orden escrita era la parte sencilla; lo difícil empezaba cuando se averiguaba cuántas personas dependían de una costumbre que nadie había considerado necesario dejar por escrito.
El espacio arrendado por los Flavii se encontraba en uno de los edificios próximos al acceso.
Era más pequeño que el almacén interior y recibía peor la humedad, pero ahorraba a los conductores el viaje de ida y vuelta por las calles altas.
Allí se guardaban de forma provisional cargas que debían recogerse pronto: recipientes vacíos, mercancías embaladas para embarcar y partidas que llegaban del mar antes de distribuirse por otras casas.
El encargado los recibió mientras supervisaba la retirada de unas esteras húmedas.
Mostró una pared en la que el agua había dejado manchas antiguas y se disculpó por el desorden que provocaba una carga recibida la noche anterior.
—El desorden es que seguimos necesitando esta entrada —dijo Sophia—. Lo demás puede apartarse.
El hombre señaló el exterior.
—Ayer dos carros esperaron allí desde media mañana. Cuando por fin pudieron entrar, ya estaban llegando los que debían cargar al siguiente turno.
—¿No tenían aviso? —preguntó Philostratos.
—Los conductores sí. Quien los envió, parece que no.
Sophia miró la relación colocada sobre una caja.
Conocía uno de los nombres y recordó de inmediato que el comprador había pedido retirar su mercancía antes de acabar la semana.
La otra carga procedía de una casa que acostumbraba a dar instrucciones diferentes al carretero y al encargado.
No necesitaban que la ciudad les explicara cómo corregirlo, pero aquellos trabajos convertían en costoso lo que otras veces se había resuelto con una hora de espera.
Titus pidió permiso para acercarse a la puerta de atrás. La abertura comunicaba con un paso de servicio demasiado estrecho para carros, aunque suficiente para llevar bultos a mano.
—¿Hay algo que pueda salir por aquí? —preguntó.
—Piezas pequeñas, si las descargamos primero —respondió el encargado—. Pero moverlas dos veces cuesta manos y tiempo.
—Y deja mercancía a la intemperie cuando llega el siguiente carro —añadió Sophia.
Titus volvió al centro del recinto. En su tablilla había trazado tres separaciones. Sophia alcanzó a distinguir que correspondían a los espacios que estaban recorriendo y no a los propietarios de las cargas.
—Podríamos concentrar durante unos días parte de lo que entra aquí —dijo—. El almacén interior admite varias partidas con retirada menos urgente. Si evitamos algunos trayectos desde este lugar, conservaríamos espacio para lo que de verdad necesita el puerto.
Era, en términos de movimiento, una solución atractiva.
Sophia examinó mentalmente las partidas que podrían trasladarse sin daños.
Algunas eran ligeras; otras no tenían fecha inmediata.
Pero recordó el nombre que Titus había escrito junto a una de las cargas y la habitación del almacén interior que Menandros había mostrado vacía.
—Esa partida no puede compartir la zona de Nikias.
—No pensaba ponerla en el corredor reservado —dijo Titus.
—El corredor no es toda la dificultad. Nikias mantiene desde el invierno una disputa por unos pagos con la casa de Apollonides.
Si colocamos sus mercancías donde los hombres de esa casa puedan entrar a comprobar las suyas, cada visita se convertirá en una acusación.
Y si falta una pieza, aunque nadie haya tocado nada, responderemos nosotros.
El encargado bajó los ojos hacia las cajas, como si se preguntara si entre ellas había alguna pertenencia de los dos comerciantes. Menandros no intervino. Sophia sabía que su hermano conocía el desacuerdo, aunque tal vez no hubiese imaginado que podía complicar un simple traslado de mercancías.
Durante unos instantes Titus estudió la tablilla.
Sophia preparó la explicación que probablemente tendría que repetir: una promesa hecha a un cliente no podía convertirse en un obstáculo que los demás consideraran exagerado solo porque su coste no figurase en las cuentas.
Recordaba haber defendido esa misma idea ante él, tiempo atrás, cuando un proveedor quiso entregar a dos comerciantes sus fardos en un patio compartido y ambos se negaron a coincidir.
—¿El problema es que las partidas estén bajo el mismo techo —preguntó Titus— o que cualquiera de las dos casas pueda acceder a la mercancía de la otra?
Sophia tardó un momento en responder porque no había esperado aquella distinción.
—Que tengan acceso —dijo—. Nikias no aceptaría que sus fardos quedasen al alcance de los hombres de Apollonides. Tampoco se fiaría de que sus marcas se comprobaran delante de ellos. Pero no tiene motivos para reclamar qué ocurre en un patio por el que todos deben pasar.
—Entonces podemos compartir el patio para las entradas —continuó Titus—, con turnos separados, y conservar las habitaciones interiores bajo custodia distinta. No hace falta reunir lo que los depositantes no quieren reunir.
—Siempre que podamos cerrar los compartimentos y dejar por escrito quién recibe cada llave —añadió Menandros—. En el edificio compartido tenemos dos salas que se pueden utilizar por separado. El corredor es común, pero nadie necesita entrar en ambas.
Titus volvió la cabeza hacia él.
—¿Se podrían reservar a horas distintas las comprobaciones de las marcas?
—Sí. La familia de Nikias utiliza siempre a dos hombres para revisar la carga. Los de Apollonides pueden venir después. Habría que hablar con la otra casa que comparte el patio y con nuestro padre antes de ofrecerlo como un acuerdo.
—Por supuesto —dijo Philostratos—. Mi aviso solo se refiere a los pasos necesarios para los trabajos. Los arreglos entre depositantes os corresponden a vosotros.
Sophia observó la puerta del almacén. Habían llegado hasta allí buscando un modo de reducir entradas y salidas y acababan de encontrar una posibilidad menos amplia, pero mucho más fácil de explicar a quienes tendrían que aceptarla.
Aún quedaba comprobar cuánto tiempo podrían ocupar las salas, quién pagaría la custodia y si los turnos no coincidirían con las horas en que el paso exterior debía estar libre.
Ninguno de esos asuntos podía considerarse resuelto.
Sin embargo, al menos sabían por dónde empezar.
—El patio del edificio compartido no tiene sitio para que dos carros permanezcan esperando —advirtió—. Si uno se retrasa, el siguiente bloqueará la puerta.
—Se les dará una hora de entrada, no una hora para empezar a buscar al conductor —respondió Menandros—. Y tendremos que dejar un intervalo entre ambos.
—¿Quién podrá comprobarlo allí? —preguntó Titus.
—Yo —respondió su hermano—. Timon se quedará con los movimientos de esta casa. Conozco los turnos del edificio compartido y puedo hablar con su encargado.
Sophia habría añadido de inmediato que, por las mañanas, Menandros también recibía a varios proveedores y atendía las peticiones que su padre le enviaba desde la casa.
Antes de intervenir, recordó el trabajo que lo había retenido aquella misma mañana: el acuerdo de las veinte piezas, el plazo limitado y la revisión de medidas.
Había conseguido organizarlo sin pedirle que saliera de la reunión para resolverlo.
Tal vez tendría que preguntar qué asuntos podía dejar a otros antes de declarar que no disponía de tiempo.
—Si te encargas del patio —dijo—, alguien tendrá que atender a los proveedores mientras estés fuera.
—Ya se lo he pedido a Timon para los dos primeros días. Después podemos cambiarlo si vemos que no funciona.
No había en su respuesta el menor deseo de desafiarla. Eso la incomodó más que una discusión, porque dejaba sin objeto las advertencias que llevaba preparadas.
Titus pidió al encargado una tablilla limpia y anotó los nombres de las casas, con dos líneas que señalaban la separación de sus mercancías.
Philostratos añadió la zona exterior que habría que mantener libre y el tramo cuya disponibilidad seguía sin confirmarse.
No redactaron un pacto; se limitaron a reunir las condiciones que cada interesado tendría que aceptar para que una parte del movimiento cambiara de lugar.