Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 2. Tres espacios
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Capítulo 2. Tres espacios

Cuando Titus llegó a la casa, Sophia ya había cambiado dos veces el orden de las visitas.

La primera modificación se debía a un carretero que había anunciado su partida antes del amanecer y seguía esperando junto a la entrada.

La segunda, a Menandros, que había enviado a comprobar las medidas de las piezas ofrecidas el día anterior y había descubierto que ocupaban menos lugar del que el proveedor había declarado.

Sophia habría preferido discutirlo con él antes de salir, pero su hermano estaba aún en el patio, entre el conductor y un ayudante que insistía en contar las piezas una por una.

—Podemos empezar sin él —dijo Titus, después de saludarla.

La posibilidad era razonable. También habría sido muy fácil aceptarla y dejar que Menandros se reuniera con ellos cuando terminase, como sucedía tantas mañanas en las que cualquier dificultad acababa por devolver a Sophia el control de todas las decisiones.

Cerró la tablilla en la que había anotado los compromisos del día.

—Es quien ha estado revisando las entradas desde el almacén próximo al puerto. Necesitaremos lo que sabe. Le avisaré.

Titus se apartó del paso para que pudiera llamar a su hermano.

No se ofreció a reemplazarlo ni preguntó cuánto tardaría.

Sophia alcanzó a oír cómo, a su espalda, saludaba a Timon por su nombre y le pedía que indicara cuál de los carros de la calle necesitaba salir antes del mediodía.

Aquella pregunta consiguió más información en unas pocas palabras de la que habrían obtenido contemplando el patio desde la puerta.

Menandros apareció con el cordel de unas tablillas enredado alrededor de la muñeca.

—No se han equivocado al contarlas —anunció—. Se han equivocado al describirlas. Son veinte piezas, pero doce de ellas pueden apilarse. He hablado con el proveedor para que no vuelva a llamarlas todas del mismo tamaño.

—¿Ha aceptado el plazo reducido? —preguntó Sophia.

—Seis días, como acordamos. Sin promesa de ampliar. —Se volvió hacia Titus—. Si todavía quieres examinar los espacios, puedo enseñarte dónde irían las nuevas cargas.

—Quiero verlo —respondió él—. Pero también necesito que me digas qué has rechazado para hacerles sitio.

Menandros se quedó un momento con la boca entreabierta.

Sophia conocía aquella pausa: solía preceder a una respuesta más meditada que la primera que le había acudido a su hermano.

Después, sin consultar las tablillas, enumeró dos solicitudes que había dejado para más adelante y una que había desestimado porque los fardos no soportarían bien la humedad.

—Entonces podremos empezar por el interior —dijo Titus.

Philostratos los esperaba junto a la puerta, hablando con uno de los servidores.

Había llegado por otro camino para aprovechar la mañana y traía una nueva relación de tramos que debían mantenerse despejados cuando comenzara la siguiente fase de los trabajos.

Saludó a Sophia y se disculpó por no haber podido confirmar todavía qué mañanas serían las más difíciles.

—No deseo anunciar una hora y tener que retirarla al día siguiente —explicó—. Hoy puedo mostraros los lugares afectados. La distribución de turnos será asunto de quienes usen los espacios, siempre que quede libre el paso que necesitan los trabajadores.

Se pusieron en marcha antes de que el sol calentara demasiado la calle.

Sophia había elegido un recorrido que evitaba la zona donde solían coincidir los carros que subían desde el puerto con los vendedores que se instalaban cerca del ágora.

Aun así, tuvieron que detenerse dos veces: primero ante un grupo de hombres que descargaba tejas y después porque una mula se había atravesado en un tramo estrecho y su conductor necesitó ayuda para hacerla retroceder.

En Éfeso, incluso los trayectos que alguien conocía desde la infancia podían alargarse por motivos que no figuraban en ninguna tablilla.

El almacén interior ocupaba la planta baja de una propiedad familiar próxima a una vía transitada por comerciantes y artesanos.

La fachada carecía de adornos, salvo el pequeño relieve de una divinidad protectora junto al umbral, y la puerta estaba reforzada por bandas de hierro que Herakleon había ordenado cambiar varios años antes.

Dentro, el aire conservaba el olor de la madera seca, del lino empaquetado y de las fibras que envolvían los objetos frágiles.

Dos aberturas altas dejaban entrar claridad suficiente para reconocer las marcas de las cajas sin exponer las telas a la luz directa durante toda la jornada.

Sophia agradeció aquella frescura. El patio de la casa llevaba desde temprano recogiendo el calor y había empezado a notar bajo la túnica la incomodidad de una mañana que todavía tenía mucho por delante.

El almacén, en cambio, parecía conservar el orden de la noche.

Los recipientes ocupaban el lado de la pared más sólida; los fardos descansaban sobre soportes de madera para mantenerlos separados del suelo, y un corredor central permitía pasar sin rozar las mercancías con las cargas que llegaban.

—Aquí podemos retener una partida algunas semanas —explicó—. Con el aviso correspondiente, los compradores aceptan esperar porque saben en qué condiciones estará cuando se la entreguemos. En el espacio próximo al agua no puedo prometer lo mismo.

Titus no contestó enseguida. Se acercó a una de las hileras de cajas, leyó dos marcas y preguntó si pertenecían al mismo depositante.

—A dos —respondió Menandros—. La segunda casa recoge su parte mañana. Si la retrasasen tres días, podríamos mantenerla aquí, pero tendría que decidirlo nuestro padre porque acordó personalmente el plazo.

Sophia volvió el rostro hacia él. Su hermano había hablado con una precisión que le habría ahorrado varias preguntas. Aunque no le sorprendía que conociera el dato, sí la facilidad con la que lo ofrecía sin mirar en su dirección para comprobar si estaba acertando.

—¿Y ese espacio del fondo? —preguntó Titus.

—Reservado a Nikias —dijo Sophia—. No lo ocupa siempre, pero cuando envía sus tejidos necesita poder entrar con el carro y comprobar las marcas antes de entregárselos al encargado. Lo hemos hecho así durante nueve años.

Titus siguió el trayecto que ella le señaló, desde la puerta principal hasta el extremo del almacén.

Dos fardos habrían bastado para estrecharlo.

En una operación apresurada, alguien podía utilizar aquel paso como lugar provisional de depósito y obligar a mover dos veces una mercancía que solo requería entrar una.

—Aquí no sobrará tanto espacio como parece —observó.

—Eso mismo le digo yo todos los meses —comentó Menandros.

—Y todos los meses me traes una petición nueva —replicó Sophia.

Su hermano señaló las paredes con una expresión ofendida que duró lo que tardó en sonreír.

—Porque hay huecos que podríamos aprovechar.

—Hay huecos cuando está vacío. Nikias paga para encontrarlo así cuando lo necesita.

Titus se volvió hacia Menandros.

—Si quisiera utilizarlo otro cliente durante tres días, ¿podrías organizar la salida antes de la llegada de Nikias?

—Si sé desde el principio quién recoge la carga y si no me piden después otros tres días. Lo que no aceptaré es un plazo abierto.

—Entonces no es un espacio libre. Es uno que puede alquilarse con una condición precisa.

Menandros asintió y sacó la tablilla que había estado sosteniendo bajo el brazo.

Sophia aguardó a que Titus añadiera alguna objeción sobre lo poco rentable que parecía conservar vacía aquella franja del suelo.

Siete años atrás, cuando todavía discutían el trabajo de otros sin que sus decisiones fueran las suyas, él había tenido por costumbre calcular el valor de un espacio a partir de lo que podría producir si se utilizase de continuo.

Sophia recordaba una conversación que ambos sostuvieron durante una cena familiar; Titus había señalado el patio desocupado de un vecino y ella le había preguntado dónde colocarían las mulas el día de mercado.

Aquella noche él había tardado bastante en admitir que no lo había tenido en cuenta.

Ahora, en lugar de insistir, pidió a Menandros que señalara el día de la próxima llegada y lo anotó junto al nombre del cliente.

Al salir se encontraron con un cargador que esperaba permiso para dejar una caja en la entrada. Sophia le indicó el espacio que debía utilizar y el hombre preguntó si podría volver una segunda vez antes del mediodía. Ella abrió la boca para responder, pero Menandros se adelantó.

—Hoy, sí. Mañana tendrás que esperar hasta después de la primera entrega. Timon ya conoce el orden.

El cargador pareció satisfecho y echó a andar. Sophia no tenía nada que corregir. Pese a ello, se descubrió repasando la lista por si su hermano había olvidado alguna llegada. La coincidencia de la respuesta con lo que ella habría indicado no bastó para detener aquel hábito.

La calle hacia el puerto descendía entre fachadas abiertas al comercio y viviendas sobre cuyos umbrales se habían colocado recipientes de agua.

El ruido aumentaba a medida que se acercaban a los caminos utilizados por los carreteros: ruedas sobre piedra desigual, llamadas de hombres que pedían paso y golpes que llegaban desde talleres donde ya se trabajaba el metal.

En un rincón dos mujeres negociaban el precio de unas cestas; más adelante, un muchacho se abrió camino con una carga de cuerda al hombro y dejó tras de sí un olor áspero a fibras húmedas.

Sophia distinguía qué calles habían comenzado a llenarse sin necesidad de mirar las sombras. Las conocía por sus interrupciones.

Philostratos los detuvo junto a un tramo que se estrechaba antes de alcanzar una explanada de descarga.

—Por aquí circularán algunos de los carros que retiren los depósitos —dijo—. No todo el día ni todos a la vez. Pero será necesario dejar libre un espacio que ahora utilizan varios transportistas para esperar.