Capítulo 1. El representante #3
Titus Claudius Naso entró detrás de uno de los servidores.
Vestía una túnica sobria y llevaba sobre el antebrazo un manto de viaje doblado.
Había cambiado más de lo que Sophia habría podido adivinar por las escasas noticias que le llegaron durante los años de ausencia: algunas canas en las sienes, el rostro marcado por el sol y un modo de detenerse en el umbral que parecía conceder tiempo a los demás antes de avanzar.
Conservaba la pequeña línea junto a la ceja derecha y la manera de sostener las tablillas sin apretarlas contra el pecho.
Sophia reconoció ambos detalles antes de aceptar que el hombre al que estaba mirando era el mismo que se había marchado de Éfeso en el año 106.
Philostratos se volvió hacia él.
—Llegas en buen momento, Naso. Hemos empezado por los límites que no se pueden cambiar.
Titus saludó primero a Herakleon, que acababa de regresar, y después a Menandros.
En el rostro de su hermano apareció una sorpresa que desapareció en cuanto ambos intercambiaron unas palabras.
Por último, Titus se acercó a Sophia con la misma corrección que habría utilizado ante cualquier interlocutora de la casa.
—Sophia.
—Titus.
No hizo falta decir más para que ambos reconocieran el tiempo transcurrido.
Philostratos se ocupó de explicar por qué la había convocado Herakleon y qué documentos estaban revisando.
Sophia agradeció que siguiera hablando. Aún tenía delante la lista de entregas y podía sostener una conversación práctica mientras ordenaba lo que acababa de ocurrir.
Titus no había regresado a buscarla. Ella tampoco había esperado que lo hiciera.
Al separarse habían sabido con claridad qué sacrificio exigía cada camino: Sophia había elegido quedarse junto a su familia cuando la casa necesitaba su ayuda, y Titus había aceptado un trabajo lejos de la ciudad que llevaba años deseando.
No hubo una mentira que los apartara ni una promesa pendiente de aclaración.
Con el tiempo, las cartas dejaron de llegar porque ambos consintieron en cerrar lo que no podían mantener.
Herakleon señaló las tablillas.
—Mi hija ha preparado una relación de nuestros compromisos. Ella podrá explicarte cuáles están sujetos a plazos y cuáles admiten cambios.
—Me vendrá bien —respondió Titus.
Sophia le ofreció la primera relación y esperó que pasara rápidamente a proponer un reparto de espacios.
Recordaba al hombre que, siete años atrás, se adelantaba con frecuencia a formular soluciones y luego defendía su primera idea con una firmeza que a veces la divertía y otras terminaba por irritarla.
Titus leyó los nombres sin interrumpirla. Después señaló una entrega de tejidos.
—¿Esto puede trasladarse a otro día?
—No sin perjudicar a un cliente que ya ha comprometido a sus compradores.
—Entonces lo dejamos donde está. ¿Y las ánforas?
—Las ánforas pueden esperar si el acceso no queda ocupado demasiado tiempo. No conviene enviarlas al almacén interior porque tendríamos que retirarlas otra vez antes de que termine la semana.
Titus asintió y volvió a mirar la relación. Sus dedos se detuvieron sobre un nombre que Sophia había escrito más abajo.
—¿Este compromiso depende de vuestra casa o del espacio que compartís con otros?
—De ambos. Podemos guardar la mercancía, pero necesitamos conservar la entrada libre a una hora determinada.
—De acuerdo. Me gustaría distinguir las obligaciones que proceden de un acuerdo vuestro de las que dependen de otras casas. Si empezamos por cambiarlas todas a la vez, nadie sabrá qué ha prometido.
Sophia tuvo que concederle que era una manera sensata de comenzar.
Philostratos escuchó la propuesta y añadió algunas observaciones sobre los recorridos que debían mantenerse despejados.
Menandros intervino para explicar la petición que había recibido aquella mañana.
Titus le preguntó qué plazo estaba dispuesto a ofrecer y, al oír la respuesta, solicitó conocer las dimensiones exactas de las cargas.
Menandros contestó sin buscar la aprobación de su hermana.
Sophia observó aquel intercambio con una incomodidad leve y difícil de justificar: Titus hablaba con su hermano como con un hombre al que no necesitaba conocer de antemano para tomarlo en serio.
El sol había avanzado hasta alcanzar la mitad del patio cuando terminaron la primera revisión.
Philostratos debía regresar a otra reunión; Herakleon tenía una visita pendiente y Menandros salió a comprobar si sus proveedores habían aceptado el plazo reducido.
Sophia recogió las tablillas con la intención de dejar para la tarde una relación más completa.
Titus permaneció junto a la mesa mientras los demás se alejaban.
—¿Podría ver mañana los tres espacios? —preguntó—. Me han hablado de ellos, pero prefiero conocer los accesos antes de proponer que alguna carga cambie de lugar.
Sophia miró hacia el patio, donde Timon indicaba ya a los conductores el paso que debían dejar libre.
Por la mañana había conseguido atender una entrega, ordenar un hospedaje y contener la propuesta de Menandros sin salir de la casa.
Al día siguiente tendría que recorrer con Titus los mismos lugares en los que había aprendido a sostener la responsabilidad que los separó siete años atrás.
Le habría resultado más sencillo encontrarse con él durante una cena, rodeados de parientes que supieran cuándo cambiar de conversación.
En cambio, tendría que discutir recorridos, turnos y compromisos con un hombre que todavía conocía algunos de sus silencios.
—Los veremos —dijo—. Si vienes temprano, podremos recorrer primero el almacén interior y llegar al puerto antes de que se acumulen los carros.
—Estaré aquí a la hora que acordemos.
Sophia señaló un momento de la mañana en el que las primeras entregas ya estarían atendidas.
Titus repitió la hora, guardó sus notas y se despidió sin recurrir a ninguna familiaridad que la obligara a responder.
Ella lo acompañó hasta el umbral por cortesía.
Cuando regresó a la mesa encontró que la entrega de tejidos seguía anotada en el lugar correcto y que el huésped de Sardes dispondría de habitación.
Todo continuaba en orden, aunque ahora hubiera una visita más que debía encajar en los días siguientes.
Durante varias semanas, mientras duraran los trabajos del puerto, tendría que trabajar con Titus Claudius Naso.
Volvió a abrir sus tablillas y buscó el espacio necesario para añadir su nombre.