Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 1. El representante #2
2%

Capítulo 1. El representante #2

Timon aceptó la indicación con una leve inclinación.

Sophia se quedó observándolo mientras se alejaba.

Había pronunciado aquellas palabras como si fuese evidente que su hermano disponía ya de capacidad para decidir, pero en cuanto el encargado desapareció comenzó a preguntarse si Menandros recordaría todas las obligaciones pendientes.

No acudió tras él. Tenía otras tareas y un aviso del puerto que podía volver inútiles los cálculos de la mañana.

Herakleon la llamó poco después. Su padre la esperaba en una habitación abierta al patio interior, con una carta extendida sobre la mesa y una copa de agua que apenas había tocado.

A los sesenta y tres años conservaba el hábito de recibir a quienes acudían a él sin hacerlos esperar demasiado, aunque durante los últimos meses había comenzado a confiar con más frecuencia las visitas menores a sus hijos.

Sophia sabía reconocer cuándo una conversación le interesaba realmente: dejaba de mirar hacia la puerta y le pedía que se sentara.

—Philostratos vendrá antes del mediodía —dijo—. Habrá nuevas limitaciones en la circulación cercana a los muelles.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Todavía no lo han fijado. La carta habla de varias semanas.

Sophia se inclinó para leerla. El aviso no anunciaba la interrupción completa de la actividad portuaria, pero sí una nueva fase de trabajos y una reducción temporal de ciertos pasos.

Los responsables de las obras necesitaban reservar espacio para retirar materiales y permitir el movimiento de trabajadores y animales.

Algunas casas afectadas tendrían que modificar sus entradas, escalonar los carros o compartir lugares de depósito con otros comerciantes.

La noticia llegaba en un momento poco conveniente: aumentaban las solicitudes de transporte y almacenamiento hacia las rutas orientales, y había hombres dispuestos a pagar más con tal de no perder su turno.

—Habrá discusiones —dijo.

—Ya las hay. Leontios quiere utilizar una zona que otra casa se comprometió a dejar libre. Philostratos me ha hablado también de un agente que ayudará a preparar acuerdos entre los interesados.

—¿Un agente de quién?

—De varias casas que han aceptado compartir el gasto. No vendrá a dar órdenes, si eso es lo que preguntas.

—Pregunto quién responderá si promete algo que después no puede cumplirse.

Su padre la miró con una expresión que conocía bien.

—Por eso he querido que estuvieras aquí.

Sophia tomó una tablilla vacía. No necesitaba anotar todo lo que habían discutido, pero prefería separar lo que estaba confirmado de lo que dependía de decisiones ajenas.

Escribió primero los nombres de quienes habían reservado lugar; después, los días de llegada y retirada que no podían modificarse sin ocasionar una pérdida.

Añadió los dos turnos de entrada que Timon había señalado como más difíciles y los compromisos de hospedaje que podían verse afectados si había demasiados carreteros aguardando en el patio.

—Podemos cambiar el traslado de las ánforas —dijo, señalando la primera anotación—. Las telas no. Si no entran el día acordado, el comprador de Magnesia tendrá que esperar y no creo que vuelva a confiar en nosotros para la siguiente partida.

Herakleon escuchó sin intervenir. Cuando terminó, le preguntó si Menandros había logrado algún acuerdo sobre nuevas cargas.

—Está comprobando las medidas. Quiere aceptarlas por seis días, quizá más, pero todavía no debe prometer nada.

—Parece una oportunidad razonable.

—Lo será si siguen quedando seis días disponibles cuando Philostratos termine de explicarnos las restricciones.

Su padre recogió la carta. Podía advertir por su manera de guardar el documento que prefería esperar a la visita antes de tomar otra decisión. Sophia agradeció aquella prudencia; también la inquietó comprobar con qué facilidad ambos habían vuelto a dejar la última palabra práctica en sus manos.

Philostratos llegó poco antes de que el sol alcanzara la parte descubierta del patio.

Saludó a Herakleon, preguntó por Damaris con cortesía y aceptó agua fresca antes de explicar el aviso.

Tenía poco más de cincuenta años y una paciencia adquirida, según sospechaba Sophia, después de escuchar durante demasiado tiempo a hombres convencidos de que cada inconveniente público constituía un agravio dirigido personalmente contra ellos.

—Los trabajos no van a detener el movimiento del puerto —aclaró, cuando Menandros se incorporó a la reunión—. Seguirán entrando y saliendo mercancías. Algunos recorridos, sin embargo, deberán dejarse libres mientras retiran los depósitos acumulados y reparan los márgenes dañados.

—¿Cuáles? —preguntó Sophia.

Philostratos señaló los puntos indicados en un pequeño croquis que llevaba consigo.

La representación era aproximada, pero bastó para que Sophia reconociera el tramo desde el que partían varios de los carros que utilizaba la casa.

No se trataba de una sola entrada: una reducción de paso en aquel lugar podía obligar a esperar a quienes compartían el acceso al almacén arrendado.

—¿Y el patio próximo al muelle? —preguntó Menandros.

—Podrá utilizarse, aunque no siempre a las mismas horas. Hay que dejar pasar los carros que retiren el material de los trabajos.

—Alguien tendrá que decidir quién entra primero.

—Precisamente por eso estamos hablando con las casas. Los responsables de las obras establecerán lo que debe mantenerse despejado. La distribución entre vosotros exige acuerdos más concretos.

Sophia se inclinó sobre el croquis. Vio enseguida un inconveniente que ninguno había mencionado: si trasladaban todas las mercancías para evitar el acceso estrecho, el espacio compartido recibiría más cargas de las que podía manejar sin perjudicar a quienes ya lo utilizaban.

Había soluciones posibles, pero requerían saber quién estaba dispuesto a cambiar de día y quién dependía de un recorrido determinado.

—No podemos desplazar todas las entradas a una misma mañana —dijo—. El patio que compartimos con otras casas ya tiene sus turnos. Haría falta hablar con sus responsables antes de anunciar nada.

—Eso es lo que hemos propuesto —respondió Philostratos—.

Varias casas han acordado contratar a un hombre con experiencia en estos asuntos.

Se ocupará de escuchar las necesidades de cada una y preparar condiciones que todos puedan aceptar.

No decidirá por la ciudad y tampoco tendrá autoridad para obligaros a aceptar contratos nuevos.

—Entonces le hará falta paciencia —comentó Menandros.

—Le hará falta que nadie esconda las condiciones hasta el último momento.

Herakleon dejó la copa sobre la mesa.

—Puede venir aquí. Mi hija conoce los compromisos que tenemos en los tres espacios mejor que nadie.

Philostratos asintió, como si ya esperara esa respuesta.

—Está terminando una visita en la casa de Leontios. Vendrá dentro de poco.

—¿No podía acompañarte? —preguntó Sophia.

—Quería escuchar a Leontios sin obligarlo a discutir delante de los demás. Después podrá comparar lo que cada casa necesita.

Aquella forma de trabajar le pareció razonable.

Sophia estaba acostumbrada a los intermediarios que llegaban con una propuesta cerrada y esperaban que los demás se limitaran a aceptarla o rechazarla.

Si aquel hombre tenía intención de escuchar primero, quizá evitase algunas pérdidas de tiempo.

Pidió a Menandros las tablillas que habían preparado sobre las nuevas cargas y añadió a la relación los compromisos que no podían modificarse.

Su padre recibió entretanto a un cliente que llevaba aguardando en el patio más de lo acostumbrado.

Philostratos permaneció con ella para aclarar qué restricciones dependían de los trabajos y cuáles todavía estaban por acordar.

Una discusión junto a la entrada obligó a los dos a detenerse.

Un carretero se negaba a mover su vehículo porque, según él, su turno había llegado hacía rato.

Timon trataba de explicarle que el acceso estaba ocupado por otra descarga.

Sophia salió al patio, preguntó quién esperaba después de aquel hombre y descubrió que el siguiente carro pertenecía a un proveedor que podía dejar su mercancía junto al muro exterior.

Bastó cambiar el orden de dos entregas para despejar el paso.

Cuando regresó, Philostratos estaba de pie, contemplando las tablillas extendidas.

—Convendría contar con alguien que conozca este patio —observó.

—Ya cuento con varias personas —respondió Sophia—. El problema es que cada una conoce una parte distinta.

—Entonces el representante tendrá más que preguntar de lo que cree.

Sophia iba a contestar cuando oyó voces en el corredor. No distinguió las primeras palabras, pronunciadas demasiado lejos, pero sí la respuesta de un hombre que acababa de entrar en la casa.

—Si me permiten, preferiría empezar por los compromisos que ya existen.

La voz llegó con la claridad de algo que había pertenecido a su vida diaria y de pronto regresaba sin anunciarse.

Sophia permaneció donde estaba. Hacía siete años que no la escuchaba de cerca, pero el modo de apoyar una palabra antes de terminar la frase le resultó familiar.

Durante un instante volvió a una tarde en la que ambos habían discutido hasta quedarse sin razones nuevas, aunque seguían teniendo demasiadas cosas que desear.

El recuerdo fue breve. La puerta se abrió antes de que pudiera decidir si su memoria la había engañado.